"Sin embargo, esta adopción de patrones de conducta y consumo, promovidas principalmente por los medios de comunicación masiva de libre mercado, no modificaron la esencia de las civilizaciones básicas o fundamentales"

El nombre y contenido de esta entrega deviene de uno de los capítulos de la obra del politólogo Samuel Philip Huntington “El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial”, obra que versa sobre las distintas formas adoptadas por la política mundial tras la caída del comunismo.

En “Choque de civilizaciones y… ”Huntington afirma que en el mundo de la postguerra fría, lo que importa no son ya las banderas y las ideologías, sino la identidad cultural, producto de los procesos ‘civilizacionales’ que a lo largo del tiempo han forjado todos los elementos culturales de una gran cantidad de individuos unidos por lazos de afinidad lingüística, evolutiva, cultural, ideológica, religiosa, económica, política, social y de valores.
Esta identidad cultural ha sufrido ciertas transformaciones a lo largo del tiempo, debido, principalmente a las diversas Revoluciones Evolutivas y transformadoras de la sociedad, empezando por la Revolución neolítica 8,500 años antes de la era cristiana hasta la Revolución Tecnológica de nuestros días, sin embargo, los rasgos característicos de grandes masas de personas identificadas entre sí aún se conservan pese a la influencia de los cambios sociales producidos por los diferentes procesos evolutivos de la sociedad.

En este sentido, ‘Huntington’ clasifica al mundo en nueve civilizaciones básicas o fundamentales de las que se desprenden otros tipos de relaciones sociales, pero siempre unidas por lazos de identidad cultural que finalmente vuelven a converger para tratar de unificarse nuevamente tras estos procesos sociales de desintegración, producto principalmente de conflictos bélicos mundiales en los que los vencedores definen el mapa mundial bajo su influencia y reorganizan el nuevo orden mundial con intereses muy particulares en favor de la coalición vencedora y obviamente en detrimento del eje vencido.

Estas nueve civilizaciones básicas o fundamentales que comparten rasgos de identidad cultural independientemente de su sistema de gobierno y ubicación geográfica son: 1) la occidental; 2) Latinoamericana; 3) Africana; 4) Islámica; 5) Sínica; 6) Hindú; 7) Ortodoxa; 8) Budista y 9) Japonesa.

La supuesta paz, producto de la posguerra fría ocasionó que los conflictos mundiales se regionalizaran, esto es, una vez reconfigurado el orden mundial, las distintas regiones empezaron por sí mismas a adaptarse al nuevo orden y con ello a reconfigurarse internamente, ocasionando con ello una serie de conflictos internos, principalmente étnicos, raciales, religiosos y culturales que han producido decenas de guerras civiles, cientos de conflictos internos, miles de muertes y millones de desplazados.

Christopher Dawson, citado por Huntington; afirma que: “las grandes religiones son los fundamentos sobre los que descansan las grandes civilizaciones”. El propio Huntington afirma que la religión es una característica definitoria básica de las civilizaciones y que, de las cinco religiones mundiales, a decir, el cristianismo, el islamismo, el hinduismo, el confusionismo y el budismo; sólo éste último no se asocia a grandes civilizaciones.

Tras la victoria del bloque occidental en la segunda guerra mundial, así como, el triunfo aparente de las políticas públicas occidentales de libre mercado y consumo en contraposición a la filosofía socialista y comunista del bloque perdedor que finalmente se derrumba junto con el muro de Berlín, la desintegración de la URSS y su área de influencia como Yugoslavia y áreas afines; la “modernización”, industrialización y prácticas de comercio, hicieron que las distintas comunidades se mimetizaran temporalmente, adoptando patrones de conducta y principalmente de consumo propuestos por el bloque occidental a través de las políticas liberales y neoliberales de economía.

Sin embargo, esta adopción de patrones de conducta y consumo, promovidas principalmente por los medios de comunicación masiva de libre mercado, no modificaron la esencia de las civilizaciones básicas o fundamentales; sin bien es cierto que ahora podemos ver cómo los rusos consumen refresco de cola y hamburguesas americanas a través de franquicias; o que los árabes cantan canciones y hacen música dotando los patrones impuestos por la moda occidental, no menos cierto es que los rasgos de identidad cultural han sido intocados. Y esto se debe, en gran medida, a que independientemente de los hábitos de consumo, los rasgos culturales como la lengua, la religión, la cosmovisión, la historia, las tradiciones y el legado histórico permanecen no sólo por herencia cultural, sino también por la llamada “revancha de Dios”, ‘reindigenización’ o ‘indigenización’ de segunda generación de los pueblos a los que la “modernidad” producto de la Revolución industrial en el siglo XVIII; la Revolución política del siglo XX y la Revolución tecnológica del siglo XXI, no les ha traído bienestar y paz, sino todo lo contrario.

La falta de oportunidades, educación, salud, empleo, vivienda y paz entre muchas otras cosas han provocado que grandes masas de personas, principalmente jóvenes, se vuelquen a la redefinición de sí mismos a través de creencias e instituciones religiosas que prometen la reivindicación de su propia identidad a través de los principios fundamentales de la existencia humana según cada una de esas religiones.

Desafortunadamente, algunos falsos profetas y fundamentalistas aprovechan este resurgimiento religioso mundial para convertirlo en una revancha divina en contra de la civilización occidental y de lo que ella representa.