"La diferencia entre arte alto o de elite con el de masas, mostró su más fuerte contradicción cuando la industria se unió al arte y éste al mercado. Esta triada (arte, industria, mercado) trajo como consecuencia en el siglo XX una serie de protestas por parte de los intelectuales que veían en ello un oscuro futuro para el arte".

En 1790, un año después de haber iniciado la revolución francesa, el filósofo Emmanuel Kant, en su obra la ‘Crítica del juicio’ marcó la diferencia entre arte (del genio innovador) y gusto (consenso entre individuo y moda social), y también entre bellas artes y artesanías o artes decorativas, que aún están vigentes estos conceptos.

El gusto artístico, definido por Joseph Adisson en el Siglo XVIII como “facultad del alma que discierne las bellezas de un autor con placer y las impresiones con desagrado”, marcó un debate entre las estructuras de la subjetividad; pero el proceso de un juicio reflexionado sobre la obra de arte se abre camino hacia la modernidad por su noción de autonomía y autoconciencia ante la complejidad de lo real. El concepto del gusto estético, desde entonces, se constituyó en objeto de estudio de la fisiología y en categoría de la primigenia del arte, paralelo a los conceptos de sensibilidad, percepción, imaginación, contemplación y emoción estéticos.; así, el gusto se constituye en un proyecto moderno que logra su autonomía en relación con otros saberes (morales, religiosos, filosóficos, políticos…) Su fundamento está en el sujeto, dándole a éste capacidad de interrogación, interpretación y de juicio reflexionado. Adisson, Hume, Burke, Blair, fueron pioneros al producir las teorías de las facultades (imaginación, gusto, fantasía…), conectó la experiencia subjetiva con la experiencia de la realidad, edificando el sentido de la representación como imagen del mundo y su figura. Gusto e imaginación se unen y destierran la concepción mimética o de imitación clásica. Imponiendo la idea de expresión individual, libre de la tiranía del objeto. Toda esta reflexión teórica en la ilustración, facilitó determinar las distancias entre juicio lógico y juicio estético. De alguna forma, los juicios de gusto fundan una imagen de mundo; son modos de construir una representación de la realidad a través de la sensibilidad y del lenguaje, el cual es mediado por muchos fenómenos, pues gusto puro no existe, las sensibilidades están contextualizadas y contaminadas por diversos procesos culturales. Es imposible un gusto limpio, una mirada pura. El juicio de gusto es personal y está relacionado con la educación, la cultura, los valores, la ideología, la moral; influye en él la sociedad y la historia. El tiempo se compacta con el gusto. Siendo individual, designa, proclama, revela los deseos de una colectividad atravesada por múltiples lenguajes. Por ser lenguaje es también tiempo, víctima de la fugacidad y de lo efímero, como lo vemos en las modas que van y vienen y otras nunca regresan. Por eso existen los gustos de época, de clase social, de micro o macro poderes; por eso sabemos cómo se manifiestan las emociones en cada etapa histórica del arte y de la cultura.

El tiempo influye sobre el gusto, por lo mismo es mutante a través de los siglos XVIII-XIX- XX y lo que va del siglo XXI con el asombro entre las generaciones de los adultos y los jóvenes, por eso vale preguntarnos ¿actualmente qué tipo de gusto ejercitamos? Las formas de mirar han cambiado, lo bello, lo feo- como concepto que tiene en lo bello su origen-, lo sublime, lo interesante, lo placentero, la gracia, lo delicado, lo grotesco, han sufrido una fuerte mutación y ya no atienden a las necesidades culturales actuales. “Tal vez un ‘sin belleza’, ‘sin sublimidad’, ‘sin gracia’, ‘sin placer’ haya entrado a operar en estas representaciones posmodernas del ‘sin progreso’, ‘sin utopías, ‘sin futuro’, como nuevas formas de la experiencia estética de última hora. Más que placer estético nuestra emoción, imaginación y gusto se sitúan en lo patético estetizado.
Campea una sensación de pérdida de centro de gravedad, un abismo presentido ante la fragmentación de todo fundamento; imagen de lo ingrávido, lo leve, el naufragio de lo real y cotidiano. Lo patético estetizado genera un gusto por lo indecible en la banalidad y por la fugacidad del proyecto vital del hombre moderno; un gusto trivial del ‘sin cimientos’.
Podemos decir que lo fino del gusto burgués, que está unido al concepto de paisaje, tanto artístico como natural, posibilita una emoción estética ligada al goce de la contemplación que disfruta la totalidad del objeto: habitarlo, vivenciarlo, asimilarlo y asumirlo es una condición del fino y alto gusto burgués que impone lo interesante en los misterios como uno de sus paradigmas estéticos; su arquetipo de este gusto de elite: pasear, contemplar, mirar con libertad, habitar no como turista sino como casero, las fisiologías urbanas, curiosear con asombro siempre permanente; internarse en los misterios de las cosas con libertad suprema para percibir los estados mistéricos de lo cotidiano y se extasía en la imaginación de lo sensacional/sensorial, cuya sorpresa es trasmitida en la emocionante aventura de la sensualidad de los perfumes, la erotización de los recintos, la fascinante atracción por los placeres gastronómicos, los salones elegantes, la bohemia con sus buenos tragos, ¡ah, las exquisiteces del gusto! Así la burguesía formalizó un gusto por el entretenimiento que no sólo quería disfrutar de la naturaleza, sino plasmar su trascendencia de clase como fuerza activa y constructora de la historia. Lo interesante, unido a lo sublime, fueron las conquistas del sujeto liberal activo moderno. Excluyeron la masificación de las sensibilidades, hasta el surgimiento de las industrias culturales masivas. ¿Qué tanta herencia de la burguesía decimonónica que surge en el siglo XVIII tenemos actualmente?.

La diferencia entre arte alto o de elite con el de masas, mostró su más fuerte contradicción cuando la industria se unió al arte y éste al mercado. Esta triada (arte, industria, mercado) trajo como consecuencia en el siglo XX una serie de protestas por parte de los intelectuales que veían en ello un oscuro futuro para el arte. Al notar que su antigua esfera de ‘hombres diferentes’ se les desvanecía y eran arrastrados por la cultura de masas quedando encadenados a las leyes del mercado arrebatándole su aura original. Este cambio de naturaleza artística ha llevado a repensar los conceptos de juicio de gusto, de sensibilidad y emoción estética a través de nuevas categorías más acordes con la situación actual, con sus rebeldías contra el gusto burgués de confort ya que la globalización del mercado impacta sobre sus viejas características.

El gusto ha encontrado otra forma de manifestarse en la sensibilidad mediática, global y mundializada para una gran masa alfabetizada a través de los medios de comunicación y del mercado. El kitsch, Duchamp, Warhol, el Pop Art, el cine extremo posmoderno, el Pastiche, el Snuff cinema, los happenings, el Fluxus, el Body Art, son algunos ejemplos de cómo los artistas encuentran en ‘el mal gusto’ sus fundamentos estéticos para construir edificios artísticos. Dialogando con la publicidad, el diseño industrial y las composiciones de lo ornamental, el gusto ha encontrado otra forma de manifestarse. Es casi imposible calificar el gusto bueno y el gusto malo en el arte de masas, cómo entender los procesos de transformación de las sensibilidades estéticas y de las nuevas categorías que en su interior están funcionando.

Lo light, la alta costura, el turismo, el ‘mundo del arte’, la Word music, la publicidad, los diseños del hogar, la farándula, los artistas jet, la literatura de autoayuda y de intimidades de famosos, son las nuevas esferas de un gusto que ha puesto contra la pared todas las antiguas competencias de críticos de arte moderno y del público lector ilustrado en general. En ésta multiplicidad y diversidad de sensibilidades, el simulacro de la democratización de los gustos es grande.
(Diferentes fuentes de consulta)