“La única función de la predicción económica es hacer que la astrología parezca algo más respetable”. Una definición chusca de los profesionales de la ciencia económica es aquella que señala que: “Un economista es alguien que gana dinero explicando a los demás como han perdido el suyo”

“Un economista es un experto que mañana sabrá explicar
porqué las cosas que predijo ayer no han sucedido hoy”
Lawrence J. Peter.

Existen infinidad de chistes crueles sobre los economistas, muchos de ellos son referidos a las supuestas abstracciones, teorizaciones y modelos que los economistas emplean en el análisis de la realidad, motivo por el cual la percepción popular asume que esta noble profesión es árida, contradictoria e incomprensible. Los fundamentos de estas aseveraciones jocosas como diría un economista en son de broma, dependen del enfoque y de los supuestos teóricos que los sustentan. Así por ejemplo un chascarrillo con una cierta dosis de verdad señala: “El de la economía es el único campo en el que dos personas pueden obtener el premio Nobel por decir uno exactamente lo contrario del otro”. Jaime Ros, economista mexicano, argumenta la pertinencia, veracidad y contundencia de esta aseveración, y nos dice: “Milton Friedman recibió el premio en 1976 por sus aportaciones a la teoría monetaria y James Tobin en 1981 por su contribución a una teoría monetaria completamente distinta; Bertil Ohlin lo obtuvo en 1977 por su contribución a la teoría neoclásica del comercio internacional y Paul Krugman en 2008 por su aporte a la nueva teoría del comercio internacional, crítica de la teoría neoclásica; Robert Lucas (1995) y Daniel Kahneman (2002) lo obtuvieron por visiones completamente encontradas de la racionalidad económica y la incertidumbre.

De hecho se puede agregar a la afirmación anterior que no solo se puede obtener un Premio Nobel por decir lo contrario que otro Premio Nobel. Se puede compartir el mismo Premio Nobel por decir lo opuesto que el economista con el que se comparte el premio. El caso más connotado es el de Friedrich Hayek, el archienemigo de Keynes, y Gunnar Myrdal, precursor de la teoría macroeconómica keynesiana, que lo obtuvieron en 1974 por “su trabajo pionero en la teoría del dinero y las fluctuaciones económicas y por sus penetrantes análisis de la interdependencia de los fenómenos económicos, sociales e institucionales”. Otro caso es el de Arthur Lewis y Teodoro Schultz que lo compartieron en 1979 por contribuciones completamente opuestas a la teoría del desarrollo económico”
(http://www.economia.unam.mx/publicaciones/econinforma/383/08ros.pdf)

Y es que el chiste de acuerdo a las interpretaciones freudianas “es un termómetro que mide la agresividad, la angustia el dolor y el descontento”. Aunque también el chiste persigue el placer y la satisfacción, tanto del que lo comunica como del que lo recibe. Es decir que el chiste tiene sus dosis de negatividad, como de carga lúdica y jocosa. Véase por ejemplo el siguiente chiste: “El primer día Dios creo el sol. De manera que el Demonio creó las tinieblas. El segundo día Dios creó el sexo. En respuesta, el Demonio creó el matrimonio. El tercer día Dios creó un economista. Esto fue un golpe para el Diablo; pero, al final, después de pensarlo mucho, creó un segundo economista”. O que le parece este otro: “Dos economistas se encuentran en la calle. Uno pregunta: «¿Qué tal está tu mujer?» El otro responde «¿En relación a qué?». O este: “¿Qué hace un economista?: Mucho en el corto plazo, que supone nada en el largo plazo” (http://www.usc.es/fundm/docs/cheseco.htm)

El gran economista canadiense John Kenneth Galbraith, con una suave e inteligente ironía nos describe las funciones de la economía de la siguiente forma: “La economía es extremadamente útil como una forma de empleo para los economistas”. También nos dice: “La única función de la predicción económica es hacer que la astrología parezca algo más respetable”. Una definición chusca de los profesionales de la ciencia económica es aquella que señala que: “Un economista es alguien que gana dinero explicando a los demás como han perdido el suyo”.

Decía el viejo Marx, Groucho Marx, por supuesto: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”, y remataba: “¡Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero! ¡Pero cuestan tanto!”. Dinero, dinero maldito que nada vale, como diría José Alfredo, pero que sin embargo es la base de nuestra sociedad moderna, fundada en las relaciones mercantiles. Sistema económico donde, – ahora si como diría el viejo Marx, Carlitos Marx, por supuesto- : “La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos revela como un , y la mercancía como su forma elemental”. Producción de mercancías por medio de otras mercancías para su venta, y obtención de ganancias para su reinversión, es la clave para la acumulación. Producir valor, centrado en el trabajo, y extraer plusvalía, en el “marco de la ley”, es decir explotar como dios manda, revitaliza el círculo virtuoso del capitalismo.

Pero el virtuosismo de un sistema basado en la explotación y en la competencia descarnada, tiene sus límites, ya que el mercado encierra una paradoja, construye y destruye, ya lo decía Jaime Ros economista mexicano, citando a Krugman: “Esta situación ha llevado al economista Paul Krugman a hablar de la situación que ha prevalecido en los últimos treinta años como “la edad obs¬cura de la macroeconomía” (Krugman, 2011). En estos años, los últimos treinta, piensa Krugman, sucedieron dos cosas. En primer lugar, se destruyó conocimiento previamente acumulado con consecuencias sociales nefastas. En efecto, se repiten hoy, con una fe que no existía hace treinta o cuarenta años, las mismas falacias que se decían en los años treinta antes y después de la publicación de la Teoría General. En segundo lugar, en estos años, ha predo¬minado una visión de la macroeconomía en la que se supone que los agentes económicos, con gran información sobre el funcionamiento de la economía y basados en las correspondientes expectativas racionales, formulan sus planes óptimos de producción, inversión, consumo, trabajo y ocio, y los mercados, en equilibrio continuo, se encargan de volver consistentes entre sí esos planes óptimos. Otra manera de referirse a esta visión es, en la expresión de (Buiter, 1980), como la macroeconomía del Dr. Pangloss (El Dr. Pangloss era el tutor de Cándido en la obra de Voltaire que decía que todo está lo mejor posible en el mejor de los mundos posibles)”.
(http://www.economia.unam.mx/publicaciones/econinforma/383/08ros.pdf).

De ahí el descredito de la economía y de los economistas, y la proliferación de los chascarrillos, ya que las crisis económicas recurrentes, y los modelos económicos explicativos actuales de tipo neoliberal, están también en crisis. Jaime Ros nos dice:
“Ello y el espectáculo que ofrecen las controversias entre economistas de distintos bandos, que repiten en gran medida los debates de política macroeconómica de los años 1930, cuando la macroeconomía nació como disciplina con la publicación de la Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero (1936) de Keynes, han llevado al público en general a abrigar graves dudas sobre la seriedad de la disciplina. Como lo ha dicho la revista británica The Economist, de todas las burbujas económicas que han estallado, pocas lo han hecho tan espectacularmente como la reputación de la economía misma”.
(http://www.economia.unam.mx/publicaciones/econinforma/383/08ros.pdf)

Es pues innegable la fundada necesidad de algunos sectores ingeniosos de la población de mofarse del sacrosanto círculo de los economistas, aunque agarrando parejo a los neoliberales, monetaristas, keynesianos, marxistas, y demás corrientes económicas. Con esta digresión, van pues otros chascarrillos, con todo respeto como diría el Peje, para mis compañeros economistas: “Un físico, un químico y un economista se encuentran perdidos en una pequeña isla, después de que el barco en el que viajaban naufragase. No hay ningún tipo de recurso en la isla, y lo único con lo que cuentan es con una lata de conservas, que la marea arrastró a la orilla. Los tres están desesperados por acceder al contenido de la lata. Cada uno comienza a proponer ideas para poder abrir la lata. El físico propone: “… teniendo en cuenta la posición del sol y la sombra que proyecta esta palmera podemos concluir que su altura es de x metros; si accedemos a los más alto de ella y lazamos con una fuerza y la lata contra esta roca, podremos acceder sin problema al contenido…”; el químico dice: “… teniendo en cuenta el índice de salinidad de las aguas de la zona y la proyección de los rayos solares sobre la superficie, si colocamos la lata bajo el agua durante x tiempo, la corrosión debilitará la lata y…”; el economista, tras haber escuchado a sus compañeros de aventura, dice: “… supongamos que tenemos un abrelatas”.

Otro más: “Tras muchos años, un economista visita nuevamente la Universidad donde cursó sus estudios. Allí se encuentra con algunos de los que fueron sus profesores y les pregunta por los exámenes que se están poniendo a los alumnos en la actualidad. Atónito comprueba que siguen siendo los mismos de siempre. Cuando pregunta a sus profesores por ese hecho, estos le responden. “las cuestiones son siempre las mismas; lo que cambian son las respuestas”. Un chascarrillo más: “Tres economistas van de cacería. Encuentran un venado. Dispara el economista A, el balazo pega dos metros a la izquierda del venado pero este no se asusta. Dispara el economista B, el balazo pega dos metros a la derecha del venado pero este no se asusta. El economista C dice: “vámonos ya lo matamos”. ¡Tará!” Y concluimos con un chascarrillo histórico: “¿Por qué Cristóbal Colón fue el primer economista? Respuesta: Porque cuando dejó el Puerto de Palos para descubrir América ignoraba a donde iba; cuando llegó, ignoraba dónde estaba y, además, lo hizo con una beca del Gobierno”.