"Armando Barrera, “El cicuta” era entre nuestra pandilla o equipo de béisbol el más inquieto y temible, de estructura escuálida, un mechón largo de pelo le tapaba los ojos y con un movimiento rápido de la cabeza se lo quitaba"

Según historiadores de la antigua Grecia, Sócrates, el gran sofista fue obligado a suicidarse y lo hizo en presencia de sus alumnos, ingiriendo una bebida considerada letal, llamada Cicuta. Armando Barrera, desde niño fue inquieto, creció en nuestro barrio, al igual que Javier «el mano Gafa”, Fernando «El Monaguillo » Morán, Candelario , «El cande», Manuel, la mentada albóndiga, Ismael Rodriguez «Mayelo «, Gonzalo Herrera, Houdman «El Húngaro» , Gil Von Barsen, Ariel «La palma» Ortíz, los hermanos Isidro y Rolando Villarreal, El Bugs, y el temible clan de los hermanos Treviño ( sin parentesco alguno conmigo) de la calle 3, Marcos, Fernando, Gonzalo, Héctor, Servando y Otilio, entre otros, todos vivíamos en las callejuelas y callejones de la llamada colonia Comercial, en el mineral, de Nueva Rosita, Coahuila, esto entre los años de 1955/ 1963, barrios arrabaleros, como la mentada Rubirosa, la Calera, la Piedrera, La Nuevo León, el llamado «Seis», más colonias o barrios de baja categoría, mientras también existían (existen) colonias de gente pudiente, la Chapultepec, Roma, Independencia y la Americana.

Armando Barrera, “El cicuta” era entre nuestra pandilla o equipo de béisbol el más inquieto y temible, de estructura escuálida, un mechón largo de pelo le tapaba los ojos y con un movimiento rápido de la cabeza se lo quitaba, siempre porfiando con la cintura, los pantalones que no se sostenían, en ocasiones ni con un cinto, venía de una familia destrabada y valores de ninguna índole. En su casa de madera de la calle tres, de la colonia comercial, se podían ver entrar y salir hombres y mujeres de toda clase, su madre echaba la baraja, curaba empachos y quitaba males de ojos, puestos y ajenos, la salsón, barridas y muchas veces fuimos con él por mandato de su madre a traer tierra del Camposanto de esta ciudad, “El cicuta” no afanaba , escogía una tumba de algún niño y tomaba dos o tres puñados de tierra y en la bolsa del pantalón la hacía llegar a su casa, otras veces llegaba a nuestra esquina, que bajo una lámpara intermitente pegada a un ladeado poste, era el lugar donde nos reunimos y como cosa normal nos decía que su mamá estaba ocupada con un fulano pa´sacar la comida. El cicuta apenas cursó un año y medio de secundaría, fue boxeador, bolero, cantinero, a los 17 años ya había estado en una cárcel de los USA, regresó y se alió con el «Húngaro» Houdman, para andar de pendencieros y se supo que dieron un buen golpe en Saltillo en una botica, era una pareja dispareja, el húngaro era por demás refinado, en vestir, sus modales, su lenguaje, en todo , “El Cicuta” todo lo contrario, Fernando «El Monaguillo» Morán, los bautizó como la Pandilla del Agua y el Aceite.

Corto como es el tiempo, como se difuma el humo de un cigarrillo todos tomamos giros diferentes, el poste seguía ladeado, la lámpara intermitente, la esquina sola, los Treviño de la calle 3 partieron a otros lugares y caminos, Ismael, el Mayelo Rodriguez, es abogado en Monterrey, Gonzalo en su carnicería, Fernando Morán, gran locutor, La albóndiga , con su taller mecánico en la calle 9 en Nueva Rosita y así, el Cicuta siguió su carrera de bandido, jugador, apostador y mal perdedor, pero eso si siempre ayudando en donde y como fuera a los amigos. «El Húngaro» se esfumó y al cicuta no le quedó más que brincar por centésima vez el charco y hacer su vida en el país de las cucarachas y hamburguesas. Después poco se supo de él, inclusive se comentó que acompañó en algunas jugadas al mejor jugador de billar, no sólo de N. Rosita, Coahuila, sino en un tiempo del mundo «El Clavel» quien lo mismo jugó en un casino de las Vegas, que en cualquier cantina de los callejones perdidos de Dallas,Tx. El olvido lo arropó y un medio hermano de él fue el que dio razón de que vivía en Houston Tx. y que se dedicaba a lo mismo y que también se le conocía con el mismo apodo del Cicuta.

La preferencia por las armas blancas era su delirio, influenciado comentaba, por el actor, Sal Mineo y su actuación en la película «Rebelde sin Causa» siempre hablaba de su /Lengua de Gallina/ inseparable navaja de fuelle de cuatro pulgadas y que por su forma de lengua de esa ave, así la bautizó, con ella muchas veces hirió y llevó al borde la muerte a más de uno en Rosita, Sabinas, Palau, Piedras Negras y lugares en donde había alguna jugada de billar o baraja y apuestas y la cosa salía mal. Fue en Houston, Texas, en una cantina de mala muerte «El Borinquen», situada en el barrio Magnolia, por la calle Canal y cuyos dueños fueron el puertorriqueño, Henry Morales y mi tío, Victor Maldonado, los dos fallecidos hace años.
Fue en esa cantina en donde el Cicuta, en uno de sus acostumbrados zafarranchos protagonizó un pleito como pocas veces se había visto en esos lugares, sólo contra un fuerte afroamericano (de color) y un puertorriqueño, Armando Barrera, El Cicuta, los enfrentó con su lengua de gallina, los dos contrincantes también con armas blancas, a decir de los que vieron, los contrarios lo sorprendieron, uno lo atacó por la espalda, mientras el otro lo golpeaba con un taco de billar en la cabeza, Armando tuvo tiempo de sacar su «fila» y de dos clavadas se retiró al negro, esquivó varios golpes que le tiraba con el taco y en un rincón le propinó tres navajazos mortales al puertorriqueño que ahí murió desangrado, el negro estaba herido, al igual que el Cicuta que tenía una puñalada profunda en la espalda y otra el abdomen, aun así llegó hasta donde estaba el negro y en un abrazo mortal le clavó la lengua de gallina dos veces en la espalda para caer junto a él, desvanecido.

La ambulancia levantó a dos, uno era el Cicuta y el otro el hombre de color, que a la postre se salvaron, los dos fueron a la cárcel, el Cicuta salió después de purgar 16 años. A Nueva Rosita, Coahuila regresó a principios de los 90´, Gonzalo Herrera y Fernando Morán, entre otros conocidos y, familiares que aún quedaban en el poblado le ayudaron por algunos meses, su salud era por demás deplorable, sólo su espíritu indomable de hacer cosas y tener grandes planes de ‘ganster’ y en formar una banda nadie los podía separar de su mente. Sus últimos días los pasó de coime en el Balaju, una cantina cerca del arroyo, en donde también se quedaba como velador a dormir y una mañana, tuvieron los dueños de ese Bar que llamar a un cerrajero para que abriera, porque el inquilino ya no despertará jamás. El cicuta fue y sigue siendo parte de la historia o leyenda de ese poblado, sobre todo por aquellos que en nuestra adolescencia y juventud convivimos con él.