Las respuestas del académico resultaron hilarantes para el auditorio. La calma institucional bajo la cual se había iniciado la conferencia, trocase ahora en manifestación directa. De pronto, sin anuncio alguno y sin solicitud de la palabra, un “doctorante” de ascendencia latinoamericana tomó la palabra y se dirige al Doctor con la ira en el rostro manifiesta:
“Doctor, mi país ha tenido una historia plagada de vejaciones por parte de su país. Por largo tiempo se ha conducido en materia de política exterior de acuerdo a lo que su país ha decidido. Nos hemos alineado a sus intereses. Sus intereses en política exterior han sido los nuestros. Sin embargo, elegimos a un presidente de forma democrática y este ha planteado una política exterior bajo otros principios, bajo otros cánones. Aprovechando las transformaciones en el escenario internacional y el agotamiento del hegemonismo unilateral de su país, nuestro gobernante ha tendido los hilos hacia oriente, y ahora somos socios importantes del gigante de Asia. Eso ha enfurecido a su gobierno, y constantemente se nos ataca. Incluso se nos ha integrado como parte constitutiva del eje del mal que hablaba el compañero que me antecedió. ¿Qué pecado hemos cometido Doctor? ¿En qué les afecta a ustedes que un pueblo humilde como el nuestro pretenda hacer valer su soberanía nacional? Al mismo tiempo, nuestro petróleo, del cual –usted lo sabe-, contamos con reservas importantes, las hemos destinado a socios comerciales diversos. Y eso también los ha enfurecido. Lo menos que hemos escuchado de parte de ustedes es la consigna maquiavélica de Kissinger “El petróleo es algo tan importante que no debemos dejar en manos de esos latinoamericanos…”. ¿Por qué no podemos tener de parte de su gobierno Doctor, respeto a nuestra política comercial en materia energética? Si el petróleo es nuestro, y nosotros resolvemos a quién se lo vendemos. –“En efecto joven, el petróleo es suyo… pero le repito: nosotros solamente pretendemos hacer valer nuestro interés nacional”.

Un alumno se levanta y de forma retadora increpa al Doctor y le refiere: “Doctor, por qué su país no mencionó nada respecto a las manifestaciones genuinas por parte de jóvenes que sin esperanza alguna, se levantaron en el norte de África. Y que a través de la manifestación social derrumbaron regímenes dictatoriales que ustedes en los hechos apoyaban. Nunca se escuchó a lo largo de las manifestaciones pronunciamiento alguno de su presidente, a pesar de las atrocidades que realizó el régimen por aplacar a estos jóvenes y acallar su grito de democracia. Su país Doctor, por largo tiempo mostró, incluso como corriente académica en materia de estudio de su política exterior, una política exterior donde su país se presentara como faro a nivel internacional. Donde los valores históricos que a ustedes les dieron identidad nacional, fueran exhibidos en el exterior como ejemplo. Valores como la justicia, la libertad y la democracia. Sí, ¡la democracia! Nosotros lo que exigíamos era eso Doctor, democracia para nuestro pueblo. Y no encontramos un aliento de solidaridad en aquél pueblo que presumía de tenerla integrada plenamente en su consciencia social. Nada Doctor. Pero no solamente nos sucedió con su país, sino con occidente entero. Doctor, yo admiro su cultura y su civilización, pero le he de confesar que en ese momento sentí una tristeza, una profunda tristeza. Nosotros pensamos de forma cándida que íbamos a recibir el apoyo político de occidente, y si se lo dijera esto por escrito, escribiría occidente con letra minúscula y no con mayúscula. Ustedes prefirieron sus intereses políticos antes que apoyar de forma firme y decidida una lucha genuina por la libertad y la democracia. Doctor, si su referente cultural es occidente y se siente orgulloso de él, permítame decirle que yo no lo estaría tanto. Y le diré más, si yo fuera occidental me sentiría avergonzado ante lo ocurrido con mi pueblo. ¡Ni una maldita manifestación de apoyo a los valores que ustedes dicen profesar…! Ninguna. Nada.

Tras estas últimas palabras, el alumno comenzó a llorar. Su rostro reflejaba la impotencia contenida por largo tiempo. Había sido uno de los integrantes de eso que los periodistas y académicos de occidente habían denominado “la primavera árabe”. Por suerte había salido vivo del conflicto, y ahora se encontraba, al igual que el resto de los jóvenes reunidos en el auditorio, estudiando un posgrado. El auditorio entró en un silencio glacial. El alumno no dejaba de llorar. Otros alumnos se habían acercado a tranquilizarlo. Otros más se acercaron en un gesto de solidaridad. Cada uno de los ahí presentes sin duda tenía en sus haberes un reclamo que hacerle a occidente en su conjunto. El ambiente seguía tenso. Yo me arremolinaba en mi silla, hasta que decidí levantarme con la intención de reorientar la discusión. Levanté la mano y mi celular sonó. Era la alarma, hora de despertarme.

Sí, tenía que levantarme para irme a dar clases en mi universidad… Vaya experiencias que uno recoge tras la literatura de Steve Alten y la lectura geopolítica de Brzezinski y Paul Kennedy. Uff.