“Nosotros muertos de miedo por esa imagen sacada de una película de terror pues el bao que provocaban los gritos de Don Juan y la tenue luz que proyectaba la luna, presentaban una imagen que difícilmente se podrá borrar de la memoria”

Y así comenzó una etapa llena de vivencias y aventuras en los viajes que emprendíamos a ganaderías y plazas de toros en diferentes cosos del país, sin descuidar las obligaciones escolares, así es que después de viajar toda una noche, torear y regresar para estar al día siguiente puntual en la escuela, era habitual pero cuando se es un niño difícilmente se conoce el cansancio.

Muchos viajes llenos de magia y misterio que iban forjando la vida de cada uno de nosotros, como la vez que fuimos a torear al Verde, Sinaloa. Primeramente llegamos a Durango, ahí nos esperaba el ganadero Don Juan Hernández, heredero del amor al campo y a los animales, dueño de una fuerte personalidad y curtido en el campo bravo, al que tanto cariño le tenía su padre el general Don Pancho Hernández fundador de la ganadería Noria del Ojo.

Ahí nos esperaba con su mirada azul profunda y retadora, y su hablar golpeado y estruendoso. -haber muchachillos pónganse ‘aguzados’ ya está todo listo, suban sus cosas para irnos después de cenar, los quiero bien despiertos al que se duerma lo aviento al barranco, cabrones.-

Subimos a la camioneta de caja larga doble cabina y redila ganadera, ahí estaban cuatro becerros grandes que serían los que lidiaríamos al día siguiente. Enganchada a la ‘troca’, una traila con dos finos caballos que el ganadero utilizaba para rejonear. Y allá vamos, Don Juan al volante, El Empachao de copiloto y nosotros atrás apeñuscados entre las cosas de torear.

Mira cuñado, decía don Juan dirigiéndose al Empachao, ya son muchos años que agarro esta feria y siempre han sido triunfos y he llevado a puros toreros valientes, si estos muchachos que traes son toreros cagaos, ya no regresan a su tierra, me los llevo al rancho los meto a la cueva, les pego un balazo en las patas y ahí los dejo pa’ que se los coman los lobos y a ti junto con ellos por pendejo. A mí nadie me va a hacer pasar vergüenzas, así es que ya están avisados o se arriman o se mueren.

“Mañana – continuaba platicando- voy a probar ese caballo blanco que traigo en el remolque, está precioso y es muy valiente, me lo regaló mi compadre Tony ahora que estuvo en el rancho. Si saben quién es mi compadre Tony? -Nos preguntaba con orgullo. Y al no encontrar respuestas, decía con atronadora voz- Pues Antonio Aguilar, cual otro, no sean pendejos.”

Luego de varias horas de camino en la angosta y sinuosa carretera, más allá de la media noche, detuvo la marcha de la camioneta y nos dijo, ahora sí, todos para abajo, nos ubicábamos justamente en el espinazo del diablo en medio de la Sierra y con un frío tremendo, Don Juan tomó aire y comenzó a vociferar con su potente voz.- Ándale diablo cabrón, aquí estoy otra vez haber si ahora si sales para partirnos la madre! Ándale diablo cabrón aquí voy a estar mañana en la noche de regreso para que no digas que no te avisé.” Nosotros muertos de miedo por esa imagen sacada de una película de terror pues el bao que provocaban los gritos de Don Juan y la tenue luz que proyectaba la luna, presentaban una imagen que difícilmente se podrá borrar de la memoria.

Y así seguimos el camino, muertos de miedo y sin pegar el ojo, no fuera a ser cierto que al primero que se durmiera lo arrojara por el barranco. Escuchando historias y anécdotas que contaban Don Juan y El Empachao.

Por fin llegamos a media mañana a El Verde, Sinaloa que celebraba sus fiestas patronales en donde todo era fiesta y alegría. La plaza del pueblo construida con Palmas y vigas y que año con año se montaba especialmente para la celebración, resultaba pintoresca y original. De inmediato bajamos los becerros en los improvisados corrales en donde ya tenían las piletas llenas de agua y los comederos rebosantes de alimento. Por allá quedaron los caballos y nos fuimos a descansar unas horas en lo que empezaba el festejo.

Esa tarde contagiados de la alegría del pueblo disfrutamos la calidad de los becerros. Don Juan los recibía a caballo para rejonear y luego cada uno de nosotros completábamos la lidia. Los animales salieron muy buenos y con calidad lo que dio oportunidad de lucirse al máximo. Esa tarde todos cortamos orejas y estábamos muy felices. Felicidad que se vio empañada cuando un toro Cebú que acostumbran echar al ruedo en esos pueblos para que los toreen los lugareños, recargó toda su fuerza contra un joven y le aventó a las tablas ocasionándole estallamiento de vísceras y una muerte dramática. Ese día comprendí que el enfrentarse a un toro es una cosa muy seria.

Impactados por los sucesos del día, emprendimos el camino de regreso, pasaba por mi cabeza la imagen del joven agonizante con el rostro cubierto de tierra, pero lo que más me preocupaba era la cita que Don Juan había concertado la noche anterior con el diablo.

Pasando la media noche llegamos al espinazo del diablo y tal y como lo había prometido, Don Juan se hizo a un lado del camino y repitió la frase que nadie queríamos escuchar: ” Ahora sí, todos para abajo” -ahí con más frío que la noche anterior, volvió a vociferar con su potente voz – ¡Ándale diablo cabrón, aquí estoy otra vez haber si ahora si sales para partirnos la madre!!! Ahora no vengo sólo, vengo con cuatro valientes que de ahora en adelante sabrán darte pelea cada vez que los busques… Se hizo un silencio absoluto yo no sabía si temblaba de frío o de miedo, los caballos se inquietaron y todos nos sobresaltamos al ver pasar a unos cuantos metros un puma mejor conocido como León de la Sierra.
Después de un buen rato nos subimos a la camioneta sin romper el silencio que imperaba en el ambiente. Ya en el camino dentro de la seguridad que puede dar el estar dentro de la camioneta, alguno de nosotros comentó: Nunca había pasado tanto miedo como hoy.

El ganadero con solemnidad nos dijo: “Enfrentarse al diablo es cosa de todos los días, nunca permitan que el miedo les gane antes de empezar la pelea, en la vida se van a enfrentar a muchos demonios, estando bien con Dios y preparados, estoy seguro que siempre saldrán victoriosos.” A partir de ese momento reinó el silencio y cada uno en sus meditaciones no alcanzaba a comprender la gran enseñanza que ese viaje nos había dejado.