"Y es que, antes que informarse, está el comer. Y en México el encarecimiento de la vida ha generado que el homo economicus prevalezca por encima del homo politicus"

En una ocasión Marta Lagos, Directora Ejecutiva de Latinobarómetro –centro de estudios de opinión pública- se preguntaba en un artículo ¿por qué los latinoamericanos aguantan tanto? Y la pregunta hacía referencia a los malos gobiernos que ha padecido la región, seguidos de pobreza, marginación y altos niveles de violencia. La respuesta de la experta en estudios de opinión se orientaba al plano cultural y religioso. Y es comprensible. En un pueblo altamente religioso, la vida se asume bajo el canon de la lucha y el sufrimiento. Hay que aguantar –diría el personaje de una cinta de la época dorada- que para eso venimos a esta vida, a sufrir.

En el caso de los mexicanos, estamos aguantando cerca de treinta años con los mismos niveles de vida que se tenían a principios de la década de los 80’s. De acuerdo al Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM, hoy en día se requieren 14 horas de trabajo para adquirir la Canasta Alimenticia Recomendable que se adquiría con 8 horas de trabajo a principios de la década de los 80’s.

De igual manera, desde 1987 hasta el primer trimestre del 2014, el salario mínimo en México ha tenido una caída del 78.66%; es decir, que con lo que se podía comprar en 1987, ahora solamente ajusta para el 21.34%. De lo anterior se desprende que ahora las familias mexicanas tienen que trabajar más horas-hombre para poder aspirar al nivel de la Canasta Alimenticia Recomendable de 1987.

En cualquier otro país, diría un observador internacional, esta situación ya hubiese desembocado en un conflicto social; pero en México no. Aquí la consigna es aguantar bajo el resguardo de la expresión socorrida del “ya ni modo”. Y ante la carestía de la vida, el mexicano –con su inventiva histórica- le hace frente auxiliándose con la economía informal para completar el gasto diario que el gobernante se empeña en reducirle.

De lo anterior también se desprende lo siguiente: el ciudadano en México no atiende la cosa pública, entre otras razones porque su atención se orienta a la sobrevivencia diaria. Para atender los problemas públicos del país, se requiere de una dosis importante de información y eso cuesta. Recuerdo que un académico universitario en alguna ocasión me argumentaba que para asegurar que uno está medianamente informado en este país, se tenía que leer por lo menos los periódicos locales, dos o tres periódicos nacionales y algunas revistas especializadas. Y si es posible, me decía, un periódico extranjero. Si nos atenemos a este argumento, no cualquiera puede acceder a ese nivel de información.

Y es que, antes que informarse, está el comer. Y en México el encarecimiento de la vida ha generado que el homo economicus prevalezca por encima del homo politicus. Luego pues, la política –el instrumento más importante que ha creado el ser humano para transformar la realidad social- se mantiene en manos de la clase gobernante, y esta opera, no en razón del interés general, sino de los intereses económicos particulares.

El último golpe que va a enfrentar el ciudadano de este país, es el aumento de la gasolina. En la miscelánea fiscal del 2016, los diputados federales aprobaron un aumento del 30.63% a la gasolina Magna, del 24% a la Premium y del 32% al diésel. Pese a que había sido un compromiso del Ejecutivo de no golpear la economía familiar con más impuestos, el aumento se aprobó y con ello se acota todavía más el nivel de vida de los mexicanos.
En alguna ocasión, Alan Greenspan –ex Presidente de la Reserva Federal (FED) de los Estados Unidos- señaló que la forma de evitar que la sociedad se inmiscuyera en los problemas del país era encareciendo el nivel de vida, para que con ello la población se ocupara solamente de su sobrevivencia personal. Esta parece ser la lógica que opera en México.

Así pues, ante la pregunta ¿por qué aguantamos tanto los mexicanos?, bien cabría decir que aguanta porque no sabe cómo hacerle frente al vendaval. El ciudadano promedio en México sabe de los efectos, pero no alcanza a distinguir las causas. Por ello permanece en un estado de anestesia. No se mueve, no critica, no exige resultados, ni cuentas claras a la clase gobernante. En silencio se mantiene. La única masa crítica es esa que conforma el círculo rojo, ese que contiene al ciudadano que lee, que escribe, que participa como actor político; pero ese círculo rojo es pequeño, reducido. Y su acción no alcanza para movilizar la conciencia de todo un pueblo.

Ante esa imposibilidad de transformar la realidad social, para muchos no queda más que la religión y la fe en la imagen sacra. Ahí mantiene resguardo… ahí mantiene esperanza. Y mientras tanto, aguanta. Y le sigue rezando a la divinidad… ¿qué más puede hacer?