Un camino indignante, humillante y difícil de sortear, así nos tocó transitar en el camino del vasallaje, una ruta de sometimiento, primero físico y territorial, después en el mercado y actualmente en las garras de la especulación financiera. Ésta ha sido la suerte de México y toda Latinoamérica (con sus variantes, obvio). Occidente se posesionó y posicionó como el amo dominante y posteriormente nuestro gran vecino “benefactor” del norte. Al inicio de estos fenómenos humillantes, se impusieron condiciones para ir justificando el accionar de la dominación: lenguaje, ideología, religión, técnica y nueva visión del mundo, así como la destrucción de la identidad cultural. La educación, la religión, en complicidad con la amenaza y la violencia fueron los factores determinantes para estructurar la ruta del sometimiento. A finales del siglo XV y principios del XVI, se impone una nueva racionalidad en el pensar y en el hacer para construir una nueva identidad mucho muy diferente a la autóctona.

La inserción subordinada en la nueva estructura social, rompe de tajo como ya lo mencioné, la identidad colectiva y solidaria que sostenían las diferentes etnias de nuestro México. Y ahora, para poder reelaborarla se hizo y se siente difícil e imposible de volver a retomar nuestros elementos originales, puesto que se insertaron conceptos, modelos, metodologías, nuevos paradigmas en detrimento del sintagma, hábitos nuevos, un nuevo lenguaje nos hace pensar de manera antagónica a la forma solidaria y colectiva de hacer y sentir las cosas. El nuevo saber y hacer prácticos llevan un sentido ajeno a como se practicaba antes, ahora, el producto va a parar a un amo, a un patrón venido del exterior. Si antes el pensar y el hacer contemplaba a los astros, a las señales de la naturaleza, el respeto, honestidad consigo mismo, al prójimo y a todos los seres vivos que poblaban el territorio, ahora eso se desbarata, ahora lo más importante es hacer productiva la tierra, con nuevos aperos sin mediar un respeto al medio ambiente. Se deforesta grandes extensiones, iniciando así, el gran deterioro del suelo.

La mayoría de mis lectores, si es que los tengo, podrán decir y con mucha razón, pero entonces la guerra de independencia, las leyes de reforma, la revolución mexicana y las nuevas inclusiones de México en el grupo de naciones desarrolladas, eso y otras cosas más, nos dice que nuestro país se ha desprendido de esa subordinación que un servidor menciona. Pero los resultados concretos en todos los ámbitos de la economía, educación, cultura y política están sometidos a las decisiones de los grupos dominantes nacionales y extranjeros, y la mayoría de los mexicanos y latinoamericanos ni cuenta nos damos, pues querámoslo o no, esas fuerzas fácticas son las que dictan los ritmos y las formas de todo saber constituido, del proceso de producción y de reproducción social. El decir que la mayoría de la población no se da cuenta, entró en un grave error, pues reconozco que existen personas intelectuales y grupos de organizaciones académicos, al igual que grupos o sectores muy combativos que con marchas y movilizaciones están impactando en la vida nacional e internacional, de que México está despertando para diluir y eliminar las condiciones indignantes que nuestra clase gobernante ha impulsado.

Ahora, a partir del siglo XX, al nacer dos racionalidades antagónicas (socialismo y capitalismo), la primera como una nueva perspectiva de victoria del proletariado, como la ruta deseada para salir del sometimiento de la clase industrial, pero al avance de la industria, viene la desocupación de una gran parte de la población activa. En esta nueva perspectiva (socialismo), después de la Segunda Guerra Mundial, esta racionalidad se despolitiza al burocratizar las instituciones, como una manera de control político, económico y militar, con estas acciones se derrumba el espíritu de la lucha de clase. Ahora, cosa curiosa, se estatiza un poder totalitario, que gira instrucciones ideológicas a los estados periféricos y partidos comunistas de los estados que no están bajo su férula. Sin imaginarse que esa ruta impuesta por esa racionalidad irracional, estaba llevando a esas sociedades a la ruta de la subordinación, presa fácil para la otra racionalidad capitalista.

El capitalismo se presenta hoy como el gran victorioso, hegemónico y enterrador del socialismo. Niega la racionalidad socialista. En el capitalismo de hecho y por derecho se constituye como un poderoso elemento político, el tratar de hacer creer que la imagen que irradia: modernidad – avance, científico – avance son un mismo proceso. Es una realidad contra la cual, dicen, no se puede luchar: el capitalismo es la historia de la humanidad. Sólo por esta vía se puede transitar. En ésta, huele por todos lados la libertad, la individualidad, se predica y se instituye la competitividad, cada quien es dueño de su propio destino, “si no progresas es porque no eres emprendedor”; es la educación y la empresa las nuevas condiciones para lograr el progreso; ahora tienes que ser bilingüe o trilingüe. Un país para que salga de su atraso tiene que echar mano de su plataforma técnica y profesional para explotar sus recursos naturales, y emprender el camino del avance tecnológico. En caso de que no tengas ciencia y tecnología de vanguardia y fondos económicos, no te preocupes, están otros países y organismos financieros que te apalancaran en la nueva cruzada.

Aquí inicia el nuevo quid de la ruta del sometimiento, exclusión y subordinación, más sutil, sofisticada, pero más criminal; nace un nuevo proyecto social mundial, un modelo que emplee a su servicio el instrumental de esta racionalidad, cuya finalidad sea la rentabilidad de la empresa social para el bienestar de la humanidad. Como una manera de mostrar la cara benefactora del capitalismo, se dictan políticas sociales compensatorias (educación, salud, públicas, reforma agraria, entre otras), con tal que no le limiten el régimen de acumulación. Se les hace creer que con el Modelo de Sustitución de Importaciones, pueden igualarse a los países desarrollados. Se da un auge a los productores campesinos, por la producción de alimentos baratos, cuyo impacto beneficiará a los salarios en la industria. En forma aparente el capitalismo solucionaba el problema económico de México y toda la región de Latinoamérica.

La gran producción de granos básicos de E.U. formó un excedente para orientarlo a los países devastados después de la segunda guerra mundial, a través de “ayudas humanitarias”; de igual forma ese sobreexcedente trajo por consecuencia la liberalización del mercado, exportando sus productos e insumos (semillas, fertilizantes, insecticidas, maquinaria, tecnología y financiamiento) con la famosa “Revolución Verde”; se inician programas de ayudas, como lo fue la “Alianza para el Progreso” (ALPRO), con financiamiento y ayuda técnica para que los países del Tercer Mundo impulsaran el crecimiento económico. El Banco Mundial fue uno de los instrumentos para establecer un puente para la exportación de capitales, bienes insumos y tecnológicos. Los países periféricos se endeudan para proseguir con la carrera de crecimiento. A la fecha, México se encuentra sobreendeudado, muy apenas logra pagar los intereses y servicios de la deuda. Aun así, el Fondo Monetario Internacional considera a México, sujeto de crédito y nuestros dirigentes se la creen.