Muchos se preguntan para qué es el arte, o para qué algunas personas lo ejercen y cuál es la importante misión que tiene en este orbe que cada vez más se macula de sangre e injusticia.
Se tiene una idea generalizada que el arte es elitista o que es un “galimatías” que sólo lo entienden eruditos que están al servicio de unos cuantos, y que han pretendido hacer una versión del arte que soslaye su esencia humanista y democrática.

El arte en todas sus expresiones, es un medio por el que una cualidad o facultad de un individuo se expresa para decir las cosas de otra forma con utensilios y herramientas provistas por su entorno que se convierten en extensiones o materializadores de las ideas, sensaciones y emociones de la persona.

Tanto un instrumento musical, los óleos y pinceles de un pintor y el cuerpo mismo en un bailarín o en un actor, que a su vez cuenta con su aparato vocal y emociones, son extensiones que el hombre inteligentemente ha dispuesto para que lo intangible se vuelva tangible, para que los mundos que habitan su mente se recreen para satisfacción y sublimación de él mismo y de los que son testigos de su creación.

Está en juego la imaginación y el deseo de expresar lo que los demás no han visto pero que el artista percibe desde una óptica muy particular, asombrado por lo que la naturaleza le manifiesta. El sistema mundial pragmático y de consumo que nos tiene como rehenes del espejismo hedonista con que vemos la existencia, no ha escatimado desplazar sus tentáculos a una expresión universal que puede despertar y sensibilizar a una sociedad crónicamente distraída por la vorágine materialista implantada en el mundo entero bajo yugos políticos, religiosos y monetarios.

En cuanto a entornos más particulares, los administradores de la cultura por lo general tienen una idea muy esquematizada y burocrática del ejercicio de los recursos destinados a fomentar el arte y la cultura para el pueblo.
Por lo general se ha carecido de un proyecto unificador y conceptual de cultura, generando así muchas de las veces un descontento en los creadores que en última instancia han optado por generar sus propias oportunidades descentralizadas de crecimiento, y que muchas de las veces también, éstas, se han visto afectadas debido a la mala percepción e idea que tienen del arte y la cultura estos burócratas institucionales.

La mayoría de las personas mentalizadas y ‘obsecadas’ a que el arte es un basilisco o alguna quimera que es propia de una efervescencia estacional y aún más cuando la dura realidad orilla a integrarse a este sistema consumista, no están conscientes que cuando a un individuo se le dotó de la facultad para crear, para comunicar lo que está por encima de la neblina de la insensibilidad e ignorancia, está comisionado a ser un revulsivo de las mezquindades humanas.

Bien se dice que el creador del universo mandó a este mundo a los artistas para compensar la barbarie humana y combatir de manera pírrica la ‘nefandad’ de sus otros hijos…

Viéndolo de este modo, el artista es como los anticuerpos ante la herida, la vacuna para la violencia, el remanso ante la desesperación, el espejo ante la sensación de no ser escuchado, el conflicto que sacude la zona de confort, la cachetada de guante blanco o lapidaria ante la estulticia, la esencia divina que tiene todo ser humano, el grito desgarrador ante un mundo opresor, el dibujo de un niño que se siente solo, el erotismo que nos recuerda lo que realmente somos, los sueños de Dalí, la locura de Van Gogh, y los sentimientos inocentes plasmados por un pincel infantil.

Aristóteles decía. “La finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia de las cosas, no el de copiar su apariencia”. La apariencia es lo que nos impone este maculado mundo, la esencia es el trabajo de la hermenéutica del artista. Porque el arte reacomoda y revela conceptos, remite a nuestra esencia ancestral, a la bondad escondida bajo capas y capas de prejuicios y educación tergiversada; muestra lo terrible, lo espantoso, para dar paso a la luz, al conocimiento, es el exorcista de la ignorancia y la mezquindad, como también es el umbral para lo más bello y fantástico de la mente humana.

Los artistas son enviados que constantemente luchan con adversidades; los ha habido en distintos tiempos y los de hoy ya pugnan por un mayor respeto ante su ignorada investidura.

Los hay que comienzan, los hay quienes van a mitad del oleaje de su vida; pero si hay consciencia que tienen un lugar preponderante en las sociedades, no habrá Goliat alguno que esté exento del proyectil de su verdad, que aunque su misión no es derrumbar a estos colosos milenarios de la ignominia, sí lo es dejar huella en todos los individuos que han sido llevados de la mano por estos grandes “Virgilios” en la travesía de los linderos reveladores del arte.