Hace unos cinco siglos “Chaquespiere” para los amigos y, Shakespeare para los que lo leen, dijo –Los estúpidos son como el sol de mediodía, basta salir a la banqueta y te los encuentras– se habla tanto de este grupo que en el año de 1999, dos profesores de prestigiosas universidades de los USA, psicólogos ellos, y fue en varias universidades donde se dieron a la tarea estudiar a grupos de personas, estudiantes en su mayoría, profesores algunos y habitantes en general, importando poco su edad, estatus social y grado de estudios o profesión y encontraron que una gran mayoría de estos entrevistados sondeados pertenecen al montón de los estúpidos . Este Síndrome se le llama a partir del año 1999 “Síndrome de Dunning y Kruger” por ser ellos los que se metieron a fondo y son llamados aquellos que piensan que intelectual y culturalmente saben más que todos y de todo, su mundo es superior a todos los que le rodean y nunca esconden su vanidad. En México este grupo se le clasifica y se les conoce popularmente como simples Pendejos, (clasificación otorgada por el inconmensurable.

Hermenegildo L. Torres, presidente vitalicio de mi partido el PUP ) y son considerados sólo eso, sin tan siquiera alcanzar o ser dignos de estar o entrar en algún síndrome.

Justin Kruger y David Dunning, son los profesores universitarios que se dieron a esta tarea de la evaluación en las personas con este síndrome, aclarando que la vanidad, la pedantería y estupidez son un cóctel mortal para desbaratar cualquier plan, sea estos en la familia, la sociedad, financiero, comercial, de arte, incluyendo deportivo ya que este síndrome causa moralmente estragos. Los que acusan este síndrome de la estupidez en su mayoría son mitómanos, es decir se creen sus propias mentiras, fraguan planes siempre destinados al derrumbe y que por lo regular no llevan a cabo, sin embargo los que tratan de realizar, son eminentes triunfos de los fracasos.

Los pertenecientes a este síndrome de Dunning y Kruger, se dice que no nacen, se hacen, tampoco lo heredan, sino para ellos el camino más sencillo es comenzar por echar mentiras, es decir pequeños e insignificantes pecados, después pasan a la etapa de los yoyos, todo hacen ellos yo, yo, llegan a una época de la adolescencia, es decir “adolecen” de todo y descubren que en esto son buenos y les da por elevar su vanidad mentalmente, de ahí que primero sean altivos, su terquedad y necedad es insoportables, son intolerables por que la mentira y engaño los envuelve, llegan al grado de ser engreídos y pedantes para pasar a ser orgullosos y, terminar en la soberbia, obviamente son cínicos, descarados y su grado culmina siendo unos irreverenciados sinvergüenzas, siempre tomado la delantera sin conocer el o los caminos de cualquier tema, su lengua se convierte en su arma predilecta, mata pasiones, ponen trampas, encierra ilusiones y todo enredado en su perversa telaraña de vanidad en un torrente de mutaciones. También están cobijados en este malogrado grupo, los clasificados como idiotas y cretinos, parientes cercanos del síndrome alusivo por la perpetua revolución hacia el desastre. Quien padece el Síndrome de la Estupidez, poco o nada le importa que sus mentiras se conviertan en bola de humo, arena o nieve y que en ella arrastre amigos, conocidos o familiares, sino al contrario a este grupo le gusta ser protagonistas y su peor enemigo es el anonimato o pasar inadvertidos cuando producen alguna de sus perversas idioteces. La mayoría que padece este síndrome cae en sus propias trampas y su misma estupidez no los deja salir, sin embargo la vanidad que cargan como dogma los hace irreverentes y vuelven a la carga otra y otra vez y no es raro que formen su propia cofradía o club, algo así como el club de Toby, en donde sólo los de su calaña o estupidez tienen cabida.

–La sociedad– dicen los profesores Kruger y Dunning– de seguir con la tecnología dogmática, pragmática y mediática, con enseñanzas recicladas y su dependencia de monopolios, sin duda que sin darse cuenta esta sociedad formará parte de este Síndrome, incluso ser peones de quien no tiene ni el derecho, mucho menos la dignidad para mandar –y agregan– muchas veces por el desuso de la dialéctica en la misma vida diaria o la indolencia que da la pasividad de la sociedad masificada por no desprenderse de la comodidad se logra ser el clásico estúpido pasivo.

La estupidez no tiene cura, no se contagia, ni es hereditaria, pero según Kruger y Dunning en nuestra actual sociedad mercantilista, en la modernidad mecanizada y la tecnología chatarra, avanza este síndrome inexorablemente y, es común que como amigo, familiar, compañero de trabajo o conocido, siempre tengamos uno al lado o cerca o ¿Tal vez ellos estén cerca de nosotros?