Es absurdo que el teatro, siendo una de las expresiones más humanas y certeras que existen, y que retratan fielmente la condición contradictoria y la eterna dicotomía de bondad y maldad en la especie humana, no sea una de las principales asignaturas en los diferentes niveles de nuestro sistema educativo nacional.

El juego en los niños es un rasgo muy humano, tanto como el de la risa o el de la imaginación. El juego nace desde tiempos ancestrales en el hombre primitivo al encontrarse en soledad y en la necesidad de comunicarse o explicarse a sí mismo las diferentes dudas que le asaltaban ante tan inmenso y desolador panorama frente a su azorada mirada. Empieza a jugar. Empieza a imaginar que alguien o algo lo acompañan y le habla, asumiendo que las cosas creadas en su imaginación son verdaderas.

Para hacerlo más constructivo fabrica pequeñas efigies que serían el prototipo de la iconografía religiosa que hasta nuestros días afortunada o desafortunadamente existe y que modela y sirven de apoyo espiritual a miles de personas en todo el orbe.

Los niños genéticamente tienden a jugar y a crear mundos apegados a su realidad y también mundos fantásticos que les permiten nutrirse de uno de los más importantes ingredientes en su incipiente vida equiparado al calostro materno: La exploración.

Explorando se descubren mundos paralelos al que se está pisando en la realidad. El sentido lúdico que el ser humano contiene ya en su estructura psíquica, le permite a muy temprana edad crear ficciones que le ayudarán a reafirmar que siempre las habrá más allá de la relatividad y suspensión del tiempo que está viviendo. Las ficciones recreadas en el juego son una síntesis que tienen un principio, un desarrollo y su final, es decir, síntesis dramática de cuestión de minutos u horas.

Los típicos juegos en el que el maniqueo es esencial pues se explora también fundamentos éticos y luchas consabidas contra el mal con representaciones propias de nuestras junglas de asfalto y urbes repletas de pugnas e injusticias en las que la figura del policía abate de manera heroica al ladrón o delincuente. Poco a poco el niño se está haciendo consciente de su realidad y pretende asumir un rol como reminiscencia del ejercicio de la imitación que le ha provocado el mundo de los adultos.

En esta instancia, el niño no pretende otra cosa más que divertirse con sus compañeros de juego recreando papeles propios de la cotidianidad de las personas adultas. Es decir, no actúan, sólo juegan. No piensan en agradar o hacerlo ante alguien pues su espacio empleado es arbitrario ya que corren, dan vuelta a la esquina o simplemente se esconden y dejan de ser vistos según las reglas de su juego. Los niños están pasando por la principal etapa de la representación que es la de asumir roles para sí mismos. En el momento en que ellos voltean hacia sus padres o familiares, y disponen sólo de un espacio delimitado fungiendo como escenario y preparan todo lo necesario para contar una historia, en ese momento, estarán actuando. ¿Por qué? Porque antes se divertían y ahora los divierten. El uso del adverbio reflexivo pasa a ser adverbio transitivo, es decir, que transfieren el afán de su juego hacia otras personas otorgando el regalo de la representación contando una historia de raigambre humana.

Es en las escuelas donde se debe continuar con esta segunda parte del juego de la representación y ficción, pues es allí, como centro donde se inculcan valores, civismo y hábitos éticos, en el que el jovencito aprenderá del ejercicio de la representación como medio de comunicación para reforzar a una sociedad que da constantes traspiés en su lucha por una real justicia y un verdadero amor por la ecología y el bienestar humano.
El teatro y la representación son el medio de comunicación más ancestral, ético, ritualista y con raíces profundamente humanas y mágicas; por lo que no debe perderse de vista su importancia para la humanidad, pues dentro de toda la sofisticación existente en este mundo genuflexo ante tanta tecnología, nos orilla a un estado casi androide por el encanto de una forma de relacionarse de índole artificial y cosmopolita, generando paradojas y dobles discursos que nos alejan de nuestra escencia ritual y humanista.

Es en las escuelas donde se deben de impartir el teatro y las artes escénicas con el primordial objetivo para las nuevas generaciones de comenzar a crear consciencia que la danza, la actuación, la representación y la ficción son las manifestaciones más importantes para desplazar la violencia, la ignorancia y la apatía por el bien común y el conocimiento.

El teatro es y será por siempre para ayudar otros; para revelarles verdades ocultas y para enterrar las mentiras expuestas. Sólo hace falta conducir a nuestros niños del juego en el que se divierten para ellos mismos, hacia la representación teatral en la que divierten, aleccionan y ayudan a otros, a sus semejantes.