III.- Café Galeano
“Si no hay café para todos, no habrá para nadie”
Ernesto“Che Guevara

El escritor uruguayo recientemente fallecido Eduardo Galeano (1940-2015), aquel autor del texto clásico “Las venas abiertas de América Latina”, y de muchos otros más, en una entrevista para la televisión española en 2006 decía: “Yo soy hijo de los cafés de Montevideo. Cafés como este, –el Café Brasilero- el más antiguo de todos. Cafés de los tiempos en los que había que perder el tiempo. En los cafés aprendí todo lo que sé. Fueron mi única universidad. Aprendí lo más importante.”

Galeano era un cliente asiduo al Café Brasilero, establecimiento abierto desde 1877, lo que lo convertía en el Café más antiguo de Montevideo, al que Galeano consideraba como “el último Mohicano” de la capital. En reconocimiento a su fidelidad, uno de los cafés preparados se agregó al menú, y lleva su nombre: “Café Galeano”, el cual es un café compuesto por crema, dulce de leche y licor.

En “Las venas abiertas de América Latina”, Galeano nos narra con su estilo peculiar, los vaivenes del café en América Latina, sus historias plagadas de venturas y desventuras de esta materia prima maravillosa, que ha sido fuente de riqueza y de conflicto social, de despojo y de depredación de los campesinos productores, por las oligarquías latinoamericanas, y por las transnacionales.

Galeano nos explica con su admirable prosa: “Allá por los años cuarenta, el prestigioso economista colombiano Luis Eduardo Nieto Arteta escribió una apología del café. El café había logrado lo que nunca consiguieron, en los anteriores ciclos económicos del país, las minas ni el tabaco, ni el añil ni la quina: dar nacimiento a un orden maduro y progresista. Las fábricas textiles y otras industrias livianas habían nacido, y no por casualidad, en los departamentos productores de café: Antioquía, Caldas, Valle del Cauca, Cundimarca. Una democracia de pequeños productores agrícolas, dedicados al café, había convertido a los colombianos en «hombres moderados y sobrios». «El supuesto más vigoroso –decía-, para la normalidad en el funcionamiento de la vida política colombiana ha sido la consecución de una peculiar estabilidad económica. El café la ha producido, y con ella el sosiego y la mesura». Poco tiempo después, estalló la violencia. En realidad, los elogios al café no habían interrumpido, como por arte de magia, la larga historia de revueltas y represiones sanguinarias en Colombia”.

De igual forma, Galeano nos relata en “Las venas abiertas de América Latina”, la suerte de otras materias primas latinoamericanas, codicia de los mercaderes, como la grana y el añil, colorantes naturales que se desplomaron cuando en 1850 los químicos alemanes inventaron las anilinas y otras tintas más económicas para teñir las telas. Galeano nos dice: “Treinta años después de esta victoria de los laboratorios sobre la naturaleza, llegó el turno del café. Centroamérica se transformó. De sus plantaciones recién nacidas provenía, hacia 1880, poco menos de la sexta parte de la producción mundial de café. Fue a través de este producto como la región quedó definitivamente incorporada al mercado internacional.
A los compradores ingleses sucedieron los alemanes y los norteamericanos; los consumidores extranjeros dieron vida a una burguesía nativa del café, que irrumpió en el poder político, a través de la revolución liberal de Justo Rufino Barrios, a principios de la década de 1870”.

Se inicia entonces la apropiación de tierras y de hombres, “las plantaciones se convirtieron en pudrideros de hombres”. Y como toda una historia conocida antes y ahora en Latinoamérica, Galeano nos señala: “En ningún momento, todo a lo largo del siglo transcurrido desde entonces, los períodos de altos precios se hicieron notar sobre el nivel de los salarios, que continuaron siendo retribuciones de hambre sin que las mejores cotizaciones del café se tradujeran nunca en aumentos”.

IV.- Negro como la piedra de Kaaba

“Todo el mundo debería de creer en algo.
Creo que voy a tomar otro café”
Groucho Marx

El profeta Mahoma, autor del Corán, libro sagrado de los musulmanes, con su huida y persecución (Hégira) de la Meca a Medina en el año 622, funda la cronología musulmana. Una vez que triunfo en la gran guerra en 629, se traslada a la Meca de la que se apoderó en el año 630, fundándose el islamismo.

Pero se cuenta que un día el dios Alá al ver la consternación y frustración de Mahoma por la indolencia humana, y atribulado y enfermo por las grandes tareas que tenía que realizar para proteger a su pueblo, le envía un regalo a través del arcángel Gabriel, consistente en un obsequio “Negro como la piedra de Kaaba”.

Es decir como la gran piedra negra que hay en la Meca. Al probarlo Mahoma lo designó como “Qahwa”, cuyo significado es el de “excitante”, “energético”, “vigorizador”. Devolviéndole la salud y la fuerza viril. De esta forma el café tuvo su entrada triunfal al mundo musulmán. A partir del siglo XV, los musulmanes introdujeron el café en Persia, Egipto, África septentrional y Turquía, donde en 1475 en Constantinopla, hoy conocida como la antigua Bizancio, hoy Estambul, se abrió la primera cafetería, Kiva Han.

Las controversias desatadas por el consumo del café en Italia, al ser esta una bebida propia de los mahometanos, fue resuelta por el Papa Clemente VIII, cuya afición por el café lo orillo a otorgarle el bautizo cristiano. Clemente VIII al disfrutarlo y saborearlo exclamó: “Esta bebida de Satanás es tan deliciosa, que sería una lástima dejar a los infieles la exclusiva de su uso. Vamos a chasquear a Satanás, bautizándola y así haremos de ella una bebida auténticamente cristiana”.

Se cuenta también que el rey Gustavo III de Suecia en el siglo XVIII, para constatar que tanto el café como el té, no eran drogas ni bebidas peligrosas, como afirmaban sus detractores, quienes consideraban que su consumo prolongado podría ocasionar la muerte de los bebedores, ordenó a un reo tomar té, y a otro tomar café todos los días, esto bajo supervisión médica. El resultado del experimento no podría ser más elocuente, se dice que los primeros en fallecer fueron los médicos, después murió el rey, y pasados muchos años murió el condenado a beber té, y el último en morir fue el condenado a beber café.

El café pues, de acuerdo a las evidencias y registros de su origen, se ubica en las altiplanicies de Abisinia, en Etiopía, cuya modalidad denominada Arábiga crecía en forma silvestre. Los antiguos etíopes de la tribu Oroma, al parecer fueron los primeros en reconocer el efecto energizante del café antiguo, el cual preparaban con sal, ya que la azúcar era en ese tiempo un producto con muy bajo comercio. Los peregrinos musulmanes en sus peregrinaciones a la Meca, seguramente trasladaron el café de Etiopía a Arabia y de ahí a la India.

Se debe pues a los árabes el haber sido los primeros en descubrir las virtudes y el potencial económico del café. Ellos desarrollaron todo el proceso desde su cultivo hasta su procesamiento, guardando el secreto de la planta y su procesamiento muchos años.

Termino con esta frase del gran Eduardo Galeano sobre los cafés de su tierra y su formación intelectual: “A los cafés de Montevideo les debo todo, porque yo no tuve una educación formal, ni siquiera hice primero de liceo. En los cafés aprendí el arte de vivir y el oficio de narrar. Este era un templito, un templito del amor, de la amistad, un lugar de encuentro. A los lugares de encuentro hay que defenderlos, porque este es un mundo organizado para el desvinculo, para el desencuentro”