La explotación, la exclusión y la subordinación, se manifiesta en los campesinos mexicanos, latinoamericanos y a nivel mundial; Estados Unidos, el país dominante y hegemónico del poder alimentario, a través de sus trasnacionales, ha ocasionado un debilitamiento de los pequeños productores rurales; los ha sometido a su metodología y lógica de la producción agropecuaria. Y no hay otra, o le entras a la actividad modernizadora o sucumbes. En este nuevo modelo de desarrollo quien lleva la batuta es el poder hegemónico: qué sembrar, qué insumos utilizar, maquinaria sofisticada para el cultivo, financiamiento, nuevas formas de transportación (refrigerados) y comercialización exterior; esto es cultivar para exportar; nada para el autoconsumo. Esta práctica tradicional debe desaparecer, pues no es apta para el crecimiento económico de un país. La agricultura tradicional es discriminada, no tiene financiamiento y menos si no está organizada en asociaciones de productores; sus productos carecen de comprador en el mercado.

Los campesinos en estas condiciones enfrentan en el mercado interno con los “acaparadores”, “coyotes”, quienes imponen precios reducidos a sus cosechas; a nivel mundial se encuentra con una competencia desigual; las empresas trasnacionales con mecanismos engañosos, inundan el mercado interno con insumos importados y dejan que los granos básicos, frijol, maíz y cereales se pudran en los campos. Esto es un desperdicio y los productores rurales aparecen como culpables de la baja o nula productividad. Y como toda empresa social que no es rentable, nuestros gobiernos las desamparan, retirándoles los apoyos (minusválidos) y declarar el campo no redituable, lo mejor es privatizarlo, igual como está sucediendo con Pemex y CFE, empresas paraestatales que han pasado o van a ser trasladadas al capital nacional e internacional.

El campesino mexicano es manipulado por el gobierno primeramente, y después, entran con todos los condicionamientos legales, las empresas trasnacionales agroalimentarias. El gobierno para no inundar de granos básicos al mercado interno, proyecta programas de “reconversión productiva” (cultivos de avena para el ganado e industria de la cerveza). Para la industria cervecera, si la cosecha está libre de maleza, si tiene grano de calidad, se elabora un programa de “cultivo por contrato” y aquellos campos que cumplan con todos los requisitos agrícolas determinados por la Comisión Nacional para la Sanidad e Inocuidad y Calidad (CENASICA)), serán los beneficiados, y los que no, o bien encuentran un mercado precario con ganaderos locales, o bien, se pudre la cosecha en la parcela.

Ante este panorama desolador, a nivel mundial se experimenta un notable crecimiento del hambre y desnutrición. La mega producción de alimentos básicos se concentra en unos pocos países desarrollados, asimismo, una creciente concentración del poder comercial de exportación, basado en los desarrollos tecnológicos, los cuales desarticulan las estructuras agrarias de los países no desarrollados como el nuestro. Los equipos sofisticados utilizados en el cultivo, las mezclas de fertilizantes, semillas transgénicas, el uso de isótopos radioactivos, han hecho que la concentración del control de la producción se haya acentuado (Carlos Montañez y otros, 1983: 19).
Las argumentaciones que hacen los países hegemónicos del poder alimentario, son de que los países no desarrollados deben incorporarse al modelo dominante, mediante la apertura de los mercados de bienes, servicios y recursos financieros, permitirá a tales países iniciar un proceso de crecimiento sostenido. Se necesita un encadenamiento del sistema productivo (las famosas cadenas productivas): abastecimiento de insumos a los productores, proceso del proyecto productivo, distribución, industrialización y comercialización y promover el consumo a través de una eficiente publicidad. En cada uno de los eslabones, es obvio que está presente las manos de las trasnacionales: ¿quién te va a proporcionar los insumos? ¿Quién va a financiar los proyectos (intermediarios financieros y no financieros)? ¿Quién te va a proporcionar el transporte especializado y los mecanismos de comercialización (compañías transportadoras y agencias comercializadoras)?

Todo esto altera la cultura tradicional de los campesinos en su manera de vivir y trabajar; ahora hay que pensar en forma moderna para ser competitivos. Pero esto va orientado específicamente a los agricultores que tengan riego, porque a los de temporal ni siquiera voltean a verlos, esos son improductivos, están sujetos a la agro climatología. A ellos no les queda otra, que si su espacio se encuentra una veta mineral, o cerros propios para la energía eólica, rentarlos, venderlos expropiarlos, al fin y al cabo, la nueva ley estructural Energética le permite despojarlos de sus tierras, y ya de manera temporal, tendrán un poco de dinero y empleo, si es que los contrata la trasnacional.

A nivel mundial, el petróleo es el energético potencial que mueve toda la planta productiva industrial y agrícola, lo que convierte a la agricultura como una sometida a los caprichos financieros de los precios altos de los combustibles, en la fabricación de fertilizantes, en la transportación de las cosechas, todo ello, encarece inevitablemente la “Canasta Básica”, subordinando, excluyendo y explotando al productor rural y consumidor en su aspecto económico y nutricional. Se orienta la producción alimentaria en dos vertientes: los países hegemónicos, se especializan en la producción de bienes industriales, mientras que los países en desarrollo, grandes productores de materia prima de origen agrícola y minero a bajo precio.

Blanca Rubio (2012), expone que en el periodo de 1940 – 1960. Prevaleció la agroindustria tradicional, procesadora de materias primas de exportación; así, predominaron los ingenios azucareros, despepitadoras, cordeleras, agroindustria del tabaco; se impulsó una estructura productiva centrada en cultivos como el café, algodón, caña de azúcar, henequén, yute y la copra. Pero en el periodo de 1960 – 1980, la agroindustria tradicional viene en declive y emerge en el continente una nueva agroindustria trasnacional: procesadora de enlatados, alimentos balanceados, productos lácteos y cárnicos y sin faltar la cervecera, orientada a la elaboración de bienes finales para el mercado interno e internacional.

El campesino sometido a la lógica productiva de estas empresas se halla encajonado, al someter su suelo agrícola al deterioro por los fertilizantes, la desaparición de la semilla nativa, y por consecuencia, el endeudamiento que se convierte en cartera vencida por no alcanzar el dinamismo que le exige la trasnacional. La moda es la agricultura para exportación, y la agricultura tradicional, dedicada al autoconsumo y el excedente al mercado interno. Los cultivos a exportación son ahora hortalizas, plantas de ornato y frutas. La balanza comercial de 2015 es deficitaria, como lo expone David Márquez Ayala (La Jornada 2016 22 de febrero, pág. 20). Los productos agropecuarios deficitarios fueron: leche, lácteos, huevo y miel, cereales, semillas y frutos oleaginosos, grasas animales o vegetales, granos básicos, entre otros y los superavitarios: hortalizas, plantas de ornato, raíces y tubérculos, frutas y frutos comestibles, cerveza, vinos y vinagres.

Es un panorama desolador para el campo mexicano, nada que ver como lo exponen las dependencias agropecuarias y partidos políticos: “Por un campo Ganador y Competitivo”, sino todo lo contrario, “Un Campo Explotado, Excluido y Subordinado”. Nota: para la elaboración de este artículo se consultó: Rubio Blanca (2014), El Dominio del hambre. Montañez Carlos y otros (1983), Las Negociaciones del Hambre. Y Márquez Ayala David, La Jornada (2016) 22 de febrero, p. 20.