La vocación por el oficio de escribir llegó a la vida de Gabriel García Márquez desde su niñez. Cuando le preguntaban cómo había sido ese encuentro con la literatura, él mencionaba que en Aracataca Colombia una vez iba caminando y estuvo a punto de ser arrollado por una bicicleta que conducía un hombre, de repente desde la iglesia el sacerdote, gritó:
–¡Cuidado!
–Allí entendí el poder de la palabra –sentenció.

El 6 de marzo de 1928 es la fecha de su nacimiento, no sería hasta la década de los 60 cuando nos demostraría que como sus personajes, él también tenía la licencia de volver a nacer o de revivir frente a la frialdad que contiene el esfuerzo de buscar una brecha de oportunidad y de cercanía con la felicidad de este mundo. Así se lo haría entender el año de 1982 cuando su nombre circula como navío desde Colombia con escala en todo el mundo: se le había ya notificado que era el cuarto Premio Nobel de Literatura otorgado en Latinoamérica frente a su examen aprobado con mención honorífica, su novela: Cien años de soledad. Con esto pasaban a la historia los días de carestía con su esposa, los meses encerrado en su estudio haciendo el amor con su memoria, eyaculando momentos con su pluma, escribiéndola, releyendo, borrando, recordando fragmentos del gran número de leyendas que su tierra le transmitió oralmente. Recuerdos eran, sólo eso.
La gloría máxima del galardón de Estocolmo le hacía saber que el diluvio, las langostas podridas y la peste de su pasado quedaban atrás, también aquel día en que envió a una editorial su novela –que en un comienzo, pensó en titular: La casa, pero se decidió por Cien años de soledad para evitar confusiones con la novela La casa grande, publicada en 1954 por su amigo, el escritor Álvaro Cepeda Samudio– y que por razones económicas sólo mandó en el sobre la mitad pero con los nervios se equivocó y se fue el final y no el inicio, días después le darían dinero para enviar la otra parte. Así se escuchó el llanto que después nos enseñaría con sus palabras, las que lo encumbraron como uno de los principales narradores del siglo XX:
“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos
Con esta edificación monumental, la literatura latinoamericana había llegado a su momento de mayor cristalización histórica. Su gran obra, reconocida por el escritor chileno y ganador del premio Nobel de Literatura, Pablo Neruda, quien la llamó: El Quijote de nuestro tiempo.
Cien años de soledad con José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán –quienes darían más capítulos a su bananero genealógico con tantos hijos como puñados de peces del Caribe– son un matrimonio de primos que se casaron llenos de presagios y temores por su parentesco y el mito de la descendencia con cola de cerdo–, Macondo es la escenografía del pueblo ficticio, producto del Realismo Mágico –Aracataca de la invención: tierra que lo viera nacer entre letras e ideas –o Comala de Rulfo al estilo mexicano– es esa parte de la geografía de los vencidos por las exploraciones y después por el Imperio gringo, sin embargo la suerte y el momento dieron al Gabo la oportunidad para poder construir a partir de la tradición oral de historias fantásticas.
La narrativa de esta obra invita a conocer con otras palabras las guerras civiles, las ideologías liberales y conservadoras, los mitos, las invenciones de los gitanos en un mundo elaborado que también –gracias a su estilo— tiene un porcentaje alto de posibilidades. Los temas de la novela se recitan en: la soledad, el suicidio, el amor, el desamor, el incesto, la traición, la libertad, el rencor, la pasión y el acercamiento hacía lo indebido.
No es casual, que nuestro maestro de literatura, el escritor Saúl Rosales Carrillo en el Taller literario del TIM, recomiende siempre leer –entre otros– la obra de García Márquez, por monumental, por su nostalgia, por su ejemplar estilo como candelabro frente a la conciencia en reposo del hombre sin sueños, sin momentos, sin proyecto. Técnicamente su obra es excelente: desde cómo se acomodan los primeros párrafos hasta el desdeño de los guiones narrativos al introducir diálogos, la originalidad de los nombres de los personajes que pueblan su república literaria –al igual que Rulfo, únicos–. Las figuras literarias como luces de neón:
Oxímoron (presenta exageraciones utilizando palabras incongruentes y contradictorias): “La región encantada que exploró José Arcadio Buendía en los tiempos de la fundación, y donde luego prosperaran las plantaciones de banano, era un tremendal de cepas putrefactas”.
Sinestesia (metáfora que presenta sensaciones corporales de un sentido en otro): “delicado viento de luz”.
Anáfora (repetición de una palabra para dar más énfasis a la frase): “…veía los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños que iban a ser arrojados al mar como banano de rechazo”.
Símil (comparación directa): “Amaranta Úrsula fue cerrando los dedos como un molusco”.
“La fila interminable y ondulante […] parecía una serpiente de vértebras humanas”.
Epifonema (frase que quiere dejar una enseñanza): “El coronel Aureliano Buendía apenas sí comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.
La sentencia aleccionadora de la obra literaria y también periodística de García Márquez con rigor marca cada una de las piezas del rompecabezas de una vida bien vivida, encogida pero al mismo tiempo enaltecida por las derrotas. Así, con sus palabras, nos lo demuestra ya al cerrar el ventanal de papiros de su novela Memoria de mis putas tristes: “[…] Estaba ordenando mis papeles marchitos, el tintero, la pluma de ganso […] Era por fin la vida real, con mi corazón a salvo, y condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día después de mis cien años”.
García Márquez: el periodista colombiano que buscando una oportunidad pisa México y junto con Carlos Fuentes escriben guiones cinematográficos para Telesistema mexicano (hoy Televisa).
El puñetazo que Mario Vargas Llosa le propinó el 12 de febrero de 1976, durante la exhibición privada de la película Sobrevivientes de los Andes, en el Palacio Nacional de Bellas Artes. –Ambos tenían, por decirlo de alguna manera, “problemas muy personales”–. La escritora Elena Poniatowska no sólo fue testigo del enfrentamiento sino que se encargó de traer un filete para ponerlo en su cara ensangrentada.
Miguel Ángel Asturias y Mario Vargas Llosa, adversarios suyos y las versiones estereotipadas del periodista colombiano, desde los 70: ¿Arrogante, vanidoso, mentiroso y oportunista?
El acordeón, los timbales caribeños, así recordamos al Gabo: bailando vallenato con al “Rebelde del acordeón” Celso Piña y sus gafas de gruesa pasta y su saco pardo en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, frente a Fuentes –festejado en el Homenaje Nacional que se le hizo en el Calderonato–, a un lado de Monsi, atrás de Poniatowska y tomando de la mano a Leonora Carrington. Bajando de su lujoso auto apoyado de un bastón con un saco de cuadros blancos con negro frente al Auditorio Telmex, de su amigo Carlos Slim. En Cuba conversando sobre Latinoamérica con el camarada Fidel Castro. Demostrando su gratitud a sus lectores y a sus admiradores saliendo a la puerta de su casa en el Pedregal del Valle en el DF: recibiendo regalos, felicitaciones, las mañanitas y un pastel.
En el recuerdo del homenaje en el Palacio Nacional de Bellas Artes, frente al presidente de Colombia y el “presidente” de México, frente a sus amigos y sus familiares. A distancia, también Macondo ejercía gratitud y lo recordaba peregrinamente en un cajón cristalino con mariposas y flores amarillas.
Tuvimos la oportunidad en el 2008 y lo vimos cenando con su amigo Carlos Fuentes, autor de Aura, en un restaurante en el zócalo capitalino del Distrito Federal y con seis metros de distancia nos saludó y al segundo día apareció la foto en el periódico El Universal –la cual conservamos en nuestra biblioteca.
No lo pensó al externar su vocación a la pluma, cuando se rumoraba que no escribiría más, él mismo lo despejó: “No sólo no es cierto, sino que lo único cierto es que no hago otra cosa que escribir”.
Y antes, frente a la soledad como amuleto, así diría:
“Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”.
El mejor homenaje será leer o releer su obra, con su peculiar estilo, el Nobel de Literatura 1982 nos somete al reflejo encantador de historias fantásticas mezcladas con realismo, así, asistimos a los momentos de encontrar personajes inéditos, momentos que encajan en nuestras vidas –de amor, de ironía y de crítica-, de la purificación de una narrativa elevada a los altares laicos, de la promiscuidad de la confesión literaria a la salvedad por su originalidad en sus palabras que aventamos al morral del conversatorio cotidiano, él las purifica: culo, mierda, puta y más. Como lectores, reconoceremos siempre la habilidad creativa para emparejar su obra, –en la medida que ustedes gusten–, con el libro que lo convocó a escribir de esa manera: Las mil y una noches.
Creador de la obra que lo consagró y personaje de la misma, vivirá entre las manos de un lector enamorado, condenado o constante buscador de respuestas, de esas que encontramos con veracidad y con belleza sólo en los intestinos de su obra.