En ocasiones nos situaba en la antigua Grecia, y Sócrates se instalaba en nuestra mesa, y Platón acudía de la mano de Aristótele

Me adentré a entrevistar a ese escritor que existía como susurro. Su existencia era mítica, y solo se revelaba con la columna luminosa del domingo. En “Trasiego”, suplemento cultural del periódico “El Tiempo”, vertía cada semana, la agudeza de su pensamiento y nos revelaba los entresijos de la naturaleza humana manifestada como comedia. Sabíamos que existía por la columna, pero su persona era por completo desconocida.

Salvo “Espinosa”, escritor y dramaturgo bonaerense, nadie más –que yo supiera- podía contactarme con Schider, autor oscuro en vida, pero luminoso en escritura. Bebíamos literalmente sus disertaciones, y muchos imaginábamos que sus columnas eran producto de diálogos imaginarios que sostenía con Kant, Nietzsche o Spinoza. En ocasiones nos situaba en la antigua Grecia, y Sócrates se instalaba en nuestra mesa, y Platón acudía de la mano de Aristóteles.

No concedía entrevistas, por eso cuando planteé por primera vez la posibilidad de entrevistarlo, mi propio editor en jefe me sonrió de forma indulgente, y frotó mi cabello con su mano derecha, gesto con el cual interpreté que me quiso decir un “!qué tipo tan cándido…!”, pero aún con ello, no desistí en mis inquietudes periodísticas. Insistí cuantas veces me lo topaba en los pasillos de la redacción, hasta que un día me dijo que esa entrevista jamás la conseguiría. Shider es un “lobo estepario”, y jamás accedería a dar una entrevista a nuestro medio, mucho menos a un periodista desconocido como tú. Bueno, deme una oportunidad jefe, le respondí con firmeza, solo una oportunidad.

Me dio la oportunidad, pero también la acompañó deuna advertencia: “Si no consigues esa entrevista, te pondré con Augusto en el departamento de archivo. Ahí aprenderás a organizar no solamente los documentos históricos, sino tu carácter. Sé que aspiras a crecer, pero todo a su tiempo. Tu ímpetu no es virtud, sino necedad”. Al tiempo que hablaba, en sus ojos se dibujaba un halo de irritabilidad. No había un antecedente inmediato en el periódico. Todos se cuadraban ante su autoridad, solamente yo, con mi ímpetu de iniciado, osaba en este instante desobedecer su voluntad vertical.

No obstante, pese a esta advertencia, acepté la apuesta. Y salí del periódico en busca de “Espinosa”, mi única esperanza para la entrevista.

Espinosa era la antítesis de Shider. Su concepción como escritor distaba de ser la de un oráculo. Vivía en frenesí, y con una activa vida cultural. Lo suyo era aparecer en los medios, y disfrutar del canapé tras la presentación de una novela. Se ausentaba de la pluma, pero no de los convivios. Presumía la amistad con Gustav Von Lier, insigne poeta de lo urbano, y con Monteing Long-Uli, seductor plástico de la pintura de la nueva era. Escribía poco, pero seducía bastante. Su aspecto estético en el vestir, recordaba el “dandismo” de Oscar Wilde. Como dramaturgo esgrimía la obra de Shakespeare, y su discurso orbitaba en el teatro Victoriano.

A pesar de lo anterior, su obra era admirada. Su última novela “La dama de los ocasos”, fue muy bien recibida por la crítica literaria y la prensa especializada. La sociedad literaria Cervantina –conformada por un círculo selecto de escritores ganadores todos del Premio Cervantes de Literatura- lo distinguió con la presea dorada de “La Mancha” por su aportación a las letras hispanoamericanas. “Espinosa” era un universo griego y un estético renacentista.

Aprovechando que Juliet Smit iba a presentar su ensayo sobre la poesía japonesa en el teatro Machado, me apresté a preparar el argumento idóneo para presentárselo a Espinoza y convencerlo con ello para que intercediera ante Shider.

Entrevistar a Shider, era como compartir el macrocosmos de Sócrates, única referencia que circulaba en mi mente cuando pensaba en este autor.

¿Qué preguntarle a un sujeto que lo sabe todo…?
(*) Proyecto de novela corta publicada por entregas.