¿Cómo conformar la identidad cultural ante esta heterogeneidad de culturas de la población e ideologías de las élites en pugna (conservadores y liberales)? Al triunfo de los liberales, un nuevo “yo” se conforma y es el que va a dirigir el destino del país; le impone al “otro”, a la gran masa de la población que vive en la pobreza y analfabetismo, su modelo extranjerizante, sin tomar en cuenta el mosaico cultural. Con la urgencia de establecer un nuevo orden que le dé prioridad al individuo y no a corporaciones, le impone una educación dirigida por el Estado, destruye así el control monopólico del clero en todas las ramas del ejercicio público y privado. Esta hegemonía de los liberales se ve legitimada con la Constitución de 1857, estableciéndose así la República Federal y Representativa, con Juárez a la cabeza.

A la postre se configura una comisión para estructurar la educación con el positivista Gabino Barreda. El modelo pedagógico implantado, se sustenta en los principios positivistas extraídos de la doctrina de Augusto Comte. Barreda concebía a la educación, como la propulsora del hombre moderno basado en la razón y la ciencia; se constituye así, el más vigoroso instrumento de la reforma social. Se unifica la instrucción primaria considerándola a la vez, laica, gratuita y obligatoria; se crea la Escuela Nacional Preparatoria considerada como una base sólida para la educación superior. El plan de estudio está basado en la enseñanza científica, con matemáticas al principio, luego las ciencias naturales, que le dé un impulso a la ciencia y tecnología, la cual hacía falta para la industrialización del país.

Se cimienta una nueva pedagogía que suple de hecho a la pedagogía tradicional practicada por el clero. El nuevo modelo pedagógico contribuye sobremanera para formar cuadros de la misma burguesía naciente, la del “yo” que en ese momento dirigía los destinos del país; al menos, la ciudad se veía favorecida con dicho modelo y se rezaga el “otro”, la población rural. Covarrubias citado por Solana, señala que en 1875 existían más de ocho mil escuelas en el territorio nacional, y en ellas se atendían 349 mil niños, de una población infantil de 1’800,000, revelando un gran déficit de 1’451 mil sin escuela (1982, p. 28).

Desde la Reforma al porfiriato, México no conformó su identidad cultural. El desarrollo económico corresponde a la élite del porfirismo, lo que distingue al país como una sociedad tradicional que en relación a los países industrializados, se concibe una relación desfasada, correspondiéndole el “yo” a ellos y el papel del “otro” al nuestro. Siendo el “yo” el que clasifica y cosifica al “otro”, es obvio que los países industrializados encontraron un clima ideal para las inversiones, imponen sus normas en materia crediticia, así como el establecimiento de empresas en las que la rentabilidad será ineludiblemente para el empresario extranjero.

Este estado de cosas que caracteriza la vida del país, centralizado el poder en una sola persona, se conforma un “yo” monolítico, adhiriéndose a este núcleo, un equipo de colaboradores que en nombre del cientifismo, creen establecer una cultura para este Estado dictatorial, cuyos beneficios sobre todo económicos, son exclusivos para esta élite, mientras que el “otro”, la masa campesina, indígena, jornaleros y obreros mal pagados, viven en la marginación y la pobreza. No está cimentada una cultura, hace falta una apertura, que dé cauce a la gran mayoría la satisfacción de sus más elementales necesidades. Es así como México, abre una nueva etapa, la época revolucionaria; el “yo social” fragmentado sin ningún destino manifiesto, empieza a reconstruir un nacionalismo que dé sentido el nuevo orden a establecer.

Ante este panorama el nuevo estado mexicano se encontraba en la urgente necesidad de la reconstrucción nacional en todos los órdenes, así como el de conformar una identidad cultural que coadyuve a fortalecer la realidad nacional; pero, ¿qué se puede hacer ante el atraso de la gran masa de la población? No hay otra vía más que la educación, la cual debe intervenir para incorporar a ésta a la cultura nacional. El diseño de la incorporación recaería en los pedagogos, parte integrante del “yo” dominador, que se encargaría de elaborar un proyecto educativo que tienda a acelerar y garantizar el proceso de consolidación. El “otro” no participa en el diseño, cuando menos una fracción representativa como lo es el maestro mexicano, en cuya época la mayoría de ellos, alcanzan su escolaridad hasta el tercer grado de primaria, pero con un gran bagaje de conocimiento de la realidad educativa del país.

Este factor de no participación, impone de manera vertical los contenidos, criterios, normas, procedimientos, que deben aplicarse en el proceso educativo; se aplica un mando autoritario, que va de las autoridades centrales, a los directores de escuelas, de éstos a los maestros, y de ellos a los alumnos. Las preocupaciones fundamentales del estado mexicano, ha sido el de preparar al mexicano para que pueda ser productivo, y pueda competir en el mercado nacional e internacional, esto ya se vislumbraba desde el gobierno de Álvaro Obregón, el de industrializar al país. Y para ser más eficiente el proceso educativo, los diferentes gobiernos han implementado numerables reformas educativas; todas formuladas por las autoridades centrales con la nula participación del magisterio.

Las reformas educativas actuales precisan en su razón de ser el alcanzar una calidad educativa, eficientar los espacios escolares, lograr una tecnificación efectiva en la mano de obra calificada, de tal forma que haya competencia en el mercado internacional y pueda México incorporarse a las naciones industrializadas. Lo peor de todo es que nos apropiamos de los fines de las naciones a la vanguardia, en detrimento de nuestra idiosincrasia, soberanía e identidad cultural. Pero todo esto no es una apropiación ingenua, ello obedece a que existen vínculos de intereses económicos e ideologías entre el “yo” dominador nacional, y el “yo” internacional supra dominador, cuya política del mercado global, nos está arrastrando a un destino manifiesto de suyo implícitamente.

Es obvio que los fines ocultos del currículo del sistema educativo nacional, sostiene una línea estratégica que parte del centro nervioso de la nación más industrializada cercana a nuestra nación. Ante esta manera de abordar históricamente el proceso educativo, se observa que estas reformas se implementan por las presiones y las necesidades que el “yo” supra dominador impone a nuestro país. Lo cual quiere decir que no hay una sistematización coherente con el fin último que se pretende: el de conformar una identidad cultural que haga suyo la problemática real que prevalece en nuestra nación: desde el momento en que se concibe a la educación, como una manera de incorporar al “otro” a la cultura nacional, que el “yo” dominante impone, para poder formar ciudadanos útiles a la actividad industrial y comercial que el mercado global requiere para su gran desarrollo del “yo” dominador.

En cambio, si se concibiera el cambio educativo como integración, en función de una participación comprometida, auténtica, en el que se apropien las experiencias, se conjuguen los intereses, se comprenda y se interpreten empáticamente las costumbres, y se asuma el proyecto educativo bajo un horizonte común, no de intereses ajenos a nuestra idiosincrasia, la conformación de la identidad cultural se desarrollaría en un cauce más auténtico, puesto que estaría abarcando todas las facetas existenciales del ser, y no únicamente la racional, que es la que subyace y se manifiesta en los currículos respectivos de los diferentes niveles educativos. En la actualidad se tiene en existencia expertos académicos, intelectuales, magisterio comprometido con su nación, no con la autoridad en turno, que pueden y deben emprender este gran proyecto, para formar una identidad cultural más coherente con nuestra realidad social y natural. En el próximo artículo comprenderé varios factores a considerar.