Esta catástrofe natural detonó otra de naturaleza económica en la nación norteamericana ya que para 1906 las aseguradoras tuvieron que desembolsar grandes cantidades de dinero para pagar las pólizas de seguro contratadas por los afectados en el terremoto, para lo cual tuvieron que fondearse de las casas matrices, lo que ocasionó por una parte una fuga de capitales para solventar la contingencia; y por la otra, obligó a los bancos europeos a discriminar pagarés norteamericanos y elevar las tasas de interés.

Era la época pre revolucionaria, el presidente en turno Porfirio Díaz dirigía el país con mano de hierro acompañado por un puñado de asesores denominados “Los Científicos” debido a que eran unos tecnócratas que pretendían implementar políticas públicas sólo con base en datos estadísticos y fórmulas matemáticas, sin tomar en cuenta que los procesos sociales se explican inicialmente por el comportamiento de los seres humanos en el conglomerado social, premisa básica del humanismo.

Bien pues, en esta época la estabilidad política y económica logró consolidarse a base de un férreo control político, social y económico de los sectores con la complicidad de inversionistas, empresarios, clero y ejército. Una de las frases más emblemáticas de esta férrea política era: “pan o palo”.

Por el lado de la seguridad pública, el control de la población se realizó a través de una policía rural compuesta principalmente por maleantes que ingresaron a la nómina gubernamental bajo la premisa de que “para que la cuña apriete, tiene que ser del mismo palo”, esto es, la institucionalización del robo y atraco por parte de las supuestas fuerzas del orden bajo la lógica de la administración de los males, no su combate institucional.

La falsa estabilidad social a base de represión y administración de los males trajo la estabilidad económica necesaria para que México fuera sujeto de confianza crediticia; los capitales internacionales, principalmente norteamericanos, franceses, británicos y alemánes no se hicieron esperar, aunque con la preponderancia del primero de éstos. Desde finales del siglo XIX hasta los albores del siglo XX México experimentó la mayor expansión económica en su historia desde su independencia como colonia española.

Nuestro país vecino del norte, Estados Unidos de Norteamérica tenía en México fuertes inversiones a través de sus empresarios en la rama minera en contubernio con el gobierno mexicano; al grado que les era permitido tener sus propias fuerzas policiales para contener y reprimir las incipientes manifestaciones de descontento laboral.

La Doctrina Monroe, sintetizada bajo la frase elaborada por John Quincy Adams y expuesta por el presidente norteamericano James Monroe en 1823 fue la piedra angular que justificó la intervención del gobierno norteamericano durante el boqueo naval por potencias europeas en contra de Venezuela por insolvencia para el pago de deudas contraídas con Bretaña, Alemania e Italia en el naciente siglo XX, específicamente entre 1902 y 1903, acción que daría origen al denominado “Corolario Roosevelt” que consiste en la justificación de la intervención de Estados Unidos de Norteamérica en asuntos Latinoamericanos y del Caribe, considerando que la protección de los intereses, principalmente económicos, de sus connacionales en los países de esas regiones son considerados de interés nacional y por lo tanto de imperiosa intervención para el reordenamiento y restablecimientos de los derechos y patrimonio de los ciudadanos y empresas norteamericanas.

Ya para la segunda mitad del siglo XIX Estados Unidos había experimentado un auge económico derivado principalmente de la construcción de un sistema de vías férreas que promovían la industrialización del país, especialmente en el oeste y sur donde la industria minera estaba en franca expansión y prosperidad. Sin embargo, a principios del siglo XX un fuerte terremoto sacudió la ciudad de San Francisco, ocasionando graves dalos a la infraestructura de esta ciudad y poblaciones aledañas. Se calcula que este terremoto habría dejado por lo menos unos tres mil muertos, veinticinco mil edificios destruidos y pérdidas económicas por más de cuatrocientos millones de dólares.

Esta catástrofe natural detonó otra de naturaleza económica en la nación norteamericana ya que para 1906 las aseguradoras tuvieron que desembolsar grandes cantidades de dinero para pagar las pólizas de seguro contratadas por los afectados en el terremoto, para lo cual tuvieron que fondearse de las casas matrices, lo que ocasionó por una parte una fuga de capitales para solventar la contingencia; y por la otra, obligó a los bancos europeos a discriminar pagarés norteamericanos y elevar las tasas de interés. Medidas que propiciaron una recesión económica en Estados Unidos a partir de 1907.

Esta recesión en Estado Unidos provocó despidos en masa de trabajadores principalmente mineros, muchos de estos mexicanos que trabajaban para compañías norteamericanas fueron expulsados del país provocando una oleada de migrantes repatriados al territorio nacional mexicano. Al mismo tiempo, el mercado internacional crediticio se contraería con los efectos negativos para la economía mexicana que obligó al entonces ministro de finanzas José Ives Limantur a restringir y encarecer el crédito que, conjugado con la caída de precios de los metales, una pérdida del poder adquisitivo, desempleo y descontento social atizaron en el corto plazo la inminente revuelta social mexicana del siglo XX, la Revolución Mexicana.

A Confucio (K´ung-fu-tzu) se le atribuye la frase “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Conozcamos pues nuestra historia.