"Somos una criatura especial provista de una parte mágica. Somos animales divinos, calificados para crear utensilios, herramientas; pero ¿somos capaces de dotar de valores mágicos a un objeto?"

Muchos estudiosos han intentado definir el significado de eso que llamamos “Arte”. Una creación material que agita el espíritu, que afecta la percepción que tenemos del universo e interfiere en las prioridades vitales, llegando a objetar incluso, el instinto animal de conservación y sobrevivencia.
El arte es una creación humana. Los animales son inertes a su influencia. Está documentado que Incitato, el caballo de Calígula, senador de Roma e inmensamente rico por decreto expreso del emperador, mostraba una imperturbable indiferencia ante las decenas de cuadros famosos que cubrían las paredes de su establo. Llegó a mascar algún retrato invaluable y escupirlo por el desagradable sabor a linaza.
El ente artístico posee una atrevida carga de energía inmaterial, su subjetividad es innegable y heroica… No es algo que se coma ni se use, es algo que nos asombra. Somos la única criatura conocida que se asombra…pero ¿Para qué sirve? ¿Cuál es su función? ¿Por qué desde tiempos inmemoriales hemos mostrado curiosidad y devoción por sonidos y figurillas que tienen la facultad de estremecer nuestros rincones más íntimos?
La tradición filosófica ha indagado en la esencia del arte, precisando que su objeto es lo bello, lo natural (una reproducción de la belleza natural), susceptible de un conocimiento sistematizable al que se llamó: Estética. Posteriormente se apartó lo natural, y la Estética se ocupa solo de la inteligencia (humana) de lo bello.

Hegel (1770-1831) justificó esta separación naturaleza-Arte: «Ciertamente en la vida cotidiana acostumbramos a utilizar expresiones como color bello, cielo hermoso, bellos arroyos, bellas flores, animales bellos, y sobre todo hombres bellos. No queremos entrar aquí en la disputa de si puede atribuirse con razón a tales objetos la cualidad de la belleza situando en consecuencia lo bello natural junto a lo bello artístico. Se afirma de entrada que lo bello artístico es superior a lo bello natural. En efecto lo bello del arte es la belleza nacida y renacida del espíritu».
Un hecho polemiza con estos indecisos conceptos: Los primeros rudimentos de arte son anteriores a la inteligencia reflexiva y a la conciencia relativa de los mismos con lo denominado como “bello”. O sea, el Arte es anterior a la Estética.
La especie humana creó objetos de arte mucho antes de tener el desarrollo emocional abstracto que le permitiera apreciarlo.

Los etnólogos (mayoritariamente) consideran que el Arte debe su origen a la expresión simbólica del pensamiento mítico. La magia, como práctica representativa del Mito, consagraba los objetos, induciendo en ellos el poder de los espíritus que representaban en el ritual. Un origen simbólico de representación de lo desconocido. Mediante los rituales el hombre primitivo asignaba a esos objetos de culto, una carga mágica. La naturaleza, inmensa, era una arquitectura inalcanzable, entonces sus mecanismos divinos eran representados por objetos que, arrancados del entorno y transformados, contenían el miedo, el respeto y la adoración de eso misterioso que lo gobernaba todo. Visto así, la naturaleza es el Arte de Dios (Cualquiera sea el nombre que se asigne) y los objetos de Arte son una creación de ese pequeño Dios que todos tenemos dentro: El espíritu humano.

Son objetos sin funcionalidad alguna. Enteramente libres. Su parecido a objetos cotidianos es solo una intención mimética que nos obliga a romper con los conceptos pre hechos, es un fusilazo a la nociva “experiencia”. Nos obligan con su burla a mirarlos sin prejuicios, desde la virginidad, para captar sus vibraciones más profundas

Por eso la tendencia más interesante es esa que asegura que el Arte, más que una imitación de la naturaleza, es una imitación del acto creador de Dios. Y lo interesante es la rebeldía (la libertad) que manifiestan estas creaciones, capaces de sorprender y escandalizar a su creador.
Ese es el punto. El arte verdadero nos trasciende, es ingobernable. No es una producción consiente, sujeta a reglas y conocimientos. El Arte nos escoge.
El artista no crea Arte. Está dotado de características especiales que, desarrolladas adecuadamente, lo hacen proclive a ser nombrado; a que el Arte fluya a través de él. Y ni los más dotados son ungidos siempre.

Somos una criatura especial provista de una parte mágica. Somos animales divinos, calificados para crear utensilios, herramientas; pero ¿somos capaces de dotar de valores mágicos a un objeto? ¿Conocimiento, práctica, y talento, pueden sistematizar la creación espiritual que implica el Arte?
La Artesanía puede alcanzar alturas conmovedoras, y es la cota más elevada a la que puede aspirar un artista de forma consciente y controlada. Cuando un objeto artístico tiene la fortuna de alcanzar todo lo soñado por el artista, habrá llegado a la máxima expresión de la Artesanía.
Hay un punto heroico, en que el artista siente que el objeto escapa de sus manos, o que sus manos son gobernadas por el objeto. Es la noticia estremecedora de las fronteras del Arte, donde el espíritu humano, mediante símbolos incomprensibles, ilumina su parte inmaterial y divina. Y llega el asombro, incluso para su hacedor. Comprendemos entonces que somos mucho más que un animal inteligente que fabrica objetos.

El Arte es un territorio de nadie, donde alma y cuerpo se entrecruzan.
Los rituales de orden mágico-religioso fueron las primeras manifestaciones teatrales con connotaciones artísticas. Mediante símbolos sonoros y gestuales estos actores primitivos expresaron la emoción de los personajes, de los dioses.
El arte del actor es ese, dar vida a los personajes. Encarnar a los inmortales exige franquear los dominios de la materia. Por eso se prepara para silenciar su yo propio hasta el estado inexperto que se tiene en la infancia o al borde del sueño, y prepara su cuerpo para asumir acciones exóticas y extra cotidianas. Eso le permite enfrentar la extravagancia de los héroes.
En las primeras etapas, el actor dice lo que dice el personaje. Después hace lo que hace el personaje. Más adelante siente lo que siente el personaje, y puede llegar (en ocasiones memorables) a pensar como el personaje. Un brillante despliegue de artesanía teatral.
Pero el Arte verdadero ocurre en otra dimensión, en el momento glorioso en que el actor, con su dedicación, talento, y esfuerzo, logra que el personaje lo escoja para expresarse, para contar una historia estremecedora: alguna noticia de Dios.
Es un trance mágico ser invadido, ocupado, escuchar una voz ajena en la garganta. El personaje inasible se vuelve carne en la carne del actor, y el Arte irradia contagioso por el escenario, en las lunetas, en la hechizada percepción de los asistentes.
Cuando una representación teatral alcanza esa cota divina, asistimos a una experiencia mística. No encontramos palabras para calificar o documentar el suceso. Solo se atreve, quien no ha tenido la posibilidad (la santidad) o la suerte, de atestiguarlo.