La ausencia de silencio reflexivo y apacible parece hoy más dramática, porque ha crecido la presencia de formas inhumanas

El Silencio es también, un signo de los tiempos, capaz de expresar la tensión de la humanidad hacia formas de vida humanamente más dignas. Si, por una parte, es verdad que las sociedades y culturas contemporáneas están creando cada vez márgenes más restringidos para relacionarse con el silencio, también es verdad, por otra parte, que se está conformando una conciencia que impulsa a la recuperación del silencio, como un sistema de comunicación y de contacto universal, más natural, mística y de entendimiento puro, a pesar del ruido que el humano ha creado.

El hombre ha tenido siempre temor al silencio y ha intentado huir de él, se lo relaciona con soledad, con debilidad, a estar expuesto, pero si es así, es consigo mismo. Pascal recuerda en varias ocasiones que sus contemporáneos, para no pensar en los graves problemas recurrían a la caza; Kierkegaard en un fragmento dice «el estado actual del mundo, la vida entera, está enferma. Si yo fuera médico y alguien me pidiera un remedio, respondería: crea el silencio, lleva al hombre al silencio». Y también R. Guardini decía a principios del siglo XX: «Basta con mirar alrededor de nosotros, al mundo que nos rodea, para ver en qué medida tan terrible ha desaparecido el silencio y cómo seguirá desapareciendo cada vez con el incremento de las habladurías». Jung hace lo mismo al opinar «El ruido es bienvenido, porque se impone a la advertencia instintiva del peligro que hay en nosotros. El que tiene miedo de sí mismo, busca compañías ruidosas y rumores. El ruido da cierto sentido de seguridad, como la locura; por eso se lo busca. Esté nos protege de penosas reflexiones, destruye los sueños inquietantes…, es tan inmediato y tan predominantemente real que todo lo demás se convierte en un pálido fantasma».

La ausencia de silencio reflexivo y apacible parece hoy más dramática, porque ha crecido la presencia de formas inhumanas. La crítica, los ruidos, la defensa de lo antinatural sobre la naturaleza en general y hay una conciencia crítica más grande que está dentro de nosotros y que progresivamente se ha visto obligada a callar por la imposición del “bienestar”. El hombre de hoy, especialmente el que está inmerso en la ciudad, se halla continuamente bajo el impacto de palabras y rumores vacíos y variados que lo destruyen: ruidos de máquinas, alaridos de los que pasan, desorden frenético de masas, prisa por llegar a punto a la cita y no dejar pasar los plazos, señales de circulación, publicidad por todos los rincones, escritos en las paredes…, toda una orgía de ruido y confusión.

Parece difundirse, un nuevo sentido de respeto a la naturaleza y a la vida bajo sus diversas formas. Pues bien, todo este movimiento está destinado al fracaso si no se relaciona fundamentalmente con el silencio. La creación de espacios de silencio puede permitir un nuevo encuentro con uno mismo y con los que nos rodean; es ésta una condición necesaria para poder salir del túnel del ruido en que nos encontramos, con la consiguiente pérdida de identidad.

El silencio es más típico del hombre maduro, que ha comprendido el valor de la vida, el deseo de dejar por un momento las palabras para recuperarse. La liberación es también un complejo mecanismo necesario en el hombre para reinventarse. No se invoca la permanencia en el silencio; esté deberá ser siempre un «momento», un «espacio» de donde salir luego y reemprender la comunicación; pero no toda la vida; porque el hombre ha sido creado para estar en comunión con su entorno, incluso con el silencio.

La autoconciencia, la reparación del silencio se convierte en una forma de maduración en disposición de producir una conciencia de pertenencia y de solidaridad mucho más eficaz para un humanismo nuevo, más allá de las barreras ideológicas y de las diferencias de lenguaje. El silencio, parece entonces, constituir una especie de zona de meta para la recuperación del sentido y del significado de la grandeza del lenguaje humano. Parece hoy más evidente por la multiplicación y la diferenciación de los lenguajes, desde el humano hasta el cibernético, que es ya dominio común. Dentro de poco llegaremos a equipos de «quinta generación», es decir, capaces de auto-programarse, es ahí, que ante las maravillas del lenguaje de la máquina, el hombre estará finalmente en disposición de comprender el valor del silencio. Efectivamente, se descubrirá entonces que, en todo caso, el lenguaje humano será el único que pueda crear el silencio y darle sentido. Lenguajes y fórmulas, fruto de la precisión y de la inteligencia; pero el hombre producirá sentido, porque será capaz de escoger y de pronunciar el silencio. Talvez uno de los pocos elementos humanos que nos queden ante los avances tecnológicos.

Ahora bien, acercándonos a la masonería, diremos que el silencio resulta ser una virtud a través de la cual se corrigen muchos defectos y se aprende a ser prudente e indulgente con las faltas que se observen. Pero, ¿de dónde proviene el silencio como axioma fundamental para crecimiento del masón y cuál es su verdadero significado e importancia? Etimológicamente silencio proviene del sánscrito muy sus derivaciones Muka (mudo) y musterion (misterio). De lo anterior, deducimos que el silencio guarda una estrecha relación con el misterio y por ende con el secreto masónico. Enseña la historia de la masonería, en relación al silencio del primer grado, al remitirnos al génesis de las sociedades humanas; enseña Ragon, que los primeros hombres, no tenían lenguaje propiamente dicho. He aquí el por qué el aprendiz no debe hablar en una tenida. ¿qué tendría que decir? ¿Podría enseñar? Sencillamente no debe hablar porque no sabe. ¿Podría preguntar? ¿Sobre qué, si ignora lo que se trata en el taller? Antes es necesidad que por su edad, en donde apenas está abriendo los ojos, escuche y observe. Esto se ratifica históricamente en la escuela Pitagórica; recordemos que en su comunidad filosófico-educativa, en Crotona (Italia meridional, entonces Magna Grecia) a los discípulos se les sometía a un largo período de noviciado, donde se les admitía como oyentes, observando un silencio absoluto.
 
La razón de ser de la actitud contemplativa que debe inspirar al aprendiz y al masón en general, no es otra que la de potencializar sus posibilidades espirituales que se encuentran siempre latentes; en otras palabras, en el silencio se encuentra la posibilidad del crecimiento; cuando nos aislamos de nuestras influencias exteriores, abrimos los canales de concentración, observamos, escuchamos y contemplamos, estamos aprendiendo a ver la luz, y esto, de por sí, es un proceso que entraña una gran fuerza de voluntad. Como se comprenderá no es fácil guardar silencio.
 
La masonería simboliza el silencio con la Trulla, (llana, paleta o cuchara) con la cual se debe extender cuidadosamente una capa sobre los defectos de nuestros semejantes, de la misma forma que lo haría un masón operativo sobre los defectos de una edificación. Igualmente, el silencio tiene muchos otros significados en ritos especiales y grados filosóficos, así como en los procedimientos de reconocimiento. Pero al ser estos misterios, será menester reencontrarlos a través del crecimiento, lento, seguro y firme.

El silencio en torno a la iniciación resulta clave; desde que se es llevado al cuarto de reflexiones, se enseña, que sólo a través de la contemplación, se puede acceder a las primeras verdades. Mismas, que es necesario descubrir a través del crecimiento interior. De igual forma, Cuando se presta juramento, se acepta la obligación de callar, especialmente cuando se indica no revelar los secretos de la orden ni la palabra enseñada; allí, el silencio simboliza la discreción y la disciplina, así como su lealtad frente a sí mismo y sus iguales. Para ser más precisos hay un viejo adagio hermético que resulta claro sobre el punto:” los labios de la sabiduría están mudos fuera de los oídos de la comprensión”.

Al comprender el legado histórico y simbólico, se empieza a ser conciencia, entre inconscientes y a ser equilibrio en donde sólo hay tempestad. El alcance de la voz, producto de nuestros pensamientos, resulta clave en la construcción del templo, a través del pulimento de la Piedra bruta. Es mejor callar, cuando no sabemos cómo y cuándo hablar; es mejor silenciar, hasta que aprendamos la importancia de utilizar la palabra de una forma consciente y sabia; es mejor no decir nada, cuando podemos utilizar la pasión como detonante de nuestros fonemas. Es mejor pasar en silencio cuando no estemos preparados para aceptar nuestra misión; es mejor silenciar, cuando se empieza a caminar por senderos desconocidos, pero con la seguridad de que hay sabiduría en ello.

Para aprender a callar, hay que ser consciente de nuestras fragilidades, ¿por qué, qué difícil aún resulta a veces, encontrar nuestro silencio interior? De esa dificultad devienen, la mayoría de los vicios del ser humano; pues la palabra, resulta ser la consecuencia directa de nuestros pensamientos y la salud mental. La mejor palabra es la corta y breve, la sabía que transmite la verdad; la que se dirige al bien. Aprender a hablar poco, lo justo y suficiente, significa en el masón en general, no sólo en el aprendiz, la fuerza de voluntad, el carácter templado, el dominio de sí mismo, la elevación de su espíritu.

Es pertinente recordar al sabio Lokman, que enseño a su sucesor: “¡hijo mío! Si la gente se enorgullece por su razón y por su arte de buen decir, tu deberás agradecer a Dios el haberte dado juicio para saberte callar”. Ahora bien, “Hay que ser amo de nuestros silencios y no esclavo de nuestras palabras”.