"Emprendimos la marcha hacia el Barranco. La comitiva estaba compuesta por veinticinco padres de familia, además de tres compañeros de San Jacinto. No nos acompañamos más que de una mochila, unos bules de agua, unas varillas para tentar la tierra y cuatro palas"

Avisamos a los medios de comunicación de nuestra intención de explorar la zona de El Barranco. No confiábamos en el gobierno, así que a través de los medios dejamos constancia de que si algo nos ocurría, responsabilizábamos por entero al gobierno. Hicimos el anuncio, y al hacerlo, recibimos muestras de solidaridad de algunas organizaciones civiles y de compañeros de lucha.

Sentimos su respaldo, pero también corría un escalofrío en nuestro interior: no era fácil tratar de emprender una búsqueda por nuestra cuenta, sin capacitación alguna y sin conocimiento del lugar. Pero era más poderoso el sentimiento de encontrar a nuestros muertos para darles cristiana sepultura.

Habíamos decidido que antes de emprender la búsqueda, íbamos a acudir a la misa de siete de la Iglesia del pueblo para recibir la bendición del Padre. Si algo nos iba a ocurrir, por lo menos que la bendición del señor nos acompañe en el camino. El Padre nos recibió con un semblante triste, y nos bendijo de a uno por uno. Cuídense, nos dijo, y regresen con bien. Rogaré a Dios para que encuentren a sus difuntos y después oremos por ellos. Al terminar de hablar, se llevó su mano derecha a la altura de la sien y comenzó a decir casi entre susurros “¡Cómo es posible que estemos viviendo esta barbaridad!” Me acerqué al Padre y le dije al oído en voz muy baja… “nos han dicho Padre, que en la zona del Barranco hay un cementerio clandestino. Que un montón de gente ha sido tirada por esos lugares… que es algo gordo lo que ahí se encuentra; por eso nos han advertido de que no vayamos, que si lo hacemos algo nos puede ocurrir. Que nosotros podemos ser los siguientes difuntos del Barranco”. ¿Quién se los dijo?, me preguntó el Padre. “Unos mocosos que utilizan como mensajeros, pero no nos amedrentan Padre, lo único que queremos es encontrar los huesos de nuestros difuntos y enterrarlos. No queremos que anden por ahí sufriendo en pena porque sus seres queridos no han encontrado sus restos”. El Padre ya no pudo ocultar su tristeza y me dio un fuerte abrazo. “Cuídate hijo, y cuida a todo el grupo. Tú eres el responsable de todos ellos y en tus manos está el que regresen con bien”. “Sí Padre, lo haré. Aunque también nos van a acompañar unos compañeros de San Jacinto, ellos ya llevan tiempo rastreando a sus difuntos y han encontrado a cientos de cuerpos en el Cerro de la Bola. Ya tienen experiencia en esto y confiamos en que vamos a regresar con bien y que vamos a encontrar a nuestros difuntos”. “Que así sea hijo”.

Emprendimos la marcha hacia el Barranco. La comitiva estaba compuesta por veinticinco padres de familia, además de tres compañeros de San Jacinto. No nos acompañamos más que de una mochila, unos bules de agua, unas varillas para tentar la tierra y cuatro palas. “Si en alguna parte del recorrido, nos habían dicho los compañeros de San Jacinto, sienten blanda la tierra, metan hasta el fondo la varilla y luego la huelen, y si huele a carne podrida entonces ahí nos ponemos a escarbar, porque ahí hay cuerpos enterrados”. La sola expresión a más de alguno nos hizo casi vomitar.

La distancia hacia El Barranco era de unos dos kilómetros y medio, y los compañeros nos decían que quizá desde el primer kilómetro pudiéramos encontrar alguna fosa clandestina. Había que estar alerta. No obstante, para sorpresa de nosotros no habíamos caminado ni 500 metros en el monte cuando las primeras huellas de la tragedia asomaban a la vista. Empezamos a ver ropa de mujer desgarrada y ensangrentada. Empiecen a picar la tierra, nos dijeron los compañeros. Y así lo hicimos. Otros compañeros exploraron un poco más adelante y se encontraron igualmente con ropa ensangrentada de mujer. Pero ya no era una ni dos prendas, sino montones de ropa esparcida por el monte. Algunas madres de familia empezaron a llorar, se quebraron. Buscaban a sus hijas y esos montones de ropa les hicieron imaginar lo peor.

Tras cuatro horas de picar y escarbar la tierra, encontramos ocho fosas clandestinas y treinta cuerpos. Todos fueron enterrados desnudos y la mayoría eran mujeres. Por algún momento me vino a la mente un campo de concentración Nazi. Pero no era la Alemania Hitleriana donde nos encontrábamos, sino en un monte en las afueras de Granada.

El sol nos caía a plomo y el olor a carne podrida comenzó a inundar el ambiente. Decidimos regresar para evitar una infección. No íbamos equipados para enfrentar una situación así. Eran apenas las dos de la tarde y ya habíamos descubierto un cementerio clandestino.

¡Y todavía nos faltaban dos kilómetros por recorrer!
En el camino de regreso, nadie habló. El trayecto lo hicimos en silencio. No había qué decir. Si nuestros hijos estaban enterrados en esos montes, el horror de lo que vimos nos ahogaba el alma.

¿Cuántas Granadas más existirían en el país…?