La Habana Cuba
El maestro Arístides Vargas, en un reciente taller en su emblemática guarida de Quito, lanzó una pregunta explosiva: ¿Qué tipo de espacio escénico asumiremos para representar nuestra realidad, nuestra época? Un cuestionamiento simple y abarcador, que estremece los cincuenta metros cuadrados del escenario, y sus réplicas, a todo el universo.

La palabra “espacio” me trae siempre a la mente un cuento de Luis García Brito, y otro de Borges. El primero (Día de libertad) narra con meticulosidad de relojero las acciones de un reo que obtiene la libertad después de muchos años. Y cuando sale del enrejado recinto penal, descubre que la libertad es una única hectárea fangosa, con cerdos y moscas, rodeada por infinitas, colindantes, monumentales cárceles concéntricas, que cubren la tierra. Devela un interesante juego de espacio. Violenta el orden establecido y rigidizado que presupone más espacio a la libertad (o a eso que llamamos Libertad) que a la reclusión, y destapa una frenética carrera emocional que intenta restablecer las proporciones. El otro es “El Aleph” donde Borges describe un punto en donde cabe todo el universo. Un concepto espacial revolucionario para su época, y difícil aun en nuestros días.

El escenario es una representación poetizada de un trozo de vida, de realidad, y eso que llamamos “Realidad” es solo el hueco de entrada a la madriguera del conejo.
Hasta principios del siglo pasado la Realidad era un concepto de cierta manera enmarcado por los sentidos, y por el tiempo. O sea, la realidad poseía cuatro dimensiones: largo, ancho, alto, y tiempo (las tres primeras definen el Espacio) Y eran dimensiones newtonianas absolutas. La realidad era eso que se veía, tocaba, escuchaba, olía, degustaba. Y esas cosas eran siempre del mismo tamaño. Entonces llegó Einstein con su desajustada teoría de la Relatividad, asegurando que el espacio y el tiempo no eran absolutos. O sea que la silla no es así como la vemos, es así porque la vemos. Otro observador, desde otro sistema de referencias, ve otra cosa, o una silla más grande, o torcida. Ahí el conejo hace un guiño burlón y se hunde más.

La mecánica cuántica, que busca explicaciones del inmenso universo en cosas pequeñitas, dentro de los átomos, en partículas aun invisibles, ha ido más lejos. Ha declarado que el espacio puede curvarse. La teoría de las cuerdas asegura incluso que el tejido espacial puede quebrarse es ese espacio curvado formando agujeros que conectan lugares separados a años luz uno del otro.

En estos momentos cientos de científicos apenas duermen persiguiendo, en inmensos aceleradores de partículas, unos diminutos fragmentos de materia (partículas sub atómicas) que puedan probar estas acrobacias del espacio, y que solo nos hundirán más en la cueva del conejo. ¿Los perseguidos? … el gravitón, responsable de la fuerza de gravedad, que según las ecuaciones matemáticas, puede escapar de la membrana que contiene a nuestro universo y pasar a otro universo paralelo, o sea desaparecería de nuestro mundo. Lo que induciría una revolución de las ciencias y de la filosofía. El otro: La supersimetría, Una predicción de los modelos matemáticos de la teoría de las cuerdas, que habla de las partículas S, réplicas pesadas de las partículas sub atómicas (electrones, fotones, gravitones). El descubrimiento de estás probaría nada menos que la existencia de universos paralelos. Un cambio importante en nuestro concepto de lo que es la realidad, y por supuesto, en la representación de esta en el espacio teatral.

El experimento de la doble ranura (llamado “el abuelo de toda la locura cuántica”), donde se comprobó que los electrones se comportan como partículas si son observados en su paso por las ranuras, y como ondas si no son observados, dio un golpe demoledor al concepto de Realidad. ¿Ondas? ¿Ondas de qué?…Ondas de probabilidades???????.

Si observas de cerca es descripción, discurso, materia; si no, ondas, metáfora, poesía.
Llamamos realidad a una avalancha de impulsos nerviosos enviados a nuestro cerebro de forma separada por nuestros sentidos. Cinco informaciones (como cinco capas superpuestas) nos dan noticias sobre el entorno, y sobre nosotros mismos. Somos capaces de percibir cinco aristas de la realidad ¿Y si tuviera veinte aristas? ¿O doscientas? Tal vez algunos seres vivos de nuestro planeta tienen otros sentidos que no nos podremos explicar porque somos incapaces de procesar la información que habla de esas otras aristas del universo. De hecho, los modelos matemáticos de la teoría de las cuerdas, predicen la existencia de once dimensiones.

Ahora sabemos (o creemos saber) que la realidad no es eso que perciben nuestros sentidos, sino que nuestros sentidos, basados en cierta experiencia, elige una realidad posible. La ubicuidad, el movimiento en el tiempo, la anti gravedad…, son atributos de las partículas sub atómicas, los superhéroes… y la poesía.

La realidad cotidiana esta argumentada por la experiencia. La creatividad admite la superposición y los mundos paralelos. La descripción se aferra a la realidad única, lógica. La poesía habla de una realidad múltiple, que depende en primera instancia de nuestras emociones, de nuestra participación en el universo.

Toda esta diatriba sobre física moderna solo para volver a la pregunta ¿Qué tipo de espacio escénico asumiremos para representar nuestra realidad, nuestra época? Cuando los embates de la mecánica cuántica, a través de la nanotecnología, invaden nuestra cotidianidad, en los teléfonos móviles, los ordenadores, las comunicaciones globales.

¿Puede nuestra realidad representarse entre muros de cartón de un castillo medieval? ¿O entre las paredes de un burgués de clase media? ¿O entre los límites de cualquier cosa material? ¿Cómo representar una realidad hipertextual, globalizada, cuántica, múltiple?
Hasta mediados del siglo pasado el espacio teatral era rígido, absoluto, invariable. La poesía encontraba su lugar en las palabras. El teatro actual debe mostrar un espacio capaz de expandirse, contraerse, combarse. Capaz de romper el tejido interno y acceder a realidades distantes. La poesía debe abandonar el recinto estricto de la palabra.

El espacio teatral que puede representar la realidad de nuestro tiempo comparte la esencia mágica, irresoluta, mínima, y descomunal, de esa dimensión olvidada: el espacio que separa a una palabra de otra palabra.