El autor tiene la obligación de sufrir mientras elabora su obra. Si no te hace sufrir la historia, por favor no sigas. Y no me refiero a padecer solamente, sino también disfrutar, gozar, paladear letra por letra

Ser escritor no es nada fácil. Estoy segura que se nace con cierto gen heredado tal vez de lejanos ancestros. Para ser escritor hay que tener siempre las ganas de contar, contar y contar. No como una máquina copiadora sino con imaginación, conocimiento y creatividad. Con el paso de la vida el escritor se va nutriendo, como una planta de alhelí: de las guerras ganadas y las derrotas, de la capacidad de observar la realidad objetiva y subjetiva, la mirada lúdica y solemne a través del caleidoscopio del mundo.
Hay de escritores a escritores, me gustan los autores que dejan el alma en sus letras, llámese cronista, poeta, cuentista, ensayista o novelista, etcétera. El autor tiene la obligación de sufrir mientras elabora su obra. Si no te hace sufrir la historia, por favor no sigas. Y no me refiero a padecer solamente, sino también disfrutar, gozar, paladear letra por letra. Si no lloras, si no ríes como loco, si no sientes ganas de saltar y hasta de gritar al transeúnte y compartir lo que estás sintiendo, por favor no sigas. El escritor se crece leyendo. Tienes el gen, las lecturas harán de ese gen algo grandioso cuando descubra las distintas visiones, perspectivas y formas.
El verdadero escritor escribe por convicción. Importándole poco si lo que escribe acabará siendo un clásico, una obra didáctica o simplemente no pase nada qué se yo, esto no exime de la responsabilidad de estructurar el texto con los recursos necesarios.
Y para cerrar esta charla hablemos de la señora Inspiración. Habrá escritores pródigos que todos los días escriban con obligada disciplina como lo hacía un Carlos Fuentes, Jack London, otros como Juan Rulfo, Inés Arredondo con una obra breve y sustanciosa, y otros que se inspiran sólo dentro de una cápsula sensual