A ese asesinato se le fueron sumando muchos otros más, hasta llegar a constituirse en el imaginario colectivo la idea de que toda esa ola de crímenes tenía como propósito el aniquilamiento de los viejos. Las autoridades por supuesto negaban semejante aseveración y prometían en su defecto, que pronto atraparían a los responsables. Pero los asesinatos se fueron acumulando y los responsables no eran atrapados.

Las líneas que siguen fueron las últimas que dejó escritas nuestro joven escritor. Lo de joven es más un adjetivo que una referencia. En realidad tenía 64 años, según lo hace constar el informe policiaco. Lo de joven entonces, tiene que ver con el tiempo que se tiene en el mundo de las letras. Después de la publicación de “La juventud del odio”, que había sido su primera gran apuesta literaria, ya no había vuelto a publicar nuevamente. Era pues, un hombre viejo que rejuvenecía en las letras. El texto que sigue fue sustraído de su computadora y constituye una pieza valiosa –de acuerdo a las declaraciones del ministerio público que atendió el caso- para esclarecer su asesinato.
El escrito inicia con una confesión literaria:
“En algún momento hice un trazo en un plano estrictamente literario e imaginé a una jauría de jóvenes debidamente organizados que se dedicaban
a aniquilar a toda aquella persona que estaba en la condición de viejo. Y escribí:
‘Tocaron a mi puerta y sabía que venían a matarme. Mi debilidad puede ser olfateada a distancia. Sujetos como yo son los que las hienas buscan. Solo, viejo y enfermo. Abro la puerta sin temor alguno y lo único que alcanzo a ver es a un grupo de jóvenes que no rebasan los veinte años. Observan mi rostro con asco y me dicen con una expresión de odio: –¡Muere, viejo de mierda…! Las hienas van matando lo que el espejo les revela como futuro: la vejez’.
No imaginaba en ese momento el móvil de la organización de estos jóvenes, por eso lo que tenía entre manos era solamente una idea literaria. Pero mi instinto me decía que en esa idea se encontraba una muy buena historia. Ahora bien, ¿cómo es que esta idea se vino a posar en mi cabeza? En realidad era algo que estaba ahí presente en la sociedad, pero de forma inconexa. Por alguna razón, la juventud se instaló como principio de vida en el imaginario colectivo. Se empezó a glorificar la juventud y para ello mucho tuvieron que ver las empresas que orbitan alrededor del concepto plástico de la belleza.
Pero algo pasó en ese camino… porque de la glorificación de la belleza se transitó al desprecio de lo viejo. Advertí que el odio se instalaba entre los jóvenes a un nivel preocupante. Por eso me atreví a escribir la “juventud del odio”, pero nunca advertí en ese tiempo, el instinto de aniquilación que iba germinando en esa misma juventud. Quizá por eso en esa mañana lluviosa de noviembre me llegó de golpe la palabra “hiena”, para referenciar a esa horda de jóvenes que poco a poco hacían del odio, herramienta, y de la aniquilación deseo.
Pero debo confesar que aun con esa realidad que aparecía en el ambiente, un hipotético escenario donde un grupo de jóvenes asesinaba a todo lo viejo que encontraban a su paso, me parecía del todo absurdo. No podíamos llegar a esa condición animal, pensaba, por más aniquilada que esté la condición humana del individuo. No obstante, desde una perspectiva apocalíptica me parecía una historia extraordinaria. Y siguiendo mis impulsos literarios, me di a la tarea de iniciar el proceso de investigación para configurar la historia.
Al cabo de tres meses de seguir la pista de esas hordas que ya identificaba como “hienas”, mi perspectiva del problema cambió radicalmente. Mis peores premoniciones empezaron a confirmarse poco a poco. De entrada, no eran simples hordas envenenados con el virus del odio. No. La investigación me fue revelando que poco a poco transitaban de la manifestación a la organización. Se habían dado cuenta que la condenada por más virulenta que fuera, no solucionaba de fondo el problema. Había que pasar a la acción. Y para ello se requería la organización. Debo confesar otra vez, que no advertía el modus de esa organización. Sabía que ese era el propósito, pero desconocía el cómo lo iban a realizar. Y mientras esto ocurría, en la sociedad este problema pasaba inadvertido. Los medios como siempre se mantenían ocupados con los problemas políticos de siempre y el resto seguía procurando sacar ganancias con lo más amarillo del periodismo.
En ese sentido, cuando la tragedia ocurrió, todo el mundo se llevó “el Jesús a la boca” cuando los medios dieron cuenta de la magnitud del crimen: un asilo de ancianos había sido el escenario para ejecutar a sangre fría a 32 ancianos que ahí vivían. El crimen no sólo había sido aterrador, sino que helaba la sangre cuando se informó que cada uno de los ancianos tenía el tiro de gracia en su cabeza. No se había disparado en ráfaga,sino de forma personal. Aprovechando la escasa movilidad de los ancianos.
¿Quién podía asesinar con esa sangre fría? Y sobre todo, ¿por qué asesinar a los ancianos? ¿Qué se pretendía con ese tipo de crimen? No tenía lógica. Pero el hecho había cimbrado a la sociedad, incluso a mí. A pesar de tener elementos suficientes para saber por dónde venía el ataque.
Ahí empezó todo el horror posterior. A ese asesinato se le fueron sumando muchos otros más, hasta llegar a constituirse en el imaginario colectivo la idea de que toda esa ola de crímenes tenía como propósito el aniquilamiento de los viejos. Las autoridades por supuesto negaban semejante aseveración y prometían en su defecto, que pronto atraparían a los responsables. Pero los asesinatos se fueron acumulando y los responsables no eran atrapados. En todo este proceso, mi propia investigación pasó de ser un proyecto literario a una investigación policiaca. Y un día, creyendo tener los elementos suficientes para determinar los hilos que entretejían a toda esta madeja, decidí escribir una columna para el periódico El Nacional. Mi columna aportaba los elementos que por bastante tiempo la policía no había podido encontrar. No tenían la información porque no identificaban por dónde venía el golpe. Para las autoridades, el problema tenía que ver con los cárteles de la droga. Los asesina-tos de ancianos –desde su perspectiva- representaban un elemento distractor para mantener a las autoridades ocupadas mientras los capos articulaban su negocio. Ni por asomo les pasó por la cabeza que el odio era el hilo conductor de toda la trama.
La columna ofreció una luz importante a las autoridades, pero en cambio me oscureció por completo mi vida. Nunca imaginé que las líneas que en
su momento escribí como parte de mi imaginario literario, pudieran convertirse en las líneas que explicaran los motivos de mi muerte”.
Así terminaba el escrito.
Había sido asesinado con un balazo en la cabeza al igual que el resto de las víctimas. En el interior de su casa –señala el informe- no se observaba desorden alguno. Salvo la puerta que había sido forzada. Revisé el informe minuciosamente, en un intento de encontrar nuevas pistas de este caso. Pero no había mucho más. ¿Cómo es que llegamos a este nivel de descomposición…? No lo sé. Quien lo advirtió en su momento lo habían matado esta tarde. Nosotros no habíamos podido advertirlo. Estábamos demasiado ocupados con el vértigo de la vida. ¿En dónde demonios estamos parados…?
En esas estaba, cuando me llegó el mensaje a mi celular, era mi jefe. “Hay otro viejo asesinado en la calle 14 de Constituyente y Reforma. Ve preparado. Lo que ahí se tiene no es nada halaga-dor. Al parecer este asunto ha pasado a otra escala…”.
Todavía nos falta mucho por ver entonces, pensé. No hemos tocado fondo todavía.