¿Vive el sol del otro lado del cerro, mami? Preguntó Silvana, sin haber obtenido respuesta por parte de su madre; no porque no quisiera ponerle atención, sino por las ocupaciones que tenía en los preparativos de los seis años de su niña.

¿No era, acaso, mejor regalo responder a su inocencia que hacer gala de una fiesta? Atender bien a los invitados fue la prioridad.

¿Qué habría del otro lado del cerro si no fuese la casa del sol? En realidad el cerro no era distante. Pero para su edad, toda distancia mayor a su alcance era una eternidad. Entonces, no conocía más pueblo que el suyo. Ni otros nombres más que Ejido de las Noas; con una pequeña plaza, dos escuelas y una tienda decorando la única calle que atravesaba el pueblo. Ella quería descubrirlo.

Al día siguiente, después de la fiesta que fue más para los familiares que para ella, decidió caminar rumbo al cerrito. Llevaba una canasta para cazar mariposas y dárselas al sol que segurito estaría llegando a casa. Después de un largo camino, se sentó sobre una loma y pudo observar otro pueblo donde muchos niños jugaban en un lago, mientras el sol les lanzaba chispas de calor.

El despertador

Paco abrió los ojos con asombro cuando apenas conciliaba el sueño. Un ruido por su ventana provocó esa reacción. Justo en la tarde le contaron historias de fantasmas, de espíritus que visitan a los niños cuando están despiertos después de las doce de la noche. Antes de cerrar los ojos, el reloj marcaba las 12:10. “si gritas es peor- le recomendaron-el espíritu te puede encontrar”.

Prefirió mantenerse callado. Un grito habría sido su condena. El único recurso era esconderse. Pero salir de la cama implicaba bulla, así que el suplicio fue mayor. En pleno verano, cogió la cobija que estaba a un costado de la cama y  cubrió su cuerpo. El calor lo consumía, y por ratos sacaba la cabeza para tomar un poco de aire. El plan funcionaba, el espíritu no daba señales de estar cerca.

La vigilia fue su última opción. Dormirse era estar expuesto al espíritu, a que se lo llevaran quizá. Lo que sea, pero algo le pasaría. Ya no hubo más ruido hasta que el sol dio sus primeras pinceladas de color al cuarto. Le ardían los ojos. Apenas podía ver el día y cuando quiso ver la hora, no supo en qué momento había tirado el despertador al piso.