Dentro de ese alejamiento, pensaba en cómo puede ser posible que haya personas que se sientan tremendamente identificadas con Lala, si es una empresa que jode a los campesinos laguneros. Les compra las tierras a precios de remate, y se está acabando el agua de esta desértica laguna. Pero todo sea por el bien de esas vacas holandesas.

Extra, extra: este mes de noviembre, del cuatro al doce, se celebrará el Festival de la Palabra Laguna Enriqueta Ochoa. Habrá feria del libro viejo y presentaciones. Recuerdo que el año pasado, en este marco, tuvo lugar un taller fugaz de Ensayo que impartió Jazmina Barrera. La primera sesión inició como todo protocolo: “Preséntense”. Todos seguimos la instrucción. Fui el primero: “Me llamo Erald Aguilar. Estudio aquí, trabajo allá y bla, bla, bla. Acudí porque me gusta aprender”, aunque en realidad vine porque es gratis y para tratar de fumarme lo que no entendí en la secundaria ni en la preparatoria.

Después del comercial que les hizo a sus amigos que publican la colección Contraensayo, de Tumbona Ediciones, vimos algunas referencias de autores como Walter Bénjamin, Jorge Perec y Montaigne. Según la planeación de la joven ensayista, traía preparado un ejercicio para realizarse dentro de las dos horas del taller. Este consistía en escribir una lista de objetos o acciones (al estilo Perec), luego, explorar lo que pensamos en torno a ellas (al estilo Montaigne), y todo esto, escrito desde la visión de un narrador testigo (al estilo Bénjamin).

Estaba entre un sociólogo, una ingeniera, dos cirqueras, es decir, promotoras de lectura; un intento de filósofo y otros entes extraños de quienes no recuerdo sus oficios. Cuando la tallerista propuso el ejercicio, salió una voz que hizo eco en la mayoría: “Mejor que sea para mañana, es que para escribir necesito estar inspirado”.

Ante la falta de determinación, o buena voluntad de Jazmina, decidió, que, en efecto, el ejercicio sería para dentro de veinticuatro horas. Después, la autora defeña comentó que deseaba saber más sobre Torreón en palabras de los asistentes. De pronto, todo mundo comenzó con su perorata para tratar de satisfacerla. Evoco recuerdos vagos: “Chinos, alemanes, árabes, franceses. Trabajo, pizca, algodón, trabajo. Banquetas, caminatas, calor, Morelos, Moreleando. Ciudadanos acogedores que aceptan todo calurosamente. Gente trabajadora, gorditas, Oxxos”.
Mientras mi cerebro captaba esas apreciaciones de Torreón, me hundí en un viaje que me alejó del grupo. Esta ciudad me hizo pensar en drogas, armas, poder, música banda, corridos, trabajo, franjas verdes con blanco y enajenación.

Dentro de ese alejamiento, pensaba en cómo puede ser posible que haya personas que se sientan tremendamente identificadas con Lala, si es una empresa que jode a los campesinos laguneros. Les compra las tierras a precios de remate, y se está acabando el agua de esta desértica laguna. Pero todo sea por el bien de esas vacas holandesas.

Pensé en el porqué de sentirse orgullosos de tener a una empresa como Peñoles, que es la segunda mayor productora de plata a nivel mundial, si de siete mil empleados que laboran en su imperio, sólo dos mil pertenecen al sindicato y tienen derechos. El resto son subcontratados, es decir, carne de cañón. Además, los contratistas son quienes ejecutan el trabajo más pesado, los que tienen peores instalaciones en sus áreas laborales y un sueldo miserable. Peñoles es una empresa discriminatoria. Sólo echen un vistazo a los vestidores de los contratistas, de los sindicalizados y de los empleados de confianza. Yo lo observé durante el año que vendí mi mano de obra barata ahí.

Vinieron a mi mente los recuerdos de las balaceras, los colgados en los puentes, las cabezas sobre el cofre de un carro, los ajustes de cuentas en los bares, los desaparecidos y los polizetas. Igual pasó por mi mente la compra de votos en las colonias populares y las promesas olvidadas de los políticos, que, a su vez, me recordaron a los travestis de la Morelos.

Recordé un comentario de uno de mis maestros de la universidad, “Si quieren ver una verdadera revuelta ciudadana, espérense a que vendan al Santos a otra ciudad”. Es surrealista que se junten veinte mil personas para glorificar a este equipo de primera división con calidad de liga Premier, y en una marcha para la paz o para reclamar derechos universales, sólo asista la ridícula cantidad de ciento cincuenta personas. Es increíble el fanatismo que hay en torno a este decepcionante equipo, al que el año antepasado, el municipio le condonó ochenta millones de pesos en impuestos. Pero muy pocos se atreven a reclamar, y quienes lo hacen, son juzgados de locos o de sinquehacer.

Cuando regresé del viaje de mi pensamiento, ya se había acabado la plática del taller y los asistentes se despedían con saludos y abrazos. Yo hice como si hubiera puesto mucha atención y dije adiós de la única manera que lo sé hacer: ignorándolos a todos.
Ya iba caminando rumbo a mi casa, cuando miré en una barda una pinta clandestina que decía con trazo muy seguro en color verde: “Nací desde que te conocí”. Al diablo el trabajo, la industria y el Santos. A mí me engendraron las vocales de un poema y aún no acabo de nacer