"Después, ya más tarde como a las nueve de la mañana llegaba una pipa que nos abastecía de agua, las largas filas expresaban su importancia, su ausencia. Las riñas de los vecinos por acarrear más a su casa, la corrupción de las monedas devaluadas ante la mirada de la sociedad capitalista, yo sólo llené dos tinas y me retiré"

Era un 27 de mayo del 2006, lo recuerdo bien; la cotidianidad de mi oficio de escritor me ocupaba hasta las altas horas de la noche, y así escribiendo un artículo más, este era sino el amarillista o sensacionalista, sí uno de los fundamentales, el tema era “el agua” y allí abarqué la importancia, la necesidad del ser humano de ella y la futura pero no lejana conciencia a su cuidado. Entre letra y letra producida por mi vieja pluma me interné en un sueño profundo cuya escenografía era más árida que la obra de Juan Rulfo; de repente mi personalidad refinada, impaciente e intelectual, tomó forma de un personaje ajeno a mí, de un individuo más de la sociedad civil y así según el episodio de la historia tuve diferentes personalidades: fui viejo, rico, niño, hombre pobre, mujer y perro.

En el primer capítulo de mi sueño me transporté a una región muy alejada llamada San Salvador, me llamaba Eutánio; era viejo, desaliñado y día y noche esperaba agua para poder cosechar. También con tristeza vi que mis vacas que criaba poco a poco se iban muriendo ya que no pudieron aguantar la sequía que azotaba a esta comunidad rural; parecían diablos ‘macilentos’ y ‘cornudos’ como los que elaboraban en Coyoacán Frida y Diego. Mientras caminaba para la cantina del pueblo ya para irme a embriagar, dejé esos trapos sucios, descerrajados y mal olientes y aparecí en la ciudad, ésta una colonia, era urbano marginal, pobre como muchos de la orilla de Zaragoza, me llamaba Martín y era padre de familia, en pleno calorón recuerdo que la llave del agua era un adorno más de esa triste postal llamada desigualdad, era albañil y todos los días me levantaba a las 7:00 de la mañana, preparaba a mis niñas para que asistieran a la “escuelita” de cartón del CONAFE que ahí se encontraba. Mi mujer, no me preguntes, murió por el arsénico que tiene el agua en estos rumbos, no pudo salvarse.

Después, ya más tarde como a las nueve de la mañana llegaba una pipa que nos abastecía de agua, las largas filas expresaban su importancia, su ausencia. Las riñas de los vecinos por acarrear más a su casa, la corrupción de las monedas devaluadas ante la mirada de la sociedad capitalista, yo sólo llené dos tinas y me retiré, una era para bañarnos y la otra para tomar. En ese instante resbalé con el agua y aparecí en otro lugar, era rico de una colonia residencial llamada San Isidro, era de apellido Alcázar; déspota, irreverente y sin preocupación a las carencias ajenas. Todos los días por la mañana antes de salir a correr lavaba mi auto con la manguera y mientras que le quitaba la mugre del humo y la tierra acumulada de la rutina de la ciudad, dejaba que se tirara el agua, peor aún la limpieza del auto que era de hasta de dos horas y media, eso no me importaba ya que yo tenía el suficiente capital para pagarla y además era compadre de un personaje, “el mero mero” de la burocracia del sistema del agua en la ciudad. Así mientras me dirigía a mi oficina ya que era arquitecto, sufrí un accidente, morí, en ese instante no me pudieron salvar, en el momento mi energía salió y reencarné en un niño llamado Gustavito, al siguiente día cumpliría seis años, mi mamá me celebró y en el jardín acondicionó un lugar para llenar una alberca inflable, todos mis amiguitos disfrutamos jugando en el agua, pero a escasos 30 minutos dos amigos (papás de mis amigos) salieron de pleito y eso frenó la continuidad de la fiesta, así como llegaron uno a uno se fueron retirando, el lugar quedó despoblado, solitario; pero pronto la banqueta de mi patio se volvió a llenar, pero ahora no era de gente sino de agua, mi mamá con ayuda de mi papá tiraron toda el agua limpia de la alberca que pronto se derramó en la carretera de la cuadra.

El siguiente día aún permanecía en la casa de Gustavito, pero ahora ya no era él, mi personaje dio un giro de 180° y me convertí en su madre, mientras forzadamente me levantaba a lavar los platos de la comida sonó el teléfono, tenía una llamada, era Enriqueta mi mejor amiga. La conversación -al fin mujeres- duró poco más de una hora, al colgar la llamada volteé sin querer vi que la llave del lavabo permanecía abierta, sin pena fui al baño y ya más tarde accedí a cerrar.

Al final ya cerrado y cayendo la última gota que se derramaría volví a cambiar; ya no era viejo, ni pobre, ni rico, ni niño, ni mujer, ¡era perro!, me llamaba “el chino”, era negro y corriente, diría de la calle ya que mi amo no se preocupaba por mí, entre cuatro patas me transportaba a donde quería, recuerdo bien antes de cruzar la calle para llegar a la plaza, vivía una viejecita llamada doña Juanita, ella vendía agua fresca allá en la esquina de la plaza entre Juárez y Bucareli, esto te juro no se me va a olvidar yo metiendo mi hocico en sus tinas llenas de agua que tenía en la banqueta y al fin ella sin pensarlo me tiró un escobazo, ¡al instante desperté de ese viaje profundo!

¿Quieres que te siga contando? ¡Cuida el agua y después hablamos!

*Profesor Normalista