“Hoy día vivimos una crisis de valores cívicos. Recordemos que el concepto de civismo proviene de la raíz griega “civis” y “civitas” que significan ciudadanía o urbanidad, vocablos que representan un comportamiento humano dentro de la sociedad con estándares mínimos para la coexistencia en masa”

Sócrates fue uno de los más grandes filósofos griegos cuyo legado conocemos principalmente por las obras denominadas “Diálogos” de su discípulo Platón, quien describió su pensamiento y el legado de su muerte a través de su obra “Apología de Sócrates”, mismo que analizaremos brevemente líneas más abajo.

La Guerra del Peloponeso fue un conflicto bélico entre algunas ciudades griegas atenienses en el siglo 400 años A.C. y los espartanos. Como sabemos, los espartanos eran guerreros profesionales, mientras que los atenienses eran principalmente ciudadanos comprometidos con su patria, pero al fin y al cabo no guerreros profesionales. De hecho, Sócrates participó en esa guerra como guerrero; sin embargo, su destino era la filosofía y la enseñanza.

Con la ayuda de los persas y los sátrapas, los espartanos derrotaron a los atenienses y con ello el cambio de régimen político y gubernamental fue inminente; las ciudades-Estado griegas pasaron de ser una democracia a ser una oligarquía, con ello se descompuso el mapa político de la Grecia dominante y hegemónica que mantenía la armonía entre esas ciudades-Estado.

La oligarquía espartana trajo consigo guerras intestinas que acabaron con la grandeza ateniense, implementándose la llamada oligarquía de los Treinta Tiranos, compuesta por treinta magistrados que ocasionaron la muerte de gran parte de la población y el establecimiento de tácticas crueles y despiadadas contra ésta y la expropiación brutal de propiedades y riquezas.

Dentro de estos treinta tiranos se encontraba un primo hermano de Platón, el discípulo de Sócrates. Tras un breve periodo, el gobierno de los treinta tiranos fue derrocado y Sócrates fue sometido a juicio. Sus acusaciones, corromper a la juventud ateniense y creer en cosas sobrenaturales ajenas a los dioses atenienses.

Es sabido que Sócrates como filósofo busca incansablemente la verdad de las cosas, cuestionándose cada premisa para tratar de sacar a la luz el origen, la causas y las consecuencias de cada cuestionamiento. En este camino, cuestiona las divinidades griegas y plantea una nueva definición de aquella voz, augurio o coincidencia como le hace llamar otros a aquello que los orienta y guía.

Pero la principal acusación fue haber recibido como discípulo a Critias, uno de los Treinta Tiranos que implementaron la oligarquía tras la Guerra del Peloponeso y que ocasionaron muerte y destrucción en todas las ciudades-estado atenienses. Estas dos acusaciones ameritaron una leve condena que fue aumentada tras la defensa irónica y punzante del filósofo ateniense, quien con sutil agudeza desestimaba la importancia de las acusaciones e insultaba con ello tanto a los acusadores como al jurado que lo estaba juzgando. Tras su discurso en el que insulta a las instituciones corruptas griegas con una analogía sobre un caballo perezoso (el Estado griego) y el piquete profundo y doloroso de un tábano (haciendo alusión a sus comentarios incisivos), Sócrates es condenado a muerte.

No conformes con la sentencia, los amigos y discípulos de Sócrates le piden pagar una fianza o multa para, pero éste se reúsa. Siendo inminente la ejecución de la sentencia, le proponen huir de su prisión y autoexiliarse esperando el perdón; sin embargo, aquí una de las más grandes aportaciones del pensamiento socrático, su legado; el acatamiento de la sentencia, aunque ésta sea injusta. Sócrates es condenado a beber el veneno de la cicuta.

En su discurso después del veredicto de muerte y de renunciar a las posibilidades planteadas por sus amigos y discípulos, Sócrates sigue dando lecciones y afirma que, a pesar del veredicto en contra, la falta de argumentos no ha sido la causal de su sentencia y muerte, sino la repulsión a rebajarse y tener la conducta que de cualquiera se esperaría estando ante la inminente muerte, anteponiendo la verdad y la bondad sobre el interés personal de sobrevivencia.

Sócrates se niega a no acatar la sentencia y huir al exilio; su argumento principal es que la verdadera corrupción de los jóvenes y discípulos es el no acatamiento de la ley y la sentencia, aún y cuando éstas se consideren injustas. Afirma, no hay peor corrupción que traicionar el alma, alma que alberga el bien de un ser justo que, si bien es cierto que el hombre justo sólo recibe injusticias, si quiere preservar su alma libre de maldad, ha de obrar conforme a su conciencia dicta, esto es, conforme al respeto de la ley que beneficia a la polis, a la Res Pública, a la sociedad en su conjunto aunque esas ley o acto lo perjudique en lo particular.

El no acatamiento de la ley y la sentencia enseña a los jóvenes y discípulos de Sócrates, y a la sociedad en su conjunto, que es mejor privilegiar el bienestar propio, personal o individual sobre el beneficio colectivo, propósito que tienen las leyes, el bien común.

Hoy día vivimos una crisis de valores cívicos. Recordemos que el concepto de civismo proviene de la raíz griega “civis” y “civitas” que significan ciudadanía o urbanidad, vocablos que representan un comportamiento humano dentro de la sociedad con estándares mínimos para la coexistencia en masa.

Pueden o no gustarnos las reglas bajo las cuales estamos sometidos en el conglomerado social, pero el no acatamiento de éstas provoca la falsa legitimidad del no acatamiento por parte de otros miembros del conglomerado, máxime si esa desobediencia a la ley proviene de un gobernante o representantes populares, quienes debieran ser personas con mayores atributos de honorabilidad, probidad, honradez y civismo. Desafortunadamente no es así y muchos de nuestros desacatos a la ley los justificamos con el precario o nulo civismo con el que se conducen nuestros representantes populares y gobernantes. De ahí la importancia del legado de Sócrates, quien prefirió el acatamiento de la ley en beneficio de la sociedad en su conjunto, aunque le costara la muerte, antes que la corrupción de la juventud por la vía del beneficio personal.