Los jóvenes de hoy no escriben como José Emilio Pacheco poesía ni como Jaime Sabines porque son otros tiempos, son los tiempos de vivir y vivir, en su máxima expresión –o al menos en el concepto de estas dos etapas de la vida-

“Prende un libro apaga la televisión”
Carlos Monsiváis

Remitir el concepto clave y la definición de hándicap es básico para abrir las cortinas de este artículo. Hándicap es la condición o circunstancia que supone una desventaja en relación con otros o dificulta la realización o consecución de algo. El elemento del gusto como expresión de convicción y de agrado ha minimizado en la medida en que el sistema capitalista desaparece la realización integral del ser humano. En nuestros tiempos leer es sinónimo de aburrimiento, de ñoñería, de pérdida de tiempo, incluso se escucha: “Aunque sea agarra algo y ponte a leer,” “lo viste, está perdiendo el tiempo leyendo el periódico,” “ya se hizo maje leyendo, no nos acompañará”, “deja ese pinche libro y ponte a barrer”.

La repulsión, el asco a la libertad y a la imaginación como último augurio frente al desastre, supervisan el final. La lectura –dice Jim Trelease, en el “Manual de la lectura en voz alta”-: es el factor social más importante de la vida actual. Cuanto más lee una persona más inteligente se vuelve, cuanto más inteligente se vuelve, más años dedica al estudio, cuantos más años estudia, más dinero gana, mejor papel desempeñan sus hijos en la escuela; de modo que si se logra aficionar a un niño a la lectura, se influye no sólo en su futuro sino también en el de la siguiente generación.

Somos espectadores de nuestra propia muerte, la familia como creadora de hábitos y la escuela –dos instituciones violadas en su dignidad por el Estado impostor y dictatorial- no han podido regresar la esencia de una formación integral a la educación -formal e informal-. El escritor Juan Villoro lo explica mejor: “Como la mayoría de los niños tuve una infancia muy poco libresca. Pasé una infancia sin otras ambiciones que ser centro delantero del Necaxa o requinto de un grupo de rock. Los libros me resultaban tan amenazantes como la Biblia, la Constitución y otros tratados de castigos y recompensas que esperaba no conocer nunca.”

Común era escuchar decir al maestro en la escuela todas las mañanas, cuando pasaba a los lugares de cada uno de los alumnos: ¿No traes lápiz? ¿Vienes a la guerra sin armas? La escuela tradicional nos enseñó que si el salón no estaba todo el día en silencio, todos en su lugar, escribiendo, macheteando tablas, aprendiendo de memoria la “Suave Patria” de López Velarde o resolviendo los ejercicios producto de las lecciones que alimentaba la superestructura ideológica del Estado nacionalista por medio de los libros de texto gratuitos que nos legó el sexenio del presidente López Mateos, sin todo ello no era clase, no se instruía o se sabía –términos de la escuela tradicional.

Los jóvenes de hoy no escriben como José Emilio Pacheco poesía ni como Jaime Sabines porque son otros tiempos, son los tiempos de vivir y vivir, en su máxima expresión –o al menos en el concepto de estas dos etapas de la vida- es caminar sin restricción, estar despierto mientras las mayorías duermen, gritar en lugares donde esto es pecado o simplemente violar los cánones complejos que sólo dictan pero nunca dan señal verde para seguir transitando: ellos viven la poesía y sus brazos, sus labios, sus corazones y sus actitudes contestatarias todos los días le sacan punta a su presencia para recitar versos, ejercer oratoria incendiaria con sus hechos que desacredita la momisa ultraconservadora de los adultos, no leen la verborrea que nos enseñó el Estado autoritario de la doble moral, su deporte es la sinceridad al hablar, al escribir una frase, al externar un comentario sobre un mal profesor o al gobierno de Peña, su visión explícita incomoda, no recibe cover, molesta y los ofrece al Santo Oficio de la Inquisición. No atienden la “Cartilla moral” de Alfonso Reyes porque los de ayer con su actuar les enseñaron que en un mundo tan complicado ya no se puede ni siquiera conjugar el verbo “Ser” en la práctica, mucho menos en el cuaderno.

Las plantas de sus pies se reúnen en el zócalo de la libertad y juntas ejercen la poesía coral que toma tintes de himno liberté. Los tacones, las botas, los mocasines, los converse, las cholitas, los vans y los botines se escuchan más que la canción “Señora señora” cada 10 de mayo en México. Entonces el problema de lectores por convicción está en que el contagio, el encanto y el gusto ya no se han ejercido desde el hogar ni desde la escuela. La represión genera resistencia del otro lado.

¿Relajados? Como el jabón zest vuelven a la vida cuando hay vacaciones, cuando hay suspensión de clases porque el magisterio en Coahuila lucha frente al ISR impuesto al estilo Santa Anna: Estado que no impone no es Estado. Viven en la Alameda, en el bosque urbano, en el Venustiano Carranza, en el centro de las ciudades, en el espacio de juegos y cartas de Yugi Ho en plaza de la tecnología, en la Pulga, en las plazas de las colonias, en las canchas, en Intermall, en Galerías o en Cuatro caminos. Y por el contrario el cementerio inicia en la casa, en la escuela, en las visitas obligatorias, de formato repetitivo y aburridas los domingos a casa de la abue o de la tía solterona que una y otra vez le reza la novena de lo que no tiene qué hacer (Ley de las doce tablas previa al Derecho romano).

El escritor Paco Ignacio Taibo II dice que básicamente tenemos una política gubernamental repleta de errores, primero concibe que la lectura es una obligación académica en los primeros años de la enseñanza y al convertirla en obligación genera un nivel de rechazo, tú adolescente de 11 años tienes que leer el “Poema del Mío Cid” y tú de 13 “La Ilíada” o te repruebo guey. Esto genera rechazo, genera la idea de qué gueva, la lectura es obligación y no genera la contramedida. Hay una pérdida de lectores potente entre la infancia y la adolescencia y básicamente porque el proceso educativo asocia la lectura con castigo, obligación, lectura fragmentaria, lectura de fotocopias, tenlo para mañana o no te doy calificación: eso destruye el universo del lector y crea una medida de rechazo y de rebote en la que es más cómodo y más accesible el video clip y crea una mentalidad que todo lo que dure más de dos minutos y medio qué gueva. Allí tenemos un gran problema. Si le presentas temas de interés se engancha de nuevo a leer: sabe leer, ha dejado de leer, vuelve a leer. Si forma parte de movimientos sociales hay inquietud hay efervescencia […] La tarea sería encantarlos con el fenómeno de la lectura y eso no lo logras con campañas de “Lee por lo menos veinte minutos,” y por qué no veintidós o diecisiete, qué tontería es esa. Tienes que convocar con leer es placer, leer es subversión, leer es abrir puertas a universos que no tienes […]”