"Adquirí también “Victima del miedo”, de IngerFrimansson, una novela de suspenso; “El caso del secretario italiano” de Caleb Carr, una novela policiaca; “El tranvía azul”, de Víctor Mora; y una biografía de “Yasir Arafat. La pasión de un líder”, de Isabel Pisano. Tengo pendiente también la lectura de “Al filo del agua”, de Agustín Yáñez, y la relectura de “El llano en llamas” de Pedro Páramo.Mis lecturas son así,caleidoscópicas"

En la novela, Paco Ignacio Taibo II refiere la historia de un anarquista español venido a México a continuar sus ideales revolucionarios. El venir a México sorprende a los propios interlocutores del personaje principal –San Vicente- en España, debido a que, en términos reales, la revolución ya había terminado en nuestro país. A lo cual el personaje atina a contestar que no hay necesidad de la existencia de un proceso revolucionario para llevar a cabo la revolución, pues “esta se lleva por dentro”. La historia transita por momentos históricos que no se tocan en el tiempo. En una parte, el autor relata las actividades desarrolladas por San Vicente en México en aras de llevar a cabo la revolución. En otra, relata la forma como este personaje se traslada a nuestro país y la forma como se está desarrollando una investigación de este mismo personaje y su actividad político-sindical en México en la década de los años veinte del siglo pasado. Empero, pese a la digresión en el tiempo, la historia guarda orden y sentido, interés y amenidad. No la he terminado. Estoy en eso. En realidad, esta novela de Paco no la he querido leer de un tirón –que puede hacerse, es relativamente corta y de fácil lectura-, he preferido darle un respiro, para disfrutar mejor el desenlace –cosa igualmente sugerida por el autor cuando un asistente a la presentación de “Los cuadernos verdes del Ché”, le comentó que había leído la biografía que publicó de “Francisco Villa” en 15 días, a lo que el autor soltó la expresión socarrona de “¡qué cabrón eres…! Yo escribí ese libro en dos años y tú te lo fumas en 15 días, ¡no chingues; dale un respiro cuando menos!”. Eso hago. Aunque, el respiro es solamente de un día.

Por otra parte, comencé a leer otra novela, “Las nieblas de Almagro”, de Eduardo Monteverde. El autor no lo conozco, aunque en la contraportada se expone a vuelo de pájaro una panorámica del escritor. Leí 98 cuartillas, y aunque la trama es lineal, la exposición de la misma es confusa al lector. La descripción del medio ambiente no queda clara y se deja en la niebla, pero al menos el contexto de la historia lo tengo. En vías de terminarla, empecé a leer “Mujer sin fin”, de una periodista argentina. El texto es una alerta para las mujeres que son presa de cronófagos, es decir, de personas que son caníbales que consumen el tiempo de las mujeres, y por esa razón, las mujeres como ser social están determinadas a vivir para los demás, y no para sí mismas puesto que no les queda tiempo para ello. En las primeras páginas se conoce el derrotero del resto del libro –aunquealcancé a leer 65 cuartillas-. No creo terminarlo. Con las páginas leídas creo que son suficientes para entender ese fenómeno de la cronofagia.
Adquirí también “Victima del miedo”, de IngerFrimansson, una novela de suspenso; “El caso del secretario italiano” de Caleb Carr, una novela policiaca; “El tranvía azul”, de Víctor Mora; y una biografía de “Yasir Arafat. La pasión de un líder”, de Isabel Pisano. Tengo pendiente también la lectura de “Al filo del agua”, de Agustín Yáñez, y la relectura de “El llano en llamas” de Pedro Páramo.Mis lecturas son así, caleidoscópicas.

Por otra parte, he de mencionar que a veces me atormentan los libros. Y me atormentan porque pareciera que me quieren expulsar de la casa. No hallo donde poner tanto libro y los pocos espacios que todavía contiene el hogar, están siendo obligatoriamente ocupados por éstos. Sin embargo, son y serán mis fieles compañeros. Recuerdo una ocasión cuando me mudé a Guanajuato. Me fui cargando tres grandes cartones completamente llenos de libros. En el autobús debieron haberme cobrado un pasaje más por el exceso de equipaje, pero afortunadamente no fue así. Eso sí, me fui excesivamente preocupado por el estado bajo el cual llegarían hasta el lugar de mi destino. En Guadalajara el autobús fue motivo de una inspección por parte de elementos del ejército. Faltaba poco para llegar a la central, pero inexplicablemente el trasporte fue detenido para una revisión. Descendí inmediatamente para proteger mis pertenencias. Sabía que esos tipos en lo que respecta al equipaje transportado en cartones, no son muy cuidadosos que digamos. Me aposté frente a uno de los elementos y le pregunté si pretendía revisar mis cartones. Contestó que sí, así que procedí yo mismo a desamarrarlos. Al momento de revelar el contenido, el soldado sorprendido solamente se limitó a decirme “¡a quién se le ocurre viajar con tanto libro!”. Abrí solamente un cartón. Los otros dos, no quiso que los abriera. Cuando llegué a mi destino, tuve que transportar los libros en dos taxis. Estando ya en Guanajuato, los libros me siguieron por varias partes. Y una vez de regreso a Mazatlán, nuevamente los libros me acompañaron hacia este puerto. Todavía tengo algunos sueltos por ahí, pero casi la totalidad me acompaña en casa.

Hay otra cosa que debo mencionar de mis libros: son interludios, subterfugios y alcobas. Son coplas y talleres; son mañana y atardecer; son pasado y memoria del presente; son locura, cordura y poesía; son sueños y realidad; son hemisferios y polos; son credo, ideología y ciencia; son camino, sendero; son bosque, llanura y selva; son espacio; y son, sobre todo, míos.
Me preparo otra taza de café… y prosigo la lectura.