“La muerte no me llena de tristeza,
las flores que saldrán por mi cabeza
algo darán de aroma”.

Verso de la canción “Cromosoma”
Javier Krahe

Conocí a Krahe a la distancia; es decir, como admirador de su obra, como le ocurre a todo aquel que orbita periféricamente el mundo de la poesía y la música. Mi acercamiento a la poesía de Krahe fue a través de Joaquín Sabina. Por medio del “flaco” de Úbeda, supe que ambos iniciaron su carrera musical en el mítico bar madrileño llamado “La Mandrágora”. El bar tenía en su espacio un sótano donde se presentaban poetas, cineastas, literatos, magos y cantantes, que hacían de la naciente transición española, un espacio de libertad del arte y cultura. Eran tiempos donde languidecía la dictadura franquista, y se abría el horizonte de la democracia española.
En el mítico bar de “La Mandrágora” –con un sótano con capacidad para poco más de cuarenta personas-, aparecieron las primeras canciones que serían icónicas de Krahe y que son recogidas en un disco que lleva el mismo nombre del bar. Ese disco fue grabado en el propio sótano y esa condición hace que la grabación sea muy íntima: se escucha el caer de botellas, la risa de los asistentes… se traslada al oyente al ambiente del bar. Huele a humo. A licor. Esa grabación se volvió un clásico, y la Mandrágora se convirtió en un mito madrileño.
Si la distancia nos separa de “La Mandrágora”, las letras de Krahe nos acercan a las latitudes poéticas de la época. Con Krahe los versos de la canción se vuelven rigurosos. No se deja a la simplicidad de la forma una estrofa que debe cuadrar en todos los sentidos. El respeto a la palabra antes que nada.
Con ese rigor, escuchamos en Krahe canciones donde el dogma religioso se pone a discusión. Y afirma:
“Prefiero caminar con una duda, que con un mal axioma”.

Esto en relación a la opción que implica asirse a un dogma religioso. Antes que hacer eso (asumir un dogma de fe), prefiere como buen ateo, caminar con una duda.

Y prosigue:

“Porque dudo que al final de este asunto,
la cosa no se acabe con un punto,
sino con un punto y coma;
y no espero un cielo o un infierno,
no más confío en que seré algo eterno,
gracias al cromosoma”.
A través de la poesía, Krahe nos acerca a una explicación científica de la inmortalidad: el cromosoma. Esa minúscula clave donde se encierran los genes que heredamos a través de la descendencia. Sin la figura del paraíso, y la vida transtemporal en ese espacio metafísico –del cual, Krahe recela y objeta a cada momento-, el cromosoma es la única vía a través de la cual el ser humano alcanza la inmortalidad. La genética es la clave, y no el axioma platónico del paraíso.
En otra canción, cual si fuera un hereje por lo que señala en su poesía, Krahe afirma que prefiere a “la hoguera” frente a cualquier otra forma de pena de muerte. Incluso frente a la silla eléctrica americana. Y dice:
“Es un asunto muy delicado
el de la pena capital
porque además del condenado,
juega el gusto de cada cual.
Empalamiento, lapidamiento,
Inmersión, cruxifixión
desuello, descuartizamiento,
todas son dignas de admiración.

Pero dejadme, ay, que yo prefiera
la hoguera, la hoguera, la hoguera.
La hoguera tiene que sé yo
Que sólo lo tiene la hoguera.

En “Cuervo ingenuo”, Krahe confronta directamente al naciente gobierno de Felipe González, y se vio sujeto a censura en televisión abierta en una presentación al lado de Joaquín Sabina. En la canción señala:

Tú mucho partido, pero
¿es socialista, o es obrero?
o es español solamente?
Pues tampoco cien por cien
si americano también
gringo ser muy absorbente.

Hombre blanco hablar con lengua de serpiente
Cuervo ingenuo no fumar la pipa de la paz con tú
¡por Manitú!

Ese es Javier Krahe… un poeta que asumió su música con compromiso. Habló de lo que quiso hablar. Confrontó a los grupos religiosos, a los políticos que en su momento hablaban con lengua de serpiente.

Sus letras no fueron para un público abierto, por eso no alcanzó el éxito de un Joaquín Sabina. Sus presentaciones eran en bares y cafés pequeños. Un público exclusivo, selecto, dirían otros.

Y se entiende, un cantante que nos habla de que “No todo es follar”, o que nos dice que le gusta “la democracia” porque la encuentra como ausente con su disfraz parlamentario, y sus listas cerradas. Su “Rey prominente (por no decir extraordinario), con escaños marcados a ocultas de la gente, a la luz del lingote y del rosario”.

Esas letras no son cercanas a todo público. Y menos en un mundo musical dirigido más por el mercado que por la calidad poética de las letras.

Con el deceso de Krahe, se apaga una fuente poética. Muchos sentimos la pérdida, porque Krahe nos iluminaba con su crítica y su humor inteligente, ácido, puntilloso. En ese sentido, no estamos ante un “cuervo ingenuo”, como lo señala en su canción; sino ante un cuervo muy lúcido, que sabía hacia leer hacia dónde dirigir la crítica.

Por eso Joaquín Sabina, cada vez que hacía una canción –según ha confesado el propio Joaquín en varias entrevistas- se preguntaba ¿le gustará a Krahe?

Y sí, la pregunta es comprensible si se atiende el rigor con que escribía Krahe.

Lamento la muerte de Krahe.

Nos vamos quedando huérfanos, se nos están yendo muy rápido las cabezas con las que nos recreamos en la inteligencia.

Hasta siempre Krahe.