“Para Platón, en cambio, la justicia era concebida como una especie de equilibro social, en el que debía haber forzosamente una diferenciación social para que la sociedad estuviera equilibrada”

Muchas ocasiones nos hemos visto ante la encrucijada de ser justos o vengarnos; este no es un dilema fácil ya que, si bien es cierto que por regla general todos buscamos la justicia, no menos cierto es que, en la mayoría de las veces, ésta se confunde con venganza.

El sistema de procuración de “justicia” en México está basado en la premisa de la pena, esto es, de la venganza, que no por ser socializada deja de serlo. Me explico, en México si bien es cierto que nuestra tradición jurídica proviene de la influencia romana y sus principios influenciados por las máximas griegas socráticas, platónicas y aristotélicas, también es cierto que estas máximas y principios han sido influenciados por las tradiciones judeo-cristianas del catolicismo español y algunas tradiciones visigodas y árabes cuanto éstos grupos fueron invasores y conquistadores de la parte occidental de Europa, específicamente lo que hoy es España.

En este sentido, desde la máxima platónica sobre la justicia podemos decir que ésta es “darle a cada quien lo que le corresponde” o “amerita” pero ¿Qué le corresponde a cada quién? ¿Quién dicta lo que le corresponde a cada quién? ¿Bajo qué reglas, principios y método sustenta su decisión? En fin, existen muchas interrogantes que surgen cuando tratamos de aplicar la máxima platónica sobre el concepto de justicia.

Por otra parte, Aristóteles diferenció el concepto en tres vertientes; a decir, la justicia distributiva, la justicia restaurativa y la justicia retributiva. Todas ellas basadas en el principio del equilibro o igualdad proporcional, esto es, el punto medio entre aquello que peca por exceso y aquello que peca por defecto.

Para Aristóteles la justicia era una cuestión de cargas, gravámenes y beneficios; todo ello de acuerdo a la contribución social del individuo en cuestión, de sus necesidades y de sus méritos personales. Así, la justicia no se veía como algo ajeno al individuo o persona, sino que el concepto aristotélico de justicia iba acompañado de las características, acciones u omisiones de quien era sujeto de justicia.

Para Platón, en cambio, la justicia era concebida como una especie de equilibro social, en el que debía haber forzosamente una diferenciación social para que la sociedad estuviera equilibrada. Esto nos recuerda un poco la tesis de Aldous Huxley en su obra “Un Mundo Feliz”, en el cual sostiene que la sociedad debe estar y ser jerarquizada para evitar que todos quieran gobernar y nadie quiera obedecer, el eterno conflicto entre los “Alfa” como raza superior y líder y, los “Betas”, “Gammas” y “Deltas” como razas inferiores y obedientes.

Bien, pero regresando al hilo conductor del título de nuestro artículo, ¿Cuándo la justicia se convirtió en venganza? ¿En qué momento tergiversamos la distribución de cargas y gravámenes por penalidades? ¿Cuándo se desplazó el punto de equilibro entre el exceso y el defecto?

Bien, pues nosotros consideramos que éstas y muchas de las interrogantes que surgen a la luz del concepto de justicia hoy día viene de precisamente de la última influencia ejercida en el concepto de justicia por la religión cristiana, esto es, una interpretación de la justicia como al maniqueo, dicromático, bipolar y fundamentalista aplicable a otros conceptos contrarios pero discutibles, como, por ejemplo, lo bueno y lo malo, lo deseable y lo indeseable, lo aceptable y lo inaceptable, etc. Esto es, premiamos, gratificamos, veneramos, amamos y reverenciamos los primeros para repudiar, desdeñar, despreciar y desestimar los segundos.

En este sentido, a estos últimos les aplicamos una sanción social, una pena. Y ahí está el detalle; nuestro sistema de procuración de justicia se basa en la venganza como mecanismo distributivo de cargas y gravámenes. Pensemos en el derecho penal, el más emblemático, de hecho, si nos percatamos en el propio nombre lleva aparejada la definición de justicia que estamos buscando y tratando de aplicar, la pena o penalidad ante una acción u omisión socialmente reprochable en el marco el orden jurídico, esto es, el llamado injusto jurídico.

Existe una gran variedad de normas o reglas de conducta que rigen nuestras acciones en sociedad, por ejemplo, las normas religiosas, las éticas, las morales, las convenciones o sociales, etc. Sin embargo, no todas estas normas o reglas de conducta traen aparejada una amenaza real ante la inobservancia de la conducta esperada. En el ámbito religioso si una persona no acata el mandamiento, norma o regla de conducta consistente en no matar o robar, cuando menos en este mundo fáctico y real dicha trasgresión no tendrá consecuencias. Por otro lado, si la inobservancia de una regla de conducta es en el plano social o convencional, tal vez seamos rechazados socialmente, repudiados o excluidos. Aquí podemos observar que ya existen consecuencias a nuestros acciones u omisiones que son consideradas no propias de la sociedad en la que vivimos; sin embargo, cuando estas acciones u omisiones son graves o lo suficientemente repulsivas o dañinas para la sociedad en la que vivimos, ésta se encarga de integrarla a un cúmulo de acciones u omisiones que considera dignas de ser sancionadas, aunque la sanción obviamente no es hacia la conducta sino hacia al infractor quien es castigado bajo distintas modalidades dependiendo la gravedad de la trasgresión social, que puede ser desde un castigo pecuniario o económico hasta la pérdida de la libertad y algunos de sus derechos ciudadanos y políticos.

Este tipo de “justicia” no es otra cosa que una sanción reconocida legalmente como un acto legítimo de autoridad ante una trasgresión al orden jurídico pero que; sin embargo, dista mucho de “dar a cada quien lo que le corresponde” o ser “el punto medio entre el exceso y el defecto”.

En la siguiente entrega hablaremos sobre la venganza y su relación con la justicia