“Yo no podía salir de mi susto; no pude dejar de respirar con dificultad; parecía cansado. Las instrucciones del Moquitos se me iban perdiendo en ecos distorsionados; todos comenzaron a moverse como rabos de lagartijas hasta desaparecer”

Mi infancia la gocé a plenitud en el barrio de los abuelos. Todos los “chibolos” de ahí eran mis amigos. El Hacha era el más viejo de todos; tenía trece años ya; presumía los pelos de sus axilas, ser el más fuerte y de sacar la chochoca a cualquier cojudo que lo molestara.

Después le seguía el Pinocho, un año menor, blanco, chambeador pero bien burro, como el Hacha. De él seguía el Moquitos; año menor que el Pinocho; flaco, moreno y decían que era chancón en el colegio: buenas notas y buen comportamiento. Y de él seguíamos los más mocosos: el Roberto, mi primo Álvaro y yo.

En el barrio se respetaban las temporadas. En el tiempo de cometas es atorrante el que hace bailar su trompo. Nadie jugaba bolitas en tiempo de zumbadores. Pero el fulbito era de casi todas las tardes y en las noches, el ampay no se perdonaba; ahí todos poníamos a prueba la valentía.

–              Ampay uno, ampay dos, ¿yaaa? Gritaba la pareja que le tocaba ampayar, con los brazos apoyados en la pared y la frente en los brazos.

–              Ampay uno, ampay dos ¿yaaa? Y cuando todos estábamos escondidos, respondíamos casi en coro ¡yaaa!

Atrás de la casa de mi abuela había un terreno grande, baldío, lleno de basura, caca y en los rincones olía a orines. Todo mundo lo conocía como La Huaca. En un extremo había una piedra circular, grande. Su altura nos llegaba casi a las rodillas. En su centro tenía un círculo pequeño: un hoyito lleno de tierra; en la superficie habían líneas rectas que se extendían del centro hacia la orilla, separadas con la misma distancia una de otra; parecía un sol.

–              Esto lo hicieron los Incas, seguro- comentó Pinocho.

–              No, cojudo-corrigió Roberto- aquí no habían Incas; lo mandó hacer el Señor de Sipán.

–              Par de huevones- Hacha inteligente- esta huevadasa lo trajeron los Hermanos Ayar; de allá de Ayar…cucho- risas de burla- No se rían, conchesumares, o les doy un quemo.

–              Por eso te jalan en el cole pes Hacha- Moquitos amable- puras huevadas dices.

En la Huaca, con frecuencia matábamos lagartijas. Nos gustaba ver cómo se desprendía la cola y nuestra impresión no paraba al ver su movimiento viboresco y violento. El rabo de las lagartijas se convierte en culebra, cholo; hay que tener cuidao- nos decía el Hacha- por eso, a mear. Orinando sobre esa culebrita, la hacíamos morir bien y evitábamos que una gran serpiente se nos aparezca en la cama, a las doce de la noche. Por eso, el que no tenía ganas, pujaba hasta que le saliera una gota, aunque sea, y dar en el blanco.

Después de eso tomábamos el cuerpo, le abríamos las patas, boca arriba y el Pinocho cogía un vidrio para abrirle la panza. Snffc-respiraba-huelan; huele a pescao. La difunta pasaba por nuestras fosas y después al entierro. Alrededor de la piedra uno escarbaba el centro, quitaba los restos de la víctima anterior para sepultar la nueva.

En una ocasión, cuando disponíamos a enterrar una lagartija, el Hacha escarbó de más y sacó unos huesos grandes; más que de una lagartija. Con el susto dimos un paso atrás. No jodas-dijo el Hacha- son huesos de bebito, cojudos; ya nos jodimos. Apanicados, no dijimos nada. No se asusten, cagones- agregó- de qué miénchicas serán estos huesos, pes. Seguro lo trajo la Minyula- Roberto asustadísimo. Ni cagando- enfatizó el Hacha- la Minyula aparece en las chacras nada más.

La Huaca siempre fue un lugar ideal para escondernos en el juego del ampay; pero después de ese hallazgo, nos creó temor a los más chicos. Era un lugar casi oscuro por la noche; el poste que estaba cerca tenía el foco quemado desde siempre. Sus paredes de adobe, carcomidas, más que por las lluvias, por el mismo tiempo, le daba un aspecto tenebroso; sobre todo la planta de algarrobo que se movía mucho con el aire; la precaria sombra de sus ramas parecían brazos abiertos de alguien que venía por nosotros. Ya hay que salir-le dije al Pinocho. No seas cabro, huevón; aquí la Minyula no viene. Después nos tocó ampayar.

–              Ampay uno, ampay dos, ¿yaaa? ¡Yaaa!- se oyó una voz a lo lejos.

–              Pinocho, yo cuido, tu busca.

–              No jodas pues cumpita ¿no escuchas que estoy ronco?

–              Mentirosaso eres, so miércoles.

–              ¿O tú tienes miedo?

–              No ¿a qué? Si la Minyula no existe. Y fui a buscar.

Cuando encontraba a alguien gritaba ¡Ampay Roberto! ¡Ampay! Respondía Pinocho desde la pared de mi abuela que daba a la esquina; atento a que nadie le sorprendiera y tocara el muro para hacernos perder. ¡Ampay Moquitos! ¡Ampay! Así iba encontrando a todos hasta que faltaba uno. Por suerte nadie se había escondido en la Huaca; pero era el último recurso para buscar al Hacha. Llegué a la entrada y ninguna señal. Di un paso hacia adentro, sintiendo el miedo palpitar en mi cabeza, corriendo como millones de hormigas en mi panza, en mi pecho. El algarrobo se movía y crepitaba. Di otro paso y una lagartija pasó corriendo y me asustó; a lo lejos gritaba una lechuza. Miré a todos lados y no vi nada. Del otro lado la pared estaba caída; por ahí se llegaba a otro terreno grande donde apenas llegaba la luz de la otra calle. De ahí se veía el corral de mis abuelos y de la vecina. Estando ahí todo era más tranquilo, pero el asunto estaba en cruzar la Huaca y pasar cerca de la piedra redonda.

Me di ánimo para cruzar y en el momento que me dispuse a correr, una piedra pasó por mis pies violentamente; el susto me dobló las piernas y apretó mi garganta. Saqué fuerza de algún lugar y corrí hacia donde estaban los demás. Oe, qué tienes ¿ah? Oe, habla, huevón; qué te ha pasao cumpa. Tomé aire y les conté. No digan nada ¿ya? El Hacha no está; vamos a buscarlo, chitón no más.

En manchita llegamos a la Huaca; nos paramos en la entrada con temor; todo tenía el mismo aspecto y no había señal del Hacha. Entramos; sin separarnos recorrimos cada rincón y nada. Caminamos hacia la piedra y vimos restos de huesitos. ¡chuchesumare!-gritó el Pinocho y salimos corriendo, asustadasos. De vuelta en la esquina, el más chancón del grupo dio instrucciones: que nadie diga nada ¿ya? Si decimos de los huesitos, nos sacan la granputa nuestros viejos. Si preguntan por el Hacha, nadie sabe ¿ya? Oe, so huevón- reclamó Pinocho- el Hacha es pata. Era- enfatizó Moquitos- ya se lo chupó la Minyula.

Yo no podía salir de mi susto; no pude dejar de respirar con dificultad; parecía cansado. Las instrucciones del Moquitos se me iban perdiendo en ecos distorsionados; todos comenzaron a moverse como rabos de lagartijas hasta desaparecer.

–              Waltaco, habla cocherita; reacciona, no pasa nada.

Me tenían acostado en un mueble de la sala de mi abuela; sentí el alcohol en mi nariz; aparecieron mi mamá, la abuela, una tía y mis amigos.

–              Oe, Waltaco, aquí estamos ¿ah?- el Pinocho.

Aún sentía temor en el cuerpo. No te levantes- ordenó mi madre. Me dolía la cabeza; había sangre en mi camisa. Álvaro se acercó y en el momento que se disponía a decirme algo al oído, lo interrumpí.

–              Ya sé, ya.

–              ¿De qué?- se sorprendió.

–              De lo del Hacha pes; chitón. Ignorando mi comentario me dijo despacito:

–              Dice el Hacha que no quería romperte la cabeza.