"¿Cómo era posible que a pudiera rebajarse ante la comunidad a usar huaraches y que alguien de mi “linaje” y que le lavaran los pies. Estaba tan preocupado por tonterías de clase, que nunca, (hasta hace poco), entendí el mensaje: un mensaje de humildad"

El jueves fuimos a misa de jueves santo. Como se hace todos los años, el padre que oficia la misa le lava los pies a los 12 niños que representan a os Apóstoles que representan conmemorando lo que hizo Jesucristo para enseñarnos uno de los dones menos socorridos de nuestros tiempos: la humildad. Hace cuarenta y tantos años, me tocó a mí estar, en el lugar de uno de los doce discípulos; yo no quería ir. Tenía que ir disfrazado con una túnica, barba y lo peor para mí, tenía que usar huaraches.

¿Cómo era posible que a pudiera rebajarse ante la comunidad a usar huaraches y que alguien de mi “linaje” y que le lavaran los pies. Estaba tan preocupado por tonterías de clase, que nunca, (hasta hace poco), entendí el mensaje: un mensaje de humildad.
Entendí que tener muchos bienes materiales no te hace malo; lo que te hace malo es ponerlos por encima del prójimo. Estoy entendiendo que ser humilde te da la oportunidad de ponerte en el mismo nivel que los demás, sin importar religión, escolaridad, recursos económicos; sin importar si traes huaraches o zapatos de marca. Aprendes a respetar a las personas por lo que son, a respetar sus pertenencias, a no envidiar ni a desear la vida de los demás; aprendes a vivir con lo que tienes y con lo que eres.

Tengo tiempo librando una batalla contra un perro callejero que adoptaron unos vecinos. En el fraccionamiento donde vivimos, es muy común ver libres casi a cualquier hora, y es frecuente que algún automovilista atropelle alguna. Este perro las recolecta y por las noches se va a cenar al jardín de enfrente de nuestra casa. El espectáculo al día siguiente es repugnante; ver los restos que deja me ocasiona impotencia y frustración, sobre todo porque invierto mucho tiempo en el cuidado del jardín, además de que ya agarró de escusado el nogal, el ciruelo y el durazno. Lo peor de todo es que si me molesto y reclamo este proceder, en mi propia casa me dicen que soy un amargado. Tardé mucho tiempo en respetar la propiedad de los demás; cometí errores en sentirme merecedor de ciertas cosas sin luchar por ellas; ojalá y todos aprendiéramos a respetar, a entender que mi propiedad empieza donde termina la del vecino, que si tenemos una mascota, nosotros somos responsables de su cuidado; si no tengo la capacidad, o no me quiero responsabilizar, lo mejor es deshacerme de ella y no ocasionar molestias a los demás.

Esta historia del perro puede parecer que no viene al caso, pero la verdad es que tiene mucho de fondo, porque así somos muchas veces, no nos fijamos en las incomodidades que podemos causar a los demás; pensamos únicamente en nosotros mismos. Esto nos demuestra el por qué de nuestra situación actual de desconfianza, inseguridad, desunión. Yo mismo he actuado así muchas veces, pero esto se trata de cambios, siempre tengo la posibilidad de corregir mi forma de pensar y de actuar.
Si como vecinos no podemos comportarnos, y poner por delante el bien común, como sociedad será aún más difícil. La medicina para nuestros males es “HUMILDAD”.