La recta final del siglo XIX culminó con una revolución, la de Tuxtepec, a través del Plan de Tuxtepec encabezado por el General Porfirio Díaz quien se levanta en armas a fin de derrocar al Presidente en turno Sebastián Lerdo de Tejada ante su inminente reelección. El siglo XX empezó con otra revolución, ahora a través del Plan de San Luis encabezado por Francisco I. Madero el 20 de noviembre de 1910 que llama a tomar las armas en contra del gobierno del entonces Presidente Porfirio Díaz tras más de treinta años en el poder; sin embargo, éste no sería el último conflicto violento por el poder en México, llevábamos ya dos siglos de violencia y muerte que ensangrentaron nuestro territorio, pero lo peor de todo es que la mayor parte de la sangre derramada era entre hermanos, guerras fratricidas.

Entre las dos revoluciones, la llamada “Paz porfiriana” generó violencia y muerte con la justificación del “desarrollo y el progreso”; miles de indígenas mayas y yaquis fueron despojados de sus tierras, esclavizados y explotados hasta la muerte con la única intención de favorecer a los grades hacendados y capitalistas que encontraron en México las condiciones necesarias y los nichos de oportunidad para realizar inversiones e incrementar su fortuna. Durante este periodo se instauró la llamada “Ley de fugas” que facilitaba el exterminio extrajudicial y extralegal tanto de disidentes del gobierno como de reos o trabajadores. De ahí la frase atribuida a Porfirio Díaz de “Mátalos en caliente”.

A mitad del siglo XX y después de varios sucesos violentos y muertes por el poder, las revoluciones terminaron y empezó la “etapa institucional”; el Presidente Plutarco Elías Calles “Jefe máximo de la Revolución” instauró un régimen cuya influencia era absoluta a pesar de no estar a la cabeza de la Presidencia de México, régimen que se denominó “Maximato”. Durante el cual uno de los últimos sucesos violentos por la búsqueda del poder fue la “Rebelión escobista”, movimiento armado revolucionario en 1929 al mando del general José Gonzalo Escobar, militar mazatleco que desconoció al entonces Presidente Emilio Portes Gil en su búsqueda por el poder y la Presidencia de la República; sin embargo, este movimiento no fructificó pero dejó una ola de violencia en Sonora, Sinaloa, Coahuila, Chihuahua, Durango, Monterrey, Nuevo León y Veracruz entre algunas otras plazas. Finalmente el movimiento fue sofocado por el ejército federal y el General Escobar huyó a Canadá con el dinero saqueado a los bancos durante el movimiento revolucionario.

Es precisamente en 1929 que, al mismo tiempo que se levantaba la última de las rebeliones armadas, desde el gobierno federal y en co-participación con “Jefe máximo” se creaba el Partido Nacional Revolucionario (PNR) que aglutinaba a todas las fuerzas políticas en pugna por el poder, esto es, se concentraba e institucionalizaba la lucha por el poder, ésta ya no sería a través de las armas sino de la política institucional.

Con la finalidad de desmantelar todo el aparato callista; el General y Presidente de México Lázaro Cárdenas del Río (1938) desarticuló el antiguo Partido Nacional Revolucionario (PNR) y creó el Partido Revolucionario Mexicano (PRM) dando cabida en la lucha institucionalizada por el poder no sólo a los militares sino también a los civiles con el apoyo e inclusión de los sectores populares, obreros y campesinos; lo que dio origen al corporativismo, apaciguando así al país de la violencia imperante por más de dos siglos en la pugna.
Esta paz relativa a través de la institucionalización de la pugna por el poder hizo cesar la violencia entre los distintos grupos y facciones; sin embargo, dio paso a la institucionalización de una violencia estatal para el sostenimiento del statu quo. El conservadurismo político, social y cultural dominó las décadas siguientes hasta que en 1968 el sistema no resistió. El unipartidismo y el autoritarismo gubernamental dieron paso a una etapa en la que cualquier manifestación de oposición política al régimen en turno era considerada un atentado contra el Estado mismo y por lo tanto había que sofocarla y extinguirla aún y con la fuerza y la violencia; esta etapa fue denominada “Guerra sucia”, que inicia al final de los años sesenta a través de un conjunto de medidas de represión militar y política para disolver los movimientos sociales de oposición al régimen. Movimientos con una ideología cargada de la filosofía comunista que diera origen a grupos guerrilleros en México opositores al régimen y financiados desde el exterior, principalmente, países anticapitalistas. Llamada también “Guerra de baja intensidad” en México, en la cual el Estado reprimía no sólo por la vía política a los opositores sino que también realizaba desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales y una gran presión sobre los medios de comunicación.

Así en 1968 el régimen autoritario dio de sí y una manifestación estudiantil terminó en tragedia con la muerte de varias decenas de estudiantes y la desaparición de centenas de éstos. El Presidente en turno, Gustavo Díaz Ordaz asume toda la responsabilidad de tan atroz acto de violencia, ya no por alcanzar el poder sino ahora por mantenerlo y ejercerlo. Irónicamente a partir de ahí el poder hegemónico se empezó a diluir.

A poco más de la mitad de siglo XX la violencia en México por el poder se escondía pero no cesaba; faltarían todavía por mencionar muchos otros sucesos violentos en la segunda mitad del siglo XX y los albores del siglo XXI, como el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y los movimientos del Ejército Popular Revolucionario entre muchas otras guerrillas clandestinas; matanzas como las de Aguas Blancas, Tlatlaya, Ayotzinapa y Tanhuato; asesinatos de diputados, candidatos presidenciales, políticos y representantes religiosos; así como, más de ciento cincuenta mil muertos producto de una “guerra contra el crimen” y más de veintiséis mil desapariciones forzadas; sin olvidar los centenares de muertes de migrantes en su paso por México y los cientos de mujeres asesinadas en la frontera con Estados Unidos.

A todos esos eventos violentos seguramente escapan muchos más a la memoria y conocimiento del que escribe; sin embargo, sin ser exhaustivos sólo queremos poner sobre relieve el México bronco y bárbaro que vive en nosotros y que no ha podido superar esa etapa primitiva de violencia en la búsqueda por el poder.

Ojalá que con el esfuerzo de todos, con base en una educación de calidad y mejores oportunidades, las próximas generaciones dejen atrás al México violento y den paso al México pacífico, próspero e igualitario al que muchos aspiramos pero aún no vemos.