Las razones y causas por las que los electores, ciudadanos con derechos electorales no salieron a votar fueron muchas pero la más recurrente fue “todos los candidatos son iguales y nada va a cambiar”...

El concepto de nihilismo proviene del latín “nihil” que significa“nada”; y es aquella corriente filosófica que toma como base la negación de cualquiera de los supuestos que dan sentido de la vida, esto es, para los nihilistas la vida carece de significado objetivo, sin un propósito o valor intrínseco; es una crítica social, cultural y política a los valores costumbres o creencias de la sociedad a la que se pertenece.

Se dice que este término fue recuperado y redimensionado por el novelista ruso Iván Turguénev en su obra “Padres e hijos” de 1862, quien afirma que «Nihilista es la persona que no se inclina ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como artículo de fe», atributo principal de los intelectuales del siglo XIX, estudiantes acomodados de la clase alta que estaban desilusionados con el muy lento avance del reformismo social de la época.

Sin embargo, el nombre y razón de éste artículo viene a colación respecto a los procesos de elección que recientemente experimentamos los ciudadanos mexicanos en la pasada contienda electoral de junio para la elección de representantes populares, entre los cuales estuvieron bajo disputa los puestos de diputados de legislaturas locales, presidencias municipales y gubernaturas.

Tras los resultados de las votaciones pudimos observar el gran grado de abstencionismo electoral que reflejaron los resultados. Aproximadamente la participación ciudadana osciló entre el 40% y el 55% en el país, siendo Sinaloa el Estado que más bajo porcentaje de participación tuvo en las pasadas elecciones.

Las razones y causas por las que los electores, ciudadanos con derechos electorales no salieron a votar fueron muchas pero la más recurrente fue “todos los candidatos son iguales y nada va a cambiar”, esto es, un determinismo histórico que aparentemente justifica la no participación ciudadana; sin embargo, esto no es así. Pondremos en caso de las votaciones para la alcaldía de Mazatlán, las cuales inicialmente resultaron con un margen de diferencia de 12 votos a favor de uno de los candidatos, pero que, tras el recuento, independientemente de todo, el resultado fue favorable al otro de los candidatos, con una diferencia de tan sólo 65 votos, ambas cifras insignificantes, pero de gran trascendencia.

A dónde queremos llegar con todo esto estimado lector, pues a que seguramente usted, como yo, conoce a más de un par de amigos, vecinos, compañeros de trabajo o escuela, parientes, socios o simplemente conocidos que decidieron no salir a votar el pasado 5 de junio argumentando que “todos son iguales” y que “de todas formas van robar”; nada más cierto y falso a la vez.

Me explico, si bien es cierto que tales afirmaciones tienen fundamento en la experiencia política de la ciudadanía en general; porque el mal comportamiento políticos de los representantes populares lo tienen más que ganado con sus inveteradas argucias para no cumplir todo lo que prometieron en campaña; no menos cierto es que entre uno y otro sí hay diferencias; y que esas diferencias pueden gustarnos o no dependiendo nuestra visión de las cosas y sobre todo de nuestra visón de la vida política de nuestra comunidad.

Así, mientras unos prometen algunas cosas y otros otras; ambos tienen diferencias sustanciales, que determinarán línea de gestión del cargo popular, esto es, en tratándose de temas controvertidos por ejemplo, sólo por extrapolar simplemente, podemos argüirsobre la permisividad o prohibición del matrimonio entre personas del mismo sexo; la permisividad o prohibición de la adopción de menores por parejas del mismo sexo; la permisividad o prohibición de la interrupción del embarazo; la permisividad o prohibición de festejos lésbico-gay en las plazas públicas entre muchos de otros temas que marcan una diferencia fundamental entre liberales y conservadores, entre tolerantes e intolerantes, entre progresistas y retrógradas, en fin; entre ciudadanos que tienen una cosmovisión distinta e irreconciliable con otros pero que coexisten en el mismo espacio y comunidad.

Como los temas antes mencionados existen muchos otros que; ya sea derivan de éstos o que van por cuerda aparte; por ejemplo, una administración pública privatizadora en contraposición de una administración pública estatista; una cuya apuesta sea la visión globalizadora en contraposición de aquella que tiene una visión regional o localista; una administración con visión empresarial contra una administración con una visión burocrática, una administración popular contra una de élites, una administración para muchos contra una administración para pocos, etc.

Así las cosas, la premisa de que todos son iguales carece de fundamento; sin embargo, el tema central no son las características de los candidatos, servidores públicos, gobernantes, legisladores o representantes populares; sino las características de aquellos ciudadanos que, teniendo el derecho y la obligación de participar en la vida democrática de su comunidad, no lo hacen por este concepto que llamamos neo-nihilistas políticos.

Este concepto deviene, como lo fundamentamos en el inicio de este artículo, de aquella persona que niega el valor fundamental de las cosas, subestima el valor intrínseco de las acciones humanas, critica los valores culturales, políticos y sociales de la sociedad en la que se desenvuelve. Y en este sentido, este nihilista político es también un determinista histórico, esto es, una persona que no cree en los cambios y que éstos pueden ser producto de las acciones e inacciones humanas; creé que todo está determinado históricamente, que nada puede cambiar. Nada más falso.

Bien, pues con el resultado tan cerrado en las pasadas elecciones para la alcaldía de Mazatlán nos podemos percatar que la participación ciudadana a través voto puede incidir en la toma de decisiones de los representantes populares de su comunidad. 65 votos marcaron la diferencia entre una administración y otra; entre una visión de la cosa pública y política de una comunidad y otra.

El neo-nihilismo político, la crítica estéril sin participación ni propuestas no sirve de mucho, de hecho, no sirve de nada. Este neo-nihilismo político y el determinismo histórico que lo acompaña no caben en las democracias contemporáneas; nuestras acciones y abstenciones construyen nuestro entorno, nuestro presente y nuestro futuro.

Seguramente hoy hay más de 65 personas (neo-nihilistas políticos) que no están conformes con los resultados electorales; sin embargo, no se tomaron la molestia de incidir el resultado a través de su voto.