“Lo llevas al terreno de sus correrías, le abres la boca y le metes un Alka Seltzer, le tapas la boca y nariz y verás que revienta como pelota. Ahora que si no quieres conflictos con su dueño, sólo golpéalo duramente y verás que no vuelve por otra.”

Cuento
Definitivamente, la gota había derramado el vaso: nuestras neuronas estaban a punto de estallar. La paciencia brincó los bordos de protección formados por el estoicismo y la resignación.
En nuestro estado insomne, los ojos vigilantes recorrían todas las bardas propias y vecinas, en la espera del mercenario que incursiona todas las noches para romper la calma con su guerra psicológica.
Los canarios estaban inquietos. El “chencho” no cantaba su acostumbrada ‘Marcha de Zacatecas’, por el miedo que lo tenía acalambrado. El periquillo lo afrontaba con malas palabras y la familia tenía los nervios hechos añicos. Pero llegó el momento en que decidimos romper el yugo, reasumir nuestra dignidad y nuestra autonomía y acabar con aquel estado de cosas tan vejaminoso como inoportuno.

En casa somos capaces de dormir a pesar de los ruidos provocados por los vendavales desencadenados por los locos febrero y marzo y los soplos de los vientos que recorren el antiguo lecho del Río Nazas trastocando las ventanas desajustadas. Y la prueba más palpable la damos cada fin de semana ante los ruidos estrambóticos que ejecutan los grupos musicales que amenizan los bailes que organizan en el Club Sertoma.

Pero lo que no soportamos son los chillidos desgarradores de los gatos. Un maldito minino culminaba sus expediciones aéreas por las azoteas en la nuestra; precisamente tenía que ser la nuestra como si fuera un encargo del más terrible enemigo que yo tuviera. Su objetivo era un palomar en el techo vecino donde lograba fácilmente su cena, pero la mesa la preparaba en el patio o en el techo de mi recamara, mismos espacios que convertía en rastro, dejando un voladero de plumas.

Pero todo eso y más se lo hubiéramos todos perdonado si nos dejará tranquilos reposar de nuestras diurnas fatigas y conciliar ese sueño reparador que tanto más se apetece cuanto menos se ha ganado, y del que no es posible, en manera alguna, prescindir.
Pero el mentado felino, no contento con servir las viandas sobre nuestras cabezas a más de cinco invitados, organizaba, como fin de fiesta una tremenda orgía donde él era el cantante, con chillidos de barítono y contralto para engatusar a las gatitas en celo y engrandecer su estirpe. ¡Oh Dios, aquello era como si despellejaran a un niño vivo!

Agoté todos los medios por la vía pacífica, las negociaciones, la persuasión… Todas las gestiones diplomáticas fracasaron. Sólo quedaba instrumentar la violencia organizada. Leí los libros Guerra de guerrillas y La guerra de la pulga en busca de una buena estrategia. Eliminé del plan las armas de fuego para no causar daños colaterales; además, el terreno de lucha incluía múltiples peligros
con los depósitos de petróleo y los tanques estacionarios de gas. Por otro lado, en asamblea familiar, mi esposa alcanzó un alto consenso con su perorata pacifista, imponiendo su voluntad de no emplear métodos violentos para preservar los valores morales de la familia.

Confieso que por un momento me atraía más la idea de atrapar vivo al delincuente y mandarlo castrar y desdentar para redimir su vida de don Juan. Y juro que lo intenté. Adquirí una trampa de patente que es una verdadera joya de la ingeniería y el ingenio humano: amplia y atractiva con un compartimiento lujoso donde se depositaba una linda gatita. La perfumé y le pinté los labios, le mandé hacer un peinado a la moda tipo punk. Tal vez por eso fracasó el plan: debió confundirla con una pelona de hospicio porque ni siquiera la peló. Tan bonita trampa y fue un rotundo fracaso.
Me dediqué a hacer una labor de zapa entre mis hijos –todavía me rebuzna la conciencia-; maquiavélicamente los convencí para que abandonáramos la corriente pacifista impuesta por su madre e impuse la voluntad patriarcal. Tengo que reconocer que los métodos de conseguir votos mediante dadivas, funcionan en estos casos apremiantes.

Claro que mi plan se deslizaba a hurtadillas de mi media costilla: de ninguna manera quería enfrentarme a los métodos de Aristófanes y tener que soportar una huelga de extremidades cruzadas. Para esto, contraté los servicios de un perro mercenario, dizque rastreador de uña, pero en las noches, que era el momento de la acción, dormía como velador municipal, para mí que se dejó sobornar. Las guerras sólo triunfan cuando se lucha por un ideal y no por una paga.
Procedimos a instalar cebos envenenados en los lugares más frecuentados por nuestro irreductible enemigo. Los manjares más apetitosos con los venenos más mortales y el desgraciado animalejo no se dignaban ni a olerlos, menos a hacerles los honores. Recurrimos a rifles de postas, montamos una casamata en la azotea, pero la distancia más cercana en que estuvo a tiro fue de treinta metros y la posta no le hizo ni cosquillas.

Un amigo de la mesa de café que frecuento me recomendó que rastreara su domicilio y lo secuestrara: “Lo llevas al terreno de sus correrías, le abres la boca y le metes un Alka Seltzer, le tapas la boca y nariz y verás que revienta como pelota. Ahora que si no quieres conflictos con su dueño, sólo golpéalo duramente y verás que no vuelve por otra.”
Ofrecí una recompensa a todos los chiquillos de la cuadra por informes precisos acerca de dónde localizar al irredento animal, con el pretexto de cruzarlo con una gatita. Y ¡Vaya sorpresa! El mismo dueño me lo llevó. Obvia decir por qué no lo troné con el efervescente.

Subí al animal a la azotea y le di una paliza que Dios guarde la hora. El dulce y apacible sueño volvió al hogar durante una semana, porque algo me dice que va a regresar, es que lo vi en la barda, iba con muletas en sus ya nada más cinco vidas. Me clavó sus azules ojos diciéndome: “Juega valedor, estás entrado.”