A la región llegaba gente de todas partes a trabajar y terminaba siendo maltratada por él, quien nunca dejaba su traje rojo. La fama de su maldad ocupó cada rincón del Perú, igual su desaparición.
En un caserío alejado de Oyotún, separado del reservorio por la carretera de tierra, hay una colina que, por su forma, tomó el nombre de Cerro Campana. Ese lugar cobra vida a media noche. Pasar cerca es condenar la vida a una condición de sonámbulo, si bien va; puedes desaparecer, o penar al servicio del mal. Por ello había que ir por ahí temprano y distante. Nadie quería sentenciarse a la consecuencia; “ni se te ocurra retarlo”, comentaban.
El Caporal sabía y mucho tiempo optó por no arriesgarse a pesar de su genio. Pero su maldad, su abuso de poder lo llevó a la desgracia. Cerca del cerro, a pocos kilómetros de distancia, en el caserío La Compuerta, dos campesinos confiados en que el Caporal ya había hecho su recorrido por ahí, dirigiéndose a otro lugar, tomaron una siesta, cansados del arduo trajín al que eran sometidos.
El hombre del caballo regresó para dar instrucciones nuevas y los halló acostados, frente al asombro de sus compañeros. Después de unos latigazos, los amenazó con hacerlos trabajar toda la noche y cuidado con irse porque regresaría en cualquier momento.
Los patrones del Caporal estaban satisfechos con su desempeño. Jamás tenían contacto directo con los campesinos, ni siquiera en los días de paga; había un comisionado en repartir las miserias. Por ese motivo no había forma de quejarse, no había con quién. El informe del Capataz siempre fue positivo: nada de quejas, ningún enfermo, ningún reclamo y al que se le ocurría manifestar incomodidad, era frenado por la amenaza dura del encargado.
A las sietes de la noche todos terminaron su labor, menos los dos sentenciados. Con una lámpara de kerosene se alumbraban para seguir en el corte de yerba; con la amenaza retumbando en sus oídos no paraban: el Caporal aparecería en cualquier momento.
Habiendo dejado todo en orden y después de haberse tomado una botella de yonque, el Caporal se dispuso a regresar. No vaya- le dijo el cantinero de esa zona- no es hora para pasar por el Campana. Desobediente y con copas que fueron combustible a su carácter, tomó su caballo y se dirigió a cumplir una satisfacción que iba más allá de su trabajo.
Pasaba poco de la media noche cuando se vio parado a unos pasos del Campana. El reservorio era un espejo enorme que reflejaba la luz de su linterna. La tranquilidad de sus aguas guardaba un misterio. Se armó de valor, arreó al caballo y siguió. Campana de mierda- dijo- no me vas a asustar. Y en el silencio profundo de la noche, llegó a los oídos de los dos campesinos, el eco de un grito aterrador y con él, aullido de perros que parecían llorar por algo.
Los dos dejaron todo y corrieron asustados a La Compuerta; supieron que era el Caporal porque nadie podía ser tan malo como para arriesgarse a pasar por ahí a esas horas. Al día siguiente, uno de ellos no dejó de contar lo que había escuchado, maldijo la vida de quien los hizo trabajar hasta tarde y celebró su desaparición. Pocos días después, confirmándose que ya no estaba más el hombre de rojo, aparecieron campesinos en un estado deprimente; hombres con la mirada perdida, guardando un silencio que asustaba, sufriendo sobresaltos y, tirándose al suelo, con el miedo endureciéndoles la cara susurraban ¡Caporal, Caporal!
La gente entendió que no debían mencionarlo y la historia viajó por generaciones limitándose a ser rumor. “Si aparece no lo mires a los ojos; no lo menciones; el diablo usa gente como él para robar nuestras almas”
“No es tanto si lo mencionas- dijo mi abuelo- sino en qué tonito lo haces. La historia tienes que creerla porque así fue; no hay que burlarse de eso. Si el que cuenta la historia se burla, hará que el que escucha no crea, entonces los dos corren riesgo. Cuidao, hijos, esto no es cualquier cosa. Por eso no aparece seguido; pero cuando viene, alborota; no se va así no más”.
Fue después de lo ocurrido al Perico cuando nos habló de esto; lo había hecho con todos sus hijos, sólo sus nietos faltábamos en ser recomendados y aprovechó la ocasión. Estaba tan sereno, su mirada apenas brincaba de nieto en nieto. No estaba preocupado por su hijo; pero algo de esa sensación escondía tras sus ojos. Su rostro adoptó un gesto inquietante. Nunca lo habíamos visto así.
El Perico había desobedecido a mi abuelo. Días antes de lo sucedido conversó con otros peones de la chacra; habló del Caporal y se burló, “huevadas cuenta mi viejo”.
Por su incredulidad fue lo que pasó. Esa noche llegó a la casa, picadito no más, con un cigarro en la mano. Antes de abrir la puerta se paró en la orilla de la vereda, miró a todos lados para asegurarse de que no hubiera nadie; entonces bajó el cierre y orinó. Al terminar alzó la cabeza y un hombre lo miraba fijamente desde la esquina; no se movía, ni el caballo azotaba la cola.
“Qué me ves” dijo enojado sin tener respuesta. “qué me ves, carajo” y nada. Cogió una piedra y al tiempo de “qué mierda me miras” la tiró hacia el hombre. Por la calle paralela a la principal, el caballo echó a correr en dirección de la Plaza de Armas. El Perico, invadido por algo que mezclaba rencor y miedo corrió tras él gritando “¡hijo de puta, no corras! El Caporal dio vuelta a la izquierda rumbo a la acequia y regresó por el bordo. Perico estaba agitado y no paraba, hasta que el miedo lo envolvió, casi al desmayo, en el momento en que hombre y caballo se perdieron ante sus ojos, hechos humo de una forma inexplicable. De no haber sido por los chismosos, él ya no estaría. Todo se cubrió con un manto negro, aterrador, para el mundo del Perico que se redujo a silencio.
Precisamente el recuerdo de ello, teniendo la imagen de anoche ante sus ojos, sobresaltó su ánimo. Al dar el último sorbo hizo un movimiento compulsivo, como un reflejo de asombro; entonces dejó caer el vaso y llamó la atención. “Perico- dijo don Colina- ¿todo bacán?” Sí, respondió con la cabeza. Levantándose de la silla, sacó cinco soles para cubrir su cuenta; sin agradecer y sin mirar a nadie se fue.
Anduvo por plaza de armas, entre la gente que ya ni le dirigía una palabra. Sus pasos estaban controlados por algo ajeno a él. Todos se abrían para evitar un atropello. Después nadie supo en qué momento se perdió.
Don Colina dejó encargada la cantina y lo fue siguiendo, sigiloso. Lo vio caminar hacia la acequia de abajo, sin tropezar, con la mirada firme y con una expresión que no se inclinaba ni a la incertidumbre ni al asombro. ¡Carajo, mierda; llévame a mí que soy más viejo! Pensó, esperando que el Caporal le respondiera al oído.
La oscuridad era inconclusa. De las calles cercanas caían efluvios de luz que se reflejaba débil en el agua. El canto repentino de dos lechuzas le prendió fuego en la cara, al escuchar clarito salir de ellas el temible “sea cabooo, sea cabooo”.
Justo cuando entraron a la densa oscuridad, el canto agorero terminó en el instante en que cayeron dos cuerpos. Se acercó un poco y se dio por enterado del pacto en el momento en que una voz se apagaba diciendo: “ningún cojudo se lleva a mi hijo”.
-Perico- dijo respirando rápido- Perico, levántate.
– ¿Y mi viejo?- estaba aturdido; apenas pudo oír el aleteo de los pájaros acomodándose en los árboles.
-Levántate; vámonos- evadió Colina.
-¿y mi viejo, Colina? ¿dónde, chucha está?
-Tranquilo, Perico.
-Colina, mi viejo dónde está- Dio unos pasos apoyado del cantinero, miró hacia atrás y su voz se quebró; la luz del pueblo caía en líneas por su rostro.
– Perico, ya no habrá otro como tu viejo.