“sólo sé que desde ese momento se me metió en la cabeza y en el corazón la idea de querer ser torero. Y así soñaba dormido y despierto toreando un toro...”

En principio, quiero agradecer la oportunidad que me brindan para expresar mi opinión y comentar algunas experiencias adquiridas a través de más de cuarenta años ligado a la apasionante fiesta taurina; no pretendo con estas colaboraciones convencer a nadie de que soy poseedor de la verdad absoluta en materia taurina, pero sí es mi intensión dar a conocer, de una manera clara y objetiva, lo que de verdad es para mí la fiesta brava.

Comienzo desde mi primera infancia en la que mi padre me llevaba de la mano a los tendidos de la plaza de toros en donde me cautivaron el colorido, la pasión, el toro; pero principalmente la entrega de los hombres principescamente vestidos que tenían el valor de ponerse frente a la fiera y crear algo tan vistoso, tan bonito con sus capas, que fuera capaz de emocionar a todos de una manera indescriptible que me contagiaba y me hacía sentir algo que nunca había sentido. Debo confesar que no recuerdo haber visto sangre ni que las mulillas se llevaran al toro muerto, de verdad eso no lo recuerdo. Sólo sé que desde ese momento se me metió en la cabeza y en el corazón la idea de querer ser torero. Y así soñaba dormido y despierto toreando un toro, nunca me pasó por la mente que tendría que matarlo o él a mí, supongo que en ese tiempo nos enseñaban la realidad de la vida y la muerte. “Todo lo que tiene vida algún día tendrá que morir”. Y lo veíamos como cosa natural, como natural es el vivir y el morir pues “sólo le tiene miedo a la muerte el que no ha vivido”.

Y así preguntando y buscando a gente que conocía del tema, supe que, para ser torero, lo primero es parecerlo, después convertirte en un atleta, dedicar muchas horas del día al acondicionamiento físico, y ensayar, ensayar y seguir ensayando, para primero saber mover el capote y la muleta con elegancia y eficacia. Decía el maestro Alfonso Ramírez “El Calesero” – Tienes que entrenar de manera tal, que la muleta sea una extensión de tu brazo. Que puedas sentir si se le para una mosca-. Después renunciar a llevar una vida “normal”, estar dispuesto a ser el bicho raro del colegio que, en lugar de jugar un partido de futbol, prefiere irse a la plaza a entrenar. El antisocial que nunca está en las reuniones familiares por estar metido en sus entrenamientos, cuidando la figura y soñando con esa locura de querer ser torero.

Posteriormente plantearte si serás capaz de ponerte delante de un animal bravo, al cual le deberás tener un profundo respeto y admiración, por el cual has dedicado muchas horas de preparación, ilusiones y sacrificio. Sabiendo que a pesar de todo tu esfuerzo, el más pequeño descuido te puede llevar incluso a perder la vida. Preguntarte a ti mismo si podrás poner en práctica todo lo que has aprendido, y con carácter y decisión lograr enfrentar a ese animal a cambio de la satisfacción de poder vencer tus miedos y aprender a muy corta edad, que con valor y gallardía, iras venciendo los miedos que el toro de la vida te plantea. Porque al iniciar esta carrera, como en todas, no hay fama ni fortuna, tan solo la exigencia de mejorar cada día para poder alcanzar un sueño. Es por lo anterior que se respeta tanto la jerarquía entre los toreros, y se ve con admiración a todo aquel que ha conseguido un logro importante, aun teniendo que pagar el tributo de su propia sangre para conseguirlo.

Es por ello que quiero cerrar esta participación, reproduciendo el prólogo de Luis Spota en su libro “Mas Cornadas da el Hambre”:
“A LOS HÉROES DEL HAMBRE Y DEL MIEDO, NADIE LOS RECUERDA PORQUE NO ALCANZARON UN NOMBRE. MUCHOS DE ELLOS, SIN EMBARGO, DEJARON SU VIDA EN LAS CAPEAS, Y TODOS SU JUVENTUD”.