Alejandro conquistó la mayor parte del mundo conocido en su tiempo de forma relativamente fácil, y cometió el error de no saber dónde detenerse. Perseguía una ambición religiosa: en lugar de consolidar su poder mediante visión política (a pesar de que fue un buen estadista) lo cierto es que no supo o no quiso centralizar ni dejar que el poder se enraizara.

Por su parte, la República romana había nacido del repudio al sistema monárquico luego de que el pueblo y el Senado expulsaran al último rey de Roma, que había sido impuesto por los etruscos. La República también era desconfiada en extremo, por lo que el poder se dividió en tres partes: el Senado, que era conformado por los patricios y que llevaba a cabo las funciones de la administración pública, y elegía de entre ellos mismos a los cónsules, que ejercían el poder ejecutivo o militar. Los cónsules eran dos y se renovaban cada año para evitar el abuso del poder. El tercer poder surgió tiempo después, y fue una construcción del pueblo. Era el Tribunal del pueblo, que representaba los intereses de la plebe y tenía las facultades de vetar leyes. Nicolás Maquiavelo afirma en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio que el origen del poder romano venía precisamente de los continuos confortamientos entre el Senado y el pueblo.

Según Plutarco, lo primero que hizo Rómulo al fundar Roma fue crear un ejército. Lo segundo que hizo fue instaurar un consejo de ancianos que sirvieran como protectores del pueblo y los asistieran en sus necesidades de manera paternalista (de allí surgieron la palabra Senado que proviene de senil que significa anciano, y patricio de patri que significa padre).
El segundo rey romano, Numa Pompilio, creó la religión romana pagana con el propósito de apaciguar y equilibrar el ánimo violento y marcial, y reacomodó a los ciudadanos de acuerdo a su profesión y no conforme al grupo étnico original para romper diferencias de grupo.

Ambas naciones llegaron al cenit de su esplendor imperial bajo Alejandro Magno y Cayo Julio César, que gobernaron con tres siglos de diferencia. Alejandro conquistó el inmenso imperio persa a la corta edad de 21 años. Según Plutarco, cuando Julio César llegó a esa edad, lloró debido a que todavía no había logrado conquistar nada. La gran expansión que logró Alejandro en realidad no se debió a él sino a la coyuntura histórica: por un lado su padre el rey Filipo de Macedonia había conquistado él mismo toda Grecia y a su muerte heredó sin dificultad todo el poderío griego a Alejandro, que había sido regente durante su adolescencia y además había sido educado por el mismo Aristóteles. Por otro lado, el Imperio Persa yacía en decadencia y al ser demasiado centralizado su gobierno, bastó con vencer al rey Darío en un par de batallas para derrumbar su control sobre Persia.

Alejandro conquistó la mayor parte del mundo conocido en su tiempo de forma relativamente fácil, y cometió el error de no saber dónde detenerse. Perseguía una ambición religiosa: en lugar de consolidar su poder mediante visión política (a pesar de que fue un buen estadista) lo cierto es que no supo o no quiso centralizar ni dejar que el poder se enraizara. Quería trascender las hazañas de los héroes mitológicos como Prometeo y Aquiles, yendo hacia el extremo del mar índico y crear una vía de navegación a través del Mar Rojo para unificar y regir a todo el mundo. También cometió el error de querer ser bondadoso y dadivoso con muchos de sus allegados, lo que dio pie a traiciones, ya que tal trato amistoso no alimenta la lealtad sino la ambición, y la amistad dada fácilmente por el soberano arruina el trato de respeto y deferencia que el monarca debía cultivar en sus subalternos. Sin embargo, el Imperio de Alejandro se derrumbó apenas murió a los 32 años, y con él también pereció la cultura clásica debido a que la expansión exagerada fue absorbida y alterada por otras culturas bárbaras. Pocos años después también moriría la democracia de Atenas, debido a que uno de sus generales se intentó imponer como soberano de Grecia, y destruyó la ciudad y su constitución.

En Roma, la República vino a su fin luego de que Julio César obtuviera un inmenso poder fruto de sus victorias militares. César logró en diez años conquistar toda la Galia (la actual Francia, que en su tiempo constaba de al menos doscientos pueblos bárbaros), y con la riqueza que extrajo compró voluntades políticas, compró puestos públicos para sus amigos, y amasó el afecto del pueblo, ya que acostumbraba enviar donativos públicos a Roma. César regresó a Roma después de diez años de éxito militar. Su figura tenía tanto peso que desequilibraba por su propia existencia al sistema republicano. El Senado le llegó a ofrecer incluso el título de rey, pero lo rechazó y se autoproclamó simplemente como “César”. El Senado romano armó una conspiración en su contra, y lo ejecutó dentro del recinto senatorial, siendo apuñalado por los propios senadores.

Ambos Imperios paralelos fueron los fundadores de nuestra civilización. Su gloria fue su muerte, pues el fin de ambos imperios se debió a que se expandieron demasiado, o a que no entendían qué es el poder y para qué sirve. Sin embargo, su historia nos enseña que el poder no proviene de la fuerza militar, sino de sus instituciones inclusivas. En el mundo moderno los grandes imperios también tenían por origen de su poder y gloria sistemas semejantes, como el parlamentarismo liberal de Gran Bretaña, o la democracia federal universal de los Estados Unidos, sistemas que se inspiraron en las constituciones de Grecia y Roma.