La monogamia, el matrimonio heterosexual, el celibato y muchas otras figuras e instituciones jurídicas contemporáneas no son más que el producto de una construcción social diseñada por un pequeño grupo de personas con fines de control y dominación social

El título de este artículo trata de resumir la influencia que tiene una sociedad determinada sobre las personas o individuos que pertenecen a ésta; ellos, nosotros, somos un producto social construido muchas de las veces a partir de la necesidad de dominación de una pequeña élite que manipula al conglomerado social para que éste se comporte de determinada manera o forma.
Hace apenas un par de días, impartiendo la cátedra de introducción al estudio del derecho a nivel licenciatura, comentaba con los alumnos y futuros jurisconsultos estudiosos del derecho la influencia que ejercen las antiguas instituciones jurídicas sobre la sociedad contemporánea; y esto viene a colación sobre los temas que se están discutiendo hoy día sobre el concepto de familia, matrimonio igualitario y la adopción de menores bajo esta institución.
Después de hacer una breve consulta, cas la mayoría de los participantes estuvieron de acuerdo en que el matrimonio igualitario pudiera llevarse a cabo como una institución jurídica más siempre y cuando mantengan su orientación sexual en el seno de su propia relación; y siempre y cuando no vulneren las costumbres tradicionales de la relación heterosexual socialmente aceptada, esto es, el reconocimiento jurídico del derecho a una vida común en pareja, pero guardada en el closet de la sociedad.
Sobre la adopción el consenso fue más contundente, no a la adopción de menores por parte de los matrimonios igualitarios; el argumento, la protección de la salud sexual de los menores bajo la óptica de que éstos adoptarían la orientación y prácticas sexuales de sus padres o madres homosexuales.
Hasta el día de hoy no existen pruebas científicas de que los hijos de las parejas homosexuales, en los países en los que es permitida la adopción, vean modificada su orientación o apetitos sexuales; desafortunadamente tampoco hay evidencia científica que ratifique lo contrario, esto es, que el ambiente familiar no afecte la cosmovisión sexual de los menores en un ambiente familiar homosexual.
México sigue siendo un país y una sociedad con muchos prejuicios y altamente discriminatoria, racista y clasista. El hecho de ser moreno, tener el cabello lacio, estar chaparrito y obeso es sinónimo de un indigenismo mal entendido, sujeto a burla, escarnio, discriminación y clasismo. Por el contrario, el estar alto con la tez blanca, el cabello güero o castaño claro y los ojos de color azul, verde o cualquiera que no sea café, es sinónimo de clase, de alcurnia, de buena cuna o estatus privilegiado digno de admiración e imitación.
En las secciones de sociales en los periódicos vemos claramente esta distinción, por no decir, discriminación y racismo social. Vemos a color y en las primeras páginas de estas secciones a “gente bonita”, casi todos, por no decir que todos, son güeros y delgados; las damas, todas ellas con el cabello teñido completamente de rubio o por lo menos unos rayos o luces que mitiguen el castaño característico de nuestra raza mestiza. Hombres y mujeres “bien vestidos” de acuerdo al último grito de lo que dictan los cánones de la moda y el buen vestir. Páginas más adentro en la misma sección de sociales, podemos observar, ya en tinta blanca y negra, a personas que no son güeras, ni altas, ni delgadas y que no están vestidas conforme a lo que es “vivir bonito”.
El politólogo Carlos Elizondo Serra Meyer, en su obra “porqué estamos como estamos” sostiene atinadamente que parte del problema de la situación de México es el racismo y la discriminación social impregnada de dogmas y prejuicios que no nos dejan avanzar y ser una sociedad más justa e igualitaria. Pone como ejemplo, acertadamente por cierto, que el hombre mexicano generalmente se relaciona sentimentalmente y sexualmente, esto es, como pareja; con mujeres de color de piel más claro que el suyo; algo así como la “venganza de la malinche machista”; claro que hay excepciones pero de hecho ciertamente si somos observadores casi en la mayoría de las relaciones entre parejas heterosexuales el hombre es más moreno que la mujer, o dicho de otra manera, la mujer es más blanca que el hombre; y si esta regla no puede cumplirse, cuando menos la mujer tiene teñido el cabello de un color claro que aclare también su tez. Este fenómeno es mucho más evidente en las personas con mayores ingresos y mejores posiciones económicas y sociales. Pareciera que se busca irremediablemente la máxima popular de “mejorar la raza”.
Bien, pues todos estos ejemplos no son más que una muestra del atraso cultural que tenemos en materia de derechos humanos, igualdad, tolerancia y libertad. Para el caso del matrimonio entre personas desde mismo sexo tenemos el infortunio de haber sido conquistados por un país católico que nos inculcó sus prejuicios, dogmas, filias y fobias propias de una cosmovisión clasista, racista y discriminatoria.
La monogamia, el matrimonio heterosexual, el celibato y muchas otras figuras e instituciones jurídicas contemporáneas no son más que el producto de una construcción social diseñada por un pequeño grupo de personas con fines de control y dominación social.
Si bien es cierto que, en un momento determinado, la sociedad necesitó de ciertos límites que permitieran su desarrollo y evolución; no menos cierto es que hoy día no deben existir esos límites, ahora anacrónicos, precisamente para el desarrollo y evolución de la sociedad contemporánea.