En la política eclesiástica suele haber virajes inesperados. A veces, la Iglesia se aferra a su particular ortodoxia; llegó a imponerla con fuego y espada, y fue cruel e implacable contra quienes discreparon de sus opiniones

Con motivo de la III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de Obispos (Sínodo sobre la Familia), convocada por Francisco bajo el lema “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización”, algunos medios de comunicación apuntan a que el Papa está tratando de llevar a la Iglesia al terreno de la tolerancia e inclusión, abriéndose a las nuevas formas de familia.

El cardenal Lorenzo Baldisseri, secretario del Sínodo, afirmó: “Las cosas no son estáticas, caminamos a través de la historia, y la religión cristiana es historia, no ideología. El contexto actual de la familia es diferente al de hace treinta años […] Si negamos esto, nos quedamos anclados dos mil años atrás. El Papa quiere abrir la Iglesia. Hay una puerta que hasta ahora ha estado cerrada y Francisco quiere abrirla”. El 3 de octubre de 2014 -dos días antes de que comenzara el Sínodo- Francisco publicó en su cuenta de twitter @Pontifex: “Happy families are essential for the Church and for society” (Las familias felices son esenciales para la Iglesia y para la sociedad), rematado con el hashtag ‪#‎prayforsynod‬.

Se espera que la nueva postura oficial de la Iglesia católica con relación a las familias se anuncie en este año 2015. ¿Cesarán las actitudes hostiles en contra de las nuevas formas de familia? ¿Se terminará la discriminación hacia las parejas de hecho, divorciados vueltos a casar, nuevas familias surgidas de relaciones rotas e hijos adoptados por parejas del mismo sexo?.

El Sínodo, presidido por el Papa, en esta ocasión reclamó a los gobiernos y a las organizaciones internacionales que promuevan los derechos de la familia. Pero antes de colocarse la tiara pontificia, Jorge Mario Bergoglio opinaba en sentido contrario. Diversos medios argentinos publicaron una carta fechada el 22 de junio de 2010, que envió el entonces cardenal, siendo arzobispo de Buenos Aires y primado de Argentina, a las monjas carmelitas. La misiva recogía su pensamiento en relación con el Proyecto de ley sobre matrimonio de personas del mismo sexo en Argentina, y afirmaba: “Está en juego un rechazo frontal a la ley de Dios”; “Aquí también está la envidia del demonio, por la que entró el pecado en el mundo, que arteramente pretende destruir la imagen de Dios”; “No se trata de un mero proyecto legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una ‘movida’ del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios”; “Clamen al Señor para que envíe su Espíritu a los senadores que han de dar su voto” [para que el proyecto de ley fuera rechazado]. Finalmente, la ley fue aprobada, y Argentina se convirtió en el primer país latinoamericano en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo.

En la política eclesiástica suele haber virajes inesperados. A veces, la Iglesia se aferra a su particular ortodoxia; llegó a imponerla con fuego y espada, y fue cruel e implacable contra quienes discreparon de sus opiniones. En otras, cambió fácil y diligentemente sus decretos, sus artículos de fe y las formas de culto, de acuerdo a las inclinaciones del poder civil en turno. La historia de Inglaterra, por ejemplo, registra la sinuosa relación que hubo entre Roma y Enrique VIII, Eduardo VI, María Tudor e Isabel I. Lo mismo se puede decir de la correspondencia entre el Vaticano y otras potencias europeas. Se trata de una política flexible y centenaria.

¿Qué pasará una vez que la Iglesia fije su postura sobre la familia? ¿Permearán las políticas vaticanas en las leyes del Estado mexicano? Debemos subrayar la importancia de distinguir con precisión las funciones del gobierno civil de las que corresponden a la religión, y fijar los límites que separan a unas de las otras. Aunque la Iglesia se obstine en condenar todo lo que no se ajuste a sus maneras, debe reconocer que nadie puede ser obligado a abrazar los dictados de una fe. Si una iglesia no puede poseer ningún tipo de jurisdicción sobre las demás, menos sobre el Estado y sobre los asuntos civiles.

Desde el siglo XVII se sentaron las bases ideológicas acerca de la libertad de conciencia como derecho natural de la humanidad, y respecto a la influencia de la Iglesia católica se sostenía: “Sin importar de dónde provenga su autoridad, siendo eclesiástica, debe circunscribirse al ámbito religioso, sin extenderse en forma alguna a los asuntos civiles, porque la Iglesia misma es una institución completamente independiente y distinta del Estado. Las fronteras entre una y otro son fijas e inamovibles” (John Locke, Carta sobre la tolerancia, Ediciones Gernika, 2006, México, p. 49). Por el bien de todos, incluidas las familias, los ciudadanos continuaremos exigiendo que el Estado y las iglesias se mantengan dentro de sus propios límites.