"El porcentaje de la elección entonces, exigía un trabajo milimétrico. Joaquín contaba con un ejército operadores que tenían en la mano la información suficiente de las familias que tenían que sacar a votar. Esas familias recibían no solamente el dinero correspondiente por su voto, sino al mismo tiempo, un obsequio personalizado"

Eran las 5 de la mañana y Joaquín se tuvo que levantar al sonar el despertador. De inmediato se preparó un café y realizó la primera llamada del día. Era un día clave. Para unos era el día donde la democracia hablaba a través de las urnas, para Joaquín la democracia hablaba a través de la alcantarilla. Lo demás era parafernalia.

Le dio el primer sorbo al café y le vino a la mente la recomendación de su jefe inmediato. “Tienes que ser más efectivo en esta ocasión Joaquín. La operación tiene que quedar finiquitada a las 2 de la tarde. Para las 5, los jefes tienen que estar brindando con champagne el triunfo electoral. A las 8 de la noche los noticieros van a anunciar el triunfo bajo el guión que hemos diseñado. Todos los periodistas tienen el depósito correspondiente en sus cuentas bancarias. Esa parte ya está lista. No me vayas a fallar en esta operación Joaquín. Hay mucho en juego”. La última línea denotaba presión, pero Joaquín sabía que era parte del negocio. Fallar en estos niveles era de suma peligroso. Se ponía en riesgo incluso la vida.

A pesar de eso, su rostro reflejaba cierta tranquilidad. En realidad el trabajo ya estaba muy avanzado. Se había logrado desactivar a los principales operadores del equipo contrario a través de la intervención de sus aparatos tecnológicos. Con ello no se buscó evidenciarlos con conversaciones telefónicas. Eso era demasiado burdo y poco profesional. Se buscó, por el contrario, encontrar las fisuras que todo ser humano tiene, esos resquicios por donde se observan las debilidades humanas y por medio de las cuales se puede doblegar la voluntad del hombre. Contaba con un archivo de catorce operadores y una red de vínculos que parecía un mapa conceptual de la delincuencia organizada.

Joaquín llegó hasta esos lugares donde un operador quiere ocultar de la vista pública una cuenta en un paraíso fiscal o pretende resguardar un negocio de los oscuros actores económicos. De todo tenía evidencia, de todo tenía comprobación. Una acusación jamás la sustentaba en la especulación. Contaba con un equipo de hackers de primer nivel y con ello tenía la radiografía completa de todo el equipo contrario. Contaba además con Osvaldo, un hombre extremadamente eficaz en la operación política y criminal. Era su mano derecha en este negocio. Un hombre frío y sin escrúpulos. Totalmente pragmático. Una especie de Fouché que operaba en las sombras y en absoluto sigilo. Con él desactivó toda la operación del candidato opositor.

Tres días antes de la elección, Osvaldo había acordado con los catorce operadores contrarios. No fue necesario el uso de la violencia. Al final, todos entendían que esto era un asunto de negocios. Se acordó no alterar sus negocios ni sus operaciones delictivas. No era el propósito que se buscaba. Podían seguir con sus actividades. Lo único que se solicitaba era que dejaran de operar a favor del candidato. La solicitud iba acompañada con toda la evidencia. No se dejaba posibilidad alguna para dudar de la acusación.

Al conocer la noticia, Joaquín transfirió la información a través de un teléfono encriptados. En el mensaje se leía: “Se despejó la pista. Ya podéis aterrizar”. El mensaje activaba la segunda parte de la operación. A través del uso del Big Data, se conocía a la perfección la información exacta de cada uno de los hogares más desfavorecidos del país. Incluyendo aspectos de orden político, religioso, preferencias sexuales, niveles económicos, de ingreso y hasta el equipo de futbol. Se conocía a la perfección qué familia iba a votar a favor del contrario y en qué casilla lo iba a hacer. Esas familias fueron desactivadas un día antes de la elección: si no iban a votar por el candidato, a menos que no lo hicieran por el otro. Se les compraba la credencial de elector por una suma considerable. Esta operación pudo realizarse, una vez que se desactivó a los operadores profesionales.

¿Qué restaba hacer entonces? Sacar a votar a esas familias desfavorecidas. No obstante, pese a que se contaba con la información milimétrica del escenario electoral, la operación tenía que ser eficiente, incluso en el nivel de votación. Previo a estas elecciones, el sistema político nacional había recibido fuertes críticas a nivel internacional. Se le acusaba de ser un sistema político corrupto que funcionaba solamente para la élite gobernante. Era una plutocracia, decían. Eso exigía que en estas elecciones se mandara una señal muy clara respecto a la condición democrática de las elecciones. Así pues, se acordó que se tenían que ganar las elecciones con el 39 por ciento de los votos. Desde el cuarto de guerra se acordó ese porcentaje para dejar constancia del carácter democrático del sistema electoral. Ese porcentaje le abría espacios importantes de poder a la oposición. La pluralidad representaba un factor determinante para mantener la estabilidad y legitimidad del sistema. Al fin y al cabo con la oposición se podía negociar, existía presupuesto suficiente para ello.

El porcentaje de la elección entonces, exigía un trabajo milimétrico. Joaquín contaba con un ejército de operadores que tenían en la mano la información suficiente de las familias que tenían que sacar a votar. Esas familias recibían no solamente el dinero correspondiente por su voto, sino al mismo tiempo, un obsequio personalizado. Esas familias, tal como estaba establecido en la estrategia inicial, tenían que salir a votar antes de las 12 del día. A las 2 de la tarde, la operación tenía que estar finiquitada.

Por otro lado, Osvaldo había operado la tranquilidad en las elecciones. Pactó un acuerdo de paz con los principales grupos delictivos del país. Las elecciones tenían que ser un ejemplo de civilidad política. Ese era el guión que se iba a repetir en cada uno de los noticieros nacionales.

Eran las dos de la tarde… y Joaquín podía respirar tranquilo. El trabajo estaba hecho.
A las 2:15 de la tarde… el virtual ganador conoció los resultados finales de la elección. En su teléfono encriptado, conoció incluso el porcentaje final del triunfo: “35.36%”.
A las 3 de la tarde se empezó a organizar el brindis del triunfo. A las 5, la élite de la élite estaba reunida en la exclusiva residencia de un magnate minero. El festejo era el motivo. Y las acciones del nuevo gobierno, la discusión.

Afuera… los analistas políticos hacían sesudos análisis respecto a las encuestas de salida que empezaban a darse a conocer en los distintos medios de comunicación.

Alguien muy lejos de ahí… sonreía de forma complaciente. Su celular encriptado sonó. Era un mensaje. “Felicitaciones cabrón. Lo hiciste muy bien. Ya está tu depósito en la cuenta que nos dejaste. Tómate unos días. Luego te vamos a necesitar para hacer el rastreo del terreno”.
A las 8 de la noche, las cadenas de televisión anunciaban los resultados de las elecciones. ¡Triunfó la democracia!, decían. Los resultados electorales dibujan un escenario plural en el país. ¡Las urnas han hablado!
Hay que cambiar, murmura Joaquín, para que todo siga igual. La apariencia es el mejor instrumento para vivir en democracia.