“Por ello éste no fue un amor de película, fue un amor real; un sentimiento visceral que carcomía a Sabines por dentro, una sensación tan profunda y amplia que dejaba detrás de sí a cualquier convención social, sin tomarlo en cuenta, para pasar a un terreno desconocido para muchos donde cosas como la aparente fidelidad era algo ínfimo para el autor”

 “Apareces en mi vida, de repente, como coronando un ideal, como concretando a todas las mujeres que he deseado, y no puedo dejarte ir, no puedo detenerte. Te llamo, sí, te llamo y no me escuchas […] Pero no puedes dejar de ser mía en ese instante en que pasas. Te poseo con todos mis anhelos, con todos mis sueños […] No sé hasta dónde me lleve este camino, este difícil camino de tu espera. No sé hasta dónde te persiga mi sangre, hasta dónde se prolongue tu encuentro […] ¡Si supieras cómo ya eres mía hasta mi muerte!

Te esperaré mañana. Siempre te estaré esperando…”

En el 2014, luego de 68 años de que Jaime Sabines, a sus cortos 21 años, escribiera el primer poema-carta con el que se abre esta obra, se publicó por fin Los Amorosos Cartas a Chepita, una recopilación de las cartas comprendidas entre 1947 y 1952 mayormente, hasta una última misiva en el 1963 que envió el prolífico autor a su alma gemela: Josefa Rodríguez.

En la presentación de este libro, Josefa Rodríguez, “Chepita”, nos narra cómo un día el poeta Marco Antonio Montes de Oca preguntó a Sabines si había de casualidad mantenido correspondencia con algún escritor, Jaime respondió que así era pero que no conservaba ninguna, en cambio, había muchísimas de las que había escrito a su amada. A raíz de ello Sabines le pidió verlas y se le entregaron, seleccionó un par para dárselas al poeta a fin de publicarlas, pero Josefa se negó rotundamente: las cartas eran suyas, no de Jaime, así que sería ella quien decidiera sobre ellas. Y permanecieron en la oscuridad a los ojos del mundo, restringidas solamente para aquella mujer a quienes habían sido escritas y dedicadas. Pero, gracias al cielo, la viuda de Sabines finalmente se decidió:

“Publico estas cartas porque estoy segura de que no traiciono a Jaime, ya que fue él quien primero las vio publicables. Porque deseo compartirlas con los lectores de Jaime Sabines, que vean una faceta poco conocida de él, y que sirvan para comprobar que Jaime el poeta y Jaime el hombre son en realidad la misma persona, el mismo hombre. El hombre que amé y extraño tanto”.

Allí también relata cómo se conocieron, al menos más a fondo y de una manera más literal a como lo relata luego Jaime en sus cartas. Parece ser que sus familias siempre fueron unidas o estuvieron emparentadas de una u otra manera, pero que en realidad no fueron conscientes el uno del otro sino hasta que tenían algunos 10 u 11 años. Cuenta cómo en preparatoria tuvieron un corto noviazgo y que no fue sino hasta la universidad, cuando Jaime estudiaba Medicina y Josefa cursaba Odontología, que verdaderamente se unieron. Y lo demás es historia. Historia que nos es contada por medio de cartas sinceras, atronadoras y pasionales en las cuales vemos el amor real y atemporal que Sabines le profesaba a su amada Chepita, cómo ello se mantuvo desde el primer día en que se vieron hasta el final de sus días.

“No sé, no recuerdo por qué no fui a hablarte. Acaso los coches impidiéndomelo; tal vez lo imprevisto de nuestro encuentro. Pero, de acera a acera, puede caerse el corazón y ser atropellado y quedar en silencio.”

En estas cartas vemos la mitad una vida entera, experimentamos las desazones del dolor y la infinita rabia que causa en Jaime el no tener a tu lado a “La Mujer”, como él mismo la llamó alguna vez, pero nos perdemos la euforia y la felicidad que inferimos nuestro autor sintió al tenerla entre sus brazos. Y ello solamente para volver a sentir esa añoranza en la siguiente misiva luego del encuentro. Adentrarse en este libro puede ser una experiencia desoladora, que nos muestra cómo era la vida en una época donde la comunicación no era instantánea pero la espera valía la pena, donde la vida sucedía en las calles y no en una pantalla, donde las únicas imágenes que teníamos de las personas que no estaban a nuestro lado eran los abundantes recuerdos y los escasos retratos.

“¿estás engordando? ¿Cómo estás? Mándame una foto tuya, de cuerpo entero, una instantánea, algo. Quiero verte entera, nueva, actual.”

A pesar de todo hay que resaltar el hecho de que estas cartas fueron escritas en una época distinta, donde parte de la idea de lo romántico eran conductas posesivas y rabiosas, hasta un poco violentas. Ahora lo vemos como parte del machismo.

“Enciérrate, amor, cuídate, cuídame tu cuerpo, guárdame tu boca, no salgas, que no te mire nadie, entrégame al regreso lo que dejé, intacto, sin sol siquiera, encerrado, de mis manos a mis manos.”

Por ello éste no fue un amor de película, fue un amor real; un sentimiento visceral que carcomía a Sabines por dentro, una sensación tan profunda y amplia que dejaba detrás de sí a cualquier convención social, sin tomarlo en cuenta, para pasar a un terreno desconocido para muchos donde cosas como la aparente fidelidad era algo ínfimo para el autor, porque, al fin y al cabo, su mente y alma pertenecían por completo a Josefa. Era un amor imperfecto, lleno de baches y altibajos, pero a la vez tan sincero que no puede nadie dudar de él. Y tomando en cuenta eso ¿qué más se puede pedir? ¿Qué en el amor hay más allá que al final del día pertenecer a una persona, y que esa persona te pertenezca a ti, a pesar de todo, de las imperfecciones, de los errores, de la humanidad que reside en nuestros seres? Nada.

“Eres esa recóndita alegría de poseerte, esa íntima felicidad de saber que eres mía, sin palabras, más allá de tu cuerpo […] únicamente mía como mi muerte.

Chepita, mi mujer, mi amada, mi amiga y novia y hermana, mi lugar en el amor, mi razón en el tiempo, mi vicio y mi locura, mi virtud y mi fuerza;

Chepita, sangre de mi cuerpo, flor de mi espíritu, timbre de mi risa, humedad de mi lágrima, obscuridad de mi insomnio, promesa de mi esperanza, presencia mía en el mundo, persistencia mía en mí mismo;

Chepita, Chepita, linda, dulce, suave, tierna, leve, tibia, suave, tierna, mía.”