Los humanos aprenden a conocer el mundo, las cosas que existen y las cosas que ocurren, a través de su lengua. Por lo demás, las palabras son representaciones de las cosas, y al articularlas se puede concebir relaciones entre unas cosas y otras. La capacidad de enriquecimiento intelectual de una persona deriva del trato con los demás, especialmente en la lectura. Gracias a la lectura no sólo se vive apoyado en la propia experienc

El porcentaje de la población alfabetizada con la capacidad para servirse realmente de la comunicación escrita, tanto en su comprensión como en su expresión —entiéndase lectura y redacción, respectivamente—, es irrisorio, a ojo ligero, no mayor al 3%. Tal vez me equivoque y en realidad sea menos. O mucho menos.
Esta minoría rebelde, en términos populares, promueve y utiliza formas opuestas a las establecidas en la sociedad; esta gente lee. Esa minoría ha hecho de las letras, en su amplio espectro, su pasaje matriz a disímiles pero fructuosos escenarios —ajenos e inaccesibles al resto de la población—; esa gente lee. Esa gente lee. Lee.
Hablar de contracultura, pues, no es una exageración. Así, sin mayor dictamen terminológico. Hablar de contracultura escrita refleja una realidad tan ostensible como la ausencia de libros en la mayoría de los hogares, como los virginales libros en los libreros ornamentales de otros tantos hogares o como el cúmulo de libros “utilitarios” que colman y estorban en espacios de estudiantes y profesionales. Hablar de contracultura escrita implica, por lo demás, el manifiesto rótulo de un flagelo que no ha tocado a unos pocos pero que sí ha desgarrado el camino de los muchos restantes, sin que éstos logren darse cuenta y, por tanto, sin que logren sopesar su yerro. Lo grave es que así seguirá.
Ahora bien, todo esto último es ya un cliché. ¡¿Dónde radica, pues, en la práctica, la ventaja de la lectura; de qué sirve leer?! Mucho para concretarlo en un epítome puntilloso pero a la vez relativamente sencillo como para esbozar su quid inaugural. De este modo, pues, ante todo, aclarar términos. Para empezar, repetir o pronunciar palabras enlazadas, oralmente o en silencio, no es leer; eso es un vil simulacro de lectura. Leer es otra cosa. Leer es comprender. Sin comprensión no hay lectura, por lo demás. Que quede claro. Leer es darle sentido y significado a un texto. Así, el manoseado término comprensión lectora apunta —o debería apuntar— a la comprensión propiamente tal, en puntualidades en las que ésta por algún motivo no está presente; o bien, comprender mejor lo que es módico o insuficiente, para lograr aprehender el alma de un texto.
(A propósito de lo anterior a lo inmediato, el término comprensión lectora es incorrecto; al menos así se colige del significado “lector(a)” del DRAE. Lo correcto es el germinal comprensión de lectura.)
La civilización está construida desde la comunicación escrita. Lo escrito perdura, se eterniza. Lo escrito es lo que debe trascender; lo hablado es materia de la cotidianeidad, del diario vivir. Así las cosas, no es poco decir que a través de las herramientas presentes en el proceso de lectura, emerge un atisbo de intelectualidad superior. Entre éstas resaltan la capacidad y desenvoltura frente al reconocimiento de signos, la decodificación de palabras articuladas (por así llamarlo), la ilación de ideas, la inducción de fragmentos, la deducción de ámbitos… aparte del contenido en sí, el fondo. El mundo se abre; la mente crece.
Los humanos aprenden a conocer el mundo, las cosas que existen y las cosas que ocurren, a través de su lengua. Por lo demás, las palabras son representaciones de las cosas, y al articularlas se puede concebir relaciones entre unas cosas y otras. La capacidad de enriquecimiento intelectual de una persona deriva del trato con los demás, especialmente en la lectura. Gracias a la lectura no sólo se vive apoyado en la propia experiencia, sino también en la de los demás, quienes transmiten la suya a través de la palabra. Eso y más.
Ante esto, la sociedad —especialmente la familia, la comunidad académica y los gobiernos— ha errado el camino. La cruzada de la lectura y la redacción ha fracasado y así seguirá hasta que la sensatez no comande las directrices. Ha fracasado desde el cimiento, desde el entendimiento de qué es la lectura, qué implica y a qué conlleva, cómo abordarla.
¿Qué hacer? Ése es otro tema, tema para otras palabras…
Aquí abajo, desde la esquina lejana y elevada y a la vez casi subterránea de la cultura escrita, la contracultura escrita, subsisten escritores —no todos, no la mayoría, al menos contemplando a quienes sin más dicen serlo—, una ínfima comisión descollada de maestros, uno que otro profesionista perplejo —fincado por su propia perspectiva iluminada—, dos o tres insurrectos del sistema y un etcétera misérrimo. Desde aquí se puede otear el camino alevoso del vulgo vulgar, no lector. Pero desde aquí también se puede invitar a la mayoría a ser parte de esta minoría.

Por ahora sólo invito. Después daré detalles.
Únete a la contracultura escrita. Lo primero es la voluntad