Se cuenta tanto de los muertos, que para su desgracia muchos de ellos en vida nadie supo quiénes fueron, artistas, bandidos, políticos, deportistas, religiosos, gente pobre o rica en ocasiones se tiene que morir para conocer algo de su vida.

Los epitafios son en la actualidad aves raras escritas en tumbas de los panteones o camposantos, estos han sido en su mayoría cambiados por pasajes cortos de la Biblia, extractos de algún poema y no es raro ahora verlos grabados en las urnas donde se guardan las cenizas.
Se cuenta tanto de los muertos, que para su desgracia muchos de ellos en vida nadie supo quiénes fueron, artistas, bandidos, políticos, deportistas, religiosos, gente pobre o rica en ocasiones se tiene que morir para conocer algo de su vida, historias algunas ponderadas con connotaciones que en la vida nadie le conoció y en la muerte aparecen y rondan como fantasmas sus virtudes y sus desaciertos, en canciones y libros; hasta la corrupción hace que el muerto supere las caras anteriores.
El “cuándo”, esa palabra que divide épocas, fechas sin calendario, lugares sin referencias, edades sin remitente y recuerdos que descienden desde la noche de los tiempos, cuando llega el olvido, el recuerdo de lo que fue o pudo ser y que se difuma como el humo y queda el sabor dulce, acre, seco o húmedo del tiempo en nuestros recuerdos, y guarda restos de la vida y como mortaja van las virtudes y culpas y hasta perdones sepultados; entre campanas que doblan por muertes nuevas, ofrendadas al fuego al oficio de los gusanos.
Epitafios que al igual que el tiempo abarca todo y nada, espacios que no dan fechas exactas pero que siguen vigentes en el presente, antes y después, la reseña no contada de todo, la guerra y la paz, de la niñez y la vejez, de la enfermedad y la salud, de las tristezas y alegrías y la transición de la vida y la muerte.
El rescate de aquella frase inocente, pueblerina y hasta irónica del “Ahora se están muriendo muchos vivos que no se habían muerto”.

Los epitafios que están presentes en ciudades y pueblos y sus camposantos de tumbas viejas en que ni cruces tienen, donde ni siquiera aparece el bordo que señala el sepulcro, porque el tiempo se llenó de vientos, de soles, de lluvias, de años y olvidos; epitafios de milenarias construcciones que tuvieron y siguen guardando su esplendor y, que los maderos, ladrillos, piedras y adobes son los testigos eternos y presentes, que hablan como retablos que llevan grabados las cicatrices, grietas, por los siglos de estar en ruinas que el orgullo los mantiene de pie.

O aquellos lugares que desparecieron cuando el tren dejó de ser el único medio de comunicación en esas aldeas, casi pueblos, que fueron orgullo de sus pobladores e inclusive de todo el país o del mundo (La mina de Ojuela, cuyo Epitafio es su maravilloso puente) o nuestras grandes e inconmensurables Pirámides, Epitafios indelebles de la grandeza de nuestra cultura nacional. Los ingratos epitafios que cubren los campos yermos, antes sembrados de alimentos para el pueblo y ahora miles de comunidades en donde abandonadas yacen las parcelas y la mala hierba se esparce en el suelo convertido en polvo/talco, tierra muerta, como el Cómala de Pedro Paramo.

Epitafios de hombres y mujeres, que entre verdades y mentiras deambularon en este mundo, un mundo feliz, cruel
e inocente, según como les fue, con recuerdos difusos, claros, intermitentes y a ratos olvidados. Epitafios que son muchas veces mitos convertidos en retratos y sueños, producto de hechos que crean formas y rondan como fantasmas en las tumbas de los camposantos. Las historias escritas, por historias y con historias y que quedan en eso; historias. Leyendas y vivencias de personas muertas la mayoría, salvo algunos testigos, que como epitafios darán fe de los hechos en este mundo feliz, ingrato, canalla, atroz, bondadoso y en el que todos vamos de paso. Los epitafios son un resumen de lo que fueron los hechos, los actos y profesión que en vida llevó la persona que yace en panteones o camposantos.

Julio murió por la patria y nadie
le reconoció su valor; sus parientes,/ 1887/1935/ un panteón de Hermosillo, Sonora. Fechada la tumba en 1935.
Epifanio, fue un ladrón de corazones, en su corta edad supo robar muchos y se los llevó consigo. Tumba del niño, Epifanio Ramos López 1988/2000. En un panteón de C. Neza, Estado de México.

También hay Epitafios grabados en tumbas de grandes personalidades.
Aquí yace Moliere, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y en verdad que lo hace muy bien; Moliere.
Que los amigos aplaudan; la comedia ha terminado