En las últimas visitas ella se miraba muy cansada, así que la consentía cocinando para ella: tostadas, nuestro platillo favorito. Preparaba la salsa de tomate esta vez en una moderna estufa, ella me seguía desenredando el cabello con un cepillo de plástico, pero ya no había radio antiguo de pilas gordas sino televisión

Mi abuela era Cora Nayarita; morena, chiquita y de largas trenzas oscuras. Nunca supe a ciencia cierta las horas en que sembraba los tomates ni los nopales que nos cocinaba en su hornilla hecha de lodo sobre la leña.

Nunca supe de dónde sacaba los charales secos ni la masa de nixtamal para hacer las tortillas. Llegué a pensar que era maga por todo aquello y también porque la sazón de las abuelas solo se logra con magia, y por si fuera poco ella tenía tiempo para todo.

A veces peinaba mi largo cabello con un cepillo de pelos tiesos mientras escuchábamos en su radio antigua de pilas gordas su serie favorita: Porfirio Cadena, el ojo de vidrio. A veces la acompañaba al río a lavar la ropa de la familia, ella se acomodaba en la orilla y mientras tallaba y tallaba en la batea de madera yo flotaba en las nubes de espuma o atrapaba renacuajos a sus pies. Eso era todos los veranos hasta que dejé de ser niña.

En las últimas visitas ella se miraba muy cansada, así que la consentía cocinando para ella: tostadas, nuestro platillo favorito. Preparaba la salsa de tomate esta vez en una moderna estufa, ella me seguía desenredando el cabello con un cepillo de plástico, pero ya no había radio antiguo de pilas gordas sino televisión.
La modernidad había llegado al pueblo de mis infancias. El último verano me llegó la mala noticia. La abuela había hecho su último acto de magia.