“Apuntes para un buen orador…”
En la vida de muchos de los grandes escritores y tratadistas hubo de pasar algo trágico para despertar su genio dormido. Nicolás Maquiavelo, luego de estar encumbrado en la cancillería de Florencia y tratar con príncipes, papas, cardenales y todo tipo de embajadores europeos, Maquiavelo fue implicado en una conspiración contra los Medici y enviado a una prisión donde fue torturado pero se negó a hablar de tal participación. En marzo de 1513 fue liberado y se retiró a una pequeña finca de su familia, a unos kilómetros fuera de Florencia.

Ahí, en la penumbra de la noche conversaba en su mente con grandes figuras de la historia, intentando descubrir los secretos del poder, Asociaba lo aprendido en la política y el arte de gobernar. Escribió a su amigo Vettori informándole que escribía un opúsculo llamado De principatibus –más tarde titulado El Príncipe- “ en el que me sumerjo lo más posible en ideas sobre este tema exponiendo la naturaleza del gobierno de los príncipes, las formas que adopta, cómo se adquiere, cómo se mantiene, cómo se pierde”. Buscaba que su amigo se lo mostrará a los Medici, estaba seguro que les sería de gran utilidad a esta familia de nuevos príncipes y reanimar así su carrera porque estaba muy abatido en su aislamiento de la política. Vettori entregó los ensayos a Lorenzo de Medici.

‘El Príncipe’ los dejo perplejos; sus consejos eran violentos y amorales, su lenguaje muy desapasionado y práctico. El autor escribía la verdad, con demasiada osadía. Maquiavelo también envió el manuscrito a otros amigos quienes estaban igualmente inseguros de qué hacer con él. Pensaban que podía ser una sátira. El desdén de Maquiavelo por los aristócratas con poder pero sin cerebro era bien conocido en su círculo.

Maquiavelo escribió otro libro conocido como Discursos. Una serie de meditaciones sobre política, este libro contenía parte de los mismos radicales consejos del libro anterior, aunque estaba más dirigido a la constitución de una república que a las acciones de un príncipe. En los años siguientes, Maquiavelo recuperó poco, a poco el favor que se le tenía y fue autorizado a participar en los asuntos florentinos. Escribió una obra de teatro, La Mandrágora, que aunque escandalosa, fue admitida por el Papa y montada en el Vaticano; también se le encargó escribir una historia de Florencia. El Príncipe y los Discursos seguían inéditos, pero circulaban en manuscritos entre los líderes y políticos de Italia. Su público era reducido, y cuando Maquiavelo murió, en 1527, el exsecretario de la república parecía destinado a volver a la oscuridad de donde había salido.

Tras la muerte de Maquiavelo, sin embargo, esas dos obras inéditas empezaron a circular fuera de Italia. En 1529, Thomas Cromwell, el hábil ministro de Enrique VIII de Inglaterra, consiguió de alguna manera una copia de El Príncipe y, a diferencia del frívolo Lorenzo de Medici, la leyó atenta y cuidadosamente. En su opinión, las anécdotas históricas del libro hacían de este una lectura vivaz y entretenida. El lenguaje llano no era excéntrico sino refrescante. Pero, sobre todo, los amorales consejos eran en realidad indispensables: el escritor explicaba lo que un líder tenía que hacer para mantener el poder, sino como presentar sus acciones ante la gente. Cromwell no pudo menos que adaptar los consejos de Maquiavelo a los suyos destinados al rey.
Publicado en varias lenguas en las décadas posteriores a la muerte de Maquiavelo, El Príncipe se difundió poco a poco por todas partes. Al paso de los siglos cobró vida propia, de hecho doble vida: ampliamente condenado por amoral, pero ávidamente leído en privado por grande figuras políticas a través de los tiempos. El cardenal Richelieu, ministro francés, hizo de él una suerte de biblia política. Napoleón lo consultaba con frecuencia. El presidente estadunidense John Adams lo conservaba junto a su cama. Con la ayuda de Voltaire, el rey prusiano Federico el Grande escribió un opúsculo llamado El anti Maquiavelo, pero practicaba desvergonzadamente muchas de las ideas de Maquiavelo al pie de la letra.

Mientras los libros de Maquiavelo llegaban a un público más amplio, su influencia se extendía más allá de la política. Los filósofos, de Bacon a Hegel, encontraron en sus textos confirmación de muchas de sus propias teorías. Poetas románticos como Lord Byron admiraban la energía de su espíritu. En Italia, Irlanda y Rusia, jóvenes revolucionarios descubrieron en los Discursos un inspirador llamado a las armas y un proyecto de futura sociedad. Millones de lectores han usado los libros de Maquiavelo para obtener invaluables consejos sobre el poder.

Maquiavelo usó un lenguaje simple y sin adornos para dar movimiento a su escritura. En lugar de que su mente se afloje y adormezca, los lectores son contagiados por el deseo de ir más allá de la idea y pasar a la acción. Sus consejos suelen expresarse en términos violentos, pero esto persigue sacar a los lectores de su estupor. Este lenguaje también apela a los jóvenes, el terreno más fértil del que brotan nuevos ‘príncipes’. Maquiavelo dejó abierta su escritura, sin decirle a la gente qué hacer exactamente. La gente debe usar sus propias ideas y experiencias con el poder para completar el texto, del que se convierte así, en socia y cómplice. A través de estos diversos artificios, Maquiavelo adquirió poder sobre sus lectores, al tiempo que disfrazaba la naturaleza de sus manipulaciones. Es difícil resistirte a lo que no puedes ver.

Puedes tener brillantes ideas, de aquellas capaces de revolucionar el mundo; pero a menos que las expreses eficazmente, no tendrán fuerza, ni podrán entrar en la mente de la gente en forma profunda y duradera. No persigues la expresión personal, sino el poder y la influencia. Tus palabras deben tener movimiento, seguir el de tu público, nunca llamar la atención sobre tu astucia.