Se puede seguir en el discurso de los valores y las familias, pero es eso, discurso. En la realidad, ahí ya no se tiene la respuesta. Ni siquiera en la Iglesia, otrora referencia obligada en materia de moral. Esta institución pasa por su propia crisis interna (escándalos financieros y de pedofilia) que le han restado legitimidad frente a la sociedad.

Ante el nivel de violencia que ha azotado a Sinaloa y a varios estados de la república en los últimos días, se vuelven a escuchar los mismos discursos de siempre cada vez que esto tiene lugar:
1.»Debemos fortalecer los valores en la familia y en las escuelas para reconstruir el tejido social»;
2. «Debemos fortalecer el concepto de familia para hacerle frente a esta ola de violencia»;
3. «Debemos fomentar el trabajo en las escuelas para que nuestros niños y jóvenes crezcan en un ambiente de valores y con ello desarrollar entornos más sanos para nuestros hijos».

Hay una postura adicional en este tema, la postura de los que apuestan a enfrentar la violencia con más policías, mejor armamento, más patrullas y por supuesto, más presupuesto público.

La primera es de largo plazo, la segunda es de corto plazo y es a la que le apuesta la mayoría de los políticos. Una, por la brevedad de los tiempos en que permanecen en los cargos públicos; y dos, porque la seguridad es de percepción. Un golpe dado al crimen organizado tranquiliza la ciudad por un tiempo, aunque no resuelva de fondo el problema. Pero en ese tiempo, el político tiene un respiro y con una campaña de publicidad se puede construir la percepción de que se ha solucionado el problema.

De la postura 2, que llamaremos de «seguridad», esto es lo que se tiene. Y en diversos espacios hemos señalado que la inseguridad pública ya no es un tema de orden local, ni estatal. Es un problema que ha escalado al plano de la seguridad nacional. El Estado ha sido rebasado y en ese sentido, ha dejado de controlar territorios del país. Ya no gobierna, sino cogobierna de la mano de los poderes fácticos.

Hasta aquí con la postura 2. Pasemos revista a la postura 1, que llamaremos «Familia y valores». Y aquí, no se tiene mejor panorama.

El argumento de que «la familia es la célula más importante en la sociedad porque es ahí donde se configura al individuo en el marco axiológico» ya no es tan cierto.
Las familias han dejado de educar, en parte porque tanto el padre como la madre, pasan demasiado tiempo en el trabajo. Para los padres, más que un espacio educativo para sus hijos, la escuela se ha convertido en una guardería que les permite que sus retoños esten ocupados mientras ellos se hacen cargo de la sobrevivencia diaria.

La vida se ha encarecido en este país y eso ha repercutido en la convivencia familiar. Ahora los padres tienen que trabajar más horas-hombre para agenciarse lo mismo que se podía comprar hace dos décadas.

Por lo tanto, el tema de los valores ha recaído por entero en la escuela. Pero ésta también tiene sus propias disyuntivas. La escuela tiene frente a sí, la disyuntiva de coadyuvar en la construcción de un individuo integral que aporte como ciudadano a la sociedad o de contribuir en la construcción de las competencias profesionales que integren al individuo en el mercado.
Ante el imperativo económico, la escuela ha optado por lo segundo. Aunque revise como contenido la parte axiológica, lo fundamental en la práctica escolar son las competencias profesionales. Y en ese plano, no se construye ciudadanos, sino se aspira a constituir profesionales competentes en la materia.

Bajo estas circunstancias, estamos ante una realidad lacerante: las familias ni las escuelas pueden ser la respuesta para la construcción de los valores en la sociedad. Sus coordenadas de navegación no están orientadas hacia ese propósito. El mercado tiene bastante ocupadas a ambas instituciones.

Se puede seguir en el discurso de los valores y las familias, pero es eso, discurso. En la realidad, ahí ya no se tiene la respuesta. Ni siquiera en la Iglesia, otrora referencia obligada en materia de moral. Esta institución pasa por su propia crisis interna (escándalos financieros y de pedofilia) que le han restado legitimidad frente a la sociedad.

¿Y entonces dónde…? No tengo respuesta… y no se tiene porque primero se debe aceptar la derrota. En efecto, si en una sociedad el principio que rige las relaciones humanas es que «el fin justifica los medios», entonces estamos ante una derrota frente al pragmatismo que emana de la ideología económica bajo la cual está organizado el mercado.

La ideología económica es la que se ha impuesto como valor. Y en las relaciones humanas priva (como diría Marx) el frío cálculo del egoísmo. Y en este marco, la dualidad costo-beneficio es lo que determina las acciones del individuo. Aquí está la derrota que como sociedad (global, porque esto no es privativo de una sociedad en específico) hemos construido.

Así pues, ante de hacer el llamado hacia el rescate de los valores en la familia y en las escuelas, hay que aceptar primero la realidad del escenario. El mercado y su ideología política y económica nos han derrotado. Hay que partir de ahí para configurar una alternativa. Porque si estamos ante el imperativo de que el fin justifica los medios, entonces cualquier cosa por más abominable que sea, se puede presentar ante nuestros ojos. Por más que creamos que ya lo hemos visto todo.

Al fin y al cabo… el ser humano no es más que una bestia domesticada. Si se le quitan sus cadenas, su naturaleza queda al descubierto. Y ante eso, cualquier cosa puede ocurrir.