Es la Soledad, sin dudas, la más recurrente fobia de los humanos. Desde niños, corremos al cuarto de los mayores para sentirnos seguros. Pero también cerramos a hurtadillas la puerta, para aislarnos y soñar. ¡Ah! la eterna ambivalencia de nuestra especie. Por un lado nuestra singularidad material, animal; por otra: nuestra parte universal, divina.

El sentimiento de soledad artística más profundo, me llegó de joven leyendo un poema de Cummings.
Diminutivo este parque
y vacío
Todo el mundo en otra parte
excepto yo
Tres gorriones ingleses
Otoño
y la lluvia
la lluvia
la lluvia.

Somos animales sociales, necesitamos interactuar con los otros. Tenemos tambiénuna parte mágica que precisa de la meditación, del aislamiento: La incertidumbre constante entre la necesidad de incluirnos en la sociedad, y el peligro de que esta nos disuelva.

El gran poeta Julio Pazos Barrera lo expresa así:
Si alguna vez se quiso ser tarzán o argonauta
O algo parecido
Fue solo quebranto de la imaginación.
Resumiéndolo para usted:
Solo hemos querido tener compañía
Para compartir el tilo del terreno y la lluvia.
¡Pero qué trabajosa es la compañía!
Te sacan los dientes y buscan envenenar los pájaros,
No aceptan que tartamudees,
Que juegues con la servilleta.
Te pinchan el mediodía porque saben que te gusta.

El egoísmo materialista a que nos induce la sociedad productivista de nuestros días, nos hace creer que somos una especie casual, producto de un error, una mutación, que somos seres aislados, en un planeta aislado, en un universo, rígido, que responde a leyes inmutables. Eso ha creado una perspectiva egoísta de la existencia humana, y es el origen de casi todos los problemas que agobian al hombre moderno en su relación con sus congéneres, con el resto de las criaturas de su entorno, y con todos los infinitos engranajes del universo del cual es parte.

Estamos divididos, individualizados, en cuerpos. Los cuerpos son como palabras. Al dividir al universo en palabras creemos erradamente que los eventos pueden ocurrir de forma desvinculada. La falsa sensación de individualidad de nuestros cuerpos produce en nosotros la misma creencia. Es por eso que la muerte es un asunto tan serio. Nuestro cuerpo parece morir solo, ajeno, como una fatalidad individual y exclusiva. Pero solo contenemos un pequeño sorbo de la sabia universal. El recipiente se rompe. El contenido escapa.

El poeta español Vicente Gallego escribió algo memorable:
“Todo hombre es un Dios que se descree”

El desconocimiento de ese pequeño dios que todos tenemos, empuja al hombre moderno (en buscade la razón de su existencia) hacia la aprobación de los otros. Una apología a la apariencia, a lo banal, a la mentira. Embriagados por la multitud se puede engañar con ademanes de dios, pero no a sí mismos, no a la almohada.

Solo unos minutos disfrutando y reconociendo la asombrosa e irrepetible dualidad dela maravilla humana, bastaría para desbordar el sentido de la existencia.
El teatro mismo no es más que un intento de acceder al espíritu universal haciendo coro con nuestros pequeños e individuales dioses. Una expedición cuyo fin es permitir el territorio difuso del inconsciente colectivo, a través del ritual de nuestros cuerpos. La multitud es una excusa de los herbívoros. Nosotros tenemos mucho más.

Otra grandeza de Julio Pazos:

Estás sola
Tan sola estás que se ven manantiales en tus manos.
En cambio los árboles están recibiendo lluvia,
Sol, viento perfumado de altos hielos.
Y tú, sola.

El modelo consumista de felicidad nos hace creer en la multitud como pócima contra el flagelo de la soledad.Que el valor de decir: “te amo” depende de cuánta gente lo escuche. Que el tamaño del amor se cuantifica en “público”. Si saltas al terreno en medio de un partido de futbol y declaras públicamente tu amor por un semejante, estás demostrando que es un sentimiento enorme. Entonces se levantará uno en las gradas y dará unas palmadas de admiración, después otros y otros hasta que el estadio completo se pone en pie y aplaude al poseedor de ese amor extraordinario. Eso dicen muchas películas (no se les ocurra hacerlo porque serán tratados menos tiernamente).

Los triunfadores en estos modelos se amontonan en las ciudades, tienen millones de amigos, de fans, de seguidores. Eso los potencia como maniquíes de ventas, en forma directa o de forma subliminal; eso, por tanto, los convierte en ricos.
Un par de verdades afloran también en este modelo. Una es que por cada triunfador genera nueve perdedores, y los perdedores no son queridos, peor: son convencidos a no quererse atendiendo a lo poco que tienen desde el punto de vista material, eso los hace socialmente peligrosos. La otra es que el triunfador debe separarse de los peligrosos. Entonces compra una isla, la rodea de cercas, muros, guardias, perros.

Así el gran triunfador, el de los millones de fans, queda solo (y asustado).
Ciertamente la multitud no es una tabla salvadora. Los grandes hombres. Los que más han hecho por la raza humana, llegaron a la grandeza desde la aridez del desierto, desde un laboratorio, o un piano.
Muchos pasaron años de infierno de una celda solitaria, y no se sintieron solos. Incluso forjaron ahí su universalidad.
Estamos unidos. Lo dice la historia, la bioquímica, la música, la mecánica cuántica. No existe la soledad. Es un sentimiento parásito del exhibicionismo materialista.
Por eso no preguntes“por quién doblan las campanas…”