“Las horas sin vida pueden resumirse en un vacío que convoque al aburrimiento”
Julio Scherer.

¿Cuál es la diferencia entre existir y vivir?
Algunos creemos que vivimos solo porque existimos. Un hombre bragado, fiel y determinante. El hombre que ha caminado en el desierto con fe. Alejándose de dogmas como él mismo lo ha narrado. Atreviéndose a vivir en construcción de una felicidad con el extremo del catolicismo apostólico romano de Susana, su esposa. Así de sencillo: humano, abandonando toda posición intelectual, de erudición, para aterrizarse en el puerto de ser persona y reposar en el oleaje de los sentidos. Cabe recalcar que con ello no pretendo alabarle, es más creo que él mismo haría un gesto o náusea tan igual o parecida a lo que le provocó ver los zapatos grises de Regino Díaz.

Redondo. En este momento es reconocer a un hombre lleno de vida que entrañablemente he conocido a través de “Vivir”, su libro. Quién como seres humanos inmersos al mismo ambiente y sus anexos; cada página y personajes como: Vicente Leñero, Enrique Maza, los extintos Carlos Fuentes, Carlos Montemayor y el “Gabo”. Una herencia total y plena de lo que puede representar para cada ser humano: romper los esquemas. El padre, esposo, amigo, director, reportero. Quién solo a la gracia de Dios padre e hijo sigue vivo. Ese que es como el cristiano que demanda cada domingo el culto, la misa, la reunión, entre otras; un cristiano coherente. Siendo que no existe cristiano perfecto; el manual se presenta a través del ejemplo del que se hizo hombre. La fidelidad, el amor, la solidaridad, la verdad, tienen un origen y es Él. Tal vez sabido por Julio pero tratado a discreción implícita de la propia vida; aprendiéndolo a discernir entre cada prueba y éxito hasta hoy.

¿Qué es la muerte para Don Julio?

“A la vida le temo como no le temo a la muerte. La muerte es inevitable. Cae. El terror en los límites de la cordura, es asunto personal”

En uno de los tantos lugares por los que Don Julio Scherer me hizo conocer de nuevo a mi extinto padre, con su gesto, su facha, corbata de portada que contrapone a su camisa. Así como en su viaje a la bahía de Brasil con sus hijas; después de haber renunciado a proceso. El padre protector.
Una vez más habla de la muerte sin susto alguno, dejando entre ver que ni la muerte de su esposa, ni su vida al límite de la misma esposado en los barrotes de un camastro del campo militar en Guatemala, buscando los rastros de José A. Lima; secuestrado. La amenaza de un kaibil quién fuera el detonante. Los muertos en vida. Esos que Julio Scherer conoció y conoce, quienes en su justificación por “Vivir” han elegido atajos en su vida tanto que se han convertido en grandes traidores, seducidos por el odio a su carencia a toda luz tiene por cobrar justicia, una justicia que recae en efectos a otros. “Por ello no hay un solo justo en el mundo”. Echeverría, los Hank González y Rhon, los Milmo y Azcárraga unos de tantos que tienen cuenta pendiente con la patria. Ello nos lleva a los límites de la cordura de los cuales habla Scherer respecto a la muerte y ello en efecto es asunto personal.

Una vida pletórica

En conversación con Gabriel García Márquez, Don Julio se encontraba de visita en su casa, donde Gabo le relataba sus últimos proyectos y su cariño mutuo, regalándole uno de los volúmenes de “Cien años de Soledad”, dedicados al Nobel por la Real Academia Española de la Lengua. Hablando y accionando Gabo le decía de su cansancio por la vida pletórica. Don Julio contrastando esa última concepción abría paso a seguir caminando ahora en el encuentro con los Salinas, primero con Carlos y después en la cárcel con Raúl, quien en conocimiento de una historia llena de rivalidad y envidia al estilo Esaú; Jacob o Caín y Abel. Siendo Raúl Salinas quien le agradeció su visita desde Almoloya estrechándole la mano a Don Julio quien se acompañaba de su hijo también llamado Julio. La humanidad otra vez se hacía presente, como tocar el corazón cuando del asesinato de Regina Martínez Pérez corresponsal de “Proceso” en Jalapa.

El hombre de confianza

Así le denominaba el Mayo Zambada, conocía de su trabajo al igual que Sandra Ávila Beltrán, José González González jefe de ayudantes del Negro Durazo; gentes que en su rango reconocen lo que en el personalismo de Muonier llamaría: un ser subsistente y autónomo, esencialmente social y comunitario, un ser libre, trascendente y con un valor en sí mismo que le impide convertirse en un objeto como tal. Un ser moral, capaz de amar, actuar en función de una actualización de sus potencias y finalmente definirse a sí mismo considerando siempre la naturaleza que le determina. Ellos también se saben igual.

Una más de “Juliano el Apóstata”

Como le nombraba Colomo Castro su compañero y amigo bachiller perteneciente a la organización “La Base” de quien Julio amamantó el principio de la responsabilidad social, la patria y Dios. De las pasiones, fervores, afectos y el dolor todos somos testigos, de lo que no podemos ser testigos es de darle sepultura a nuestros talentos. Un libro que me ha dejado un buen sabor de vida.